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La lección del Nobel y la brecha mexicana

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Los premios Nobel tienen una evidente carga política. Seguro que los químicos y los físicos se mandan sus recados con los premios, pero esto resulta muy claro con el de la Paz y también sucede con el de Economía, que suele mandar mensajes teledirigidos a la coyuntura global.
Lo vimos en el 2024, cuando premiaron a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson por advertir al mundo sobre el peligro del deterioro institucional y los gobiernos “extractivos”; o en el 2025, cuando reconocieron a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por su llamado a no sofocar la innovación y la “destrucción creativa” ante tentaciones proteccionistas. Este año, el Nobel fue para Robert Hall y Michael Woodford por sus “fundamentos microeconómicos de la estabilidad macroeconómica”, y no es la excepción en aquello de los mensajes cifrados: es un dardo directo a los gobiernos que pretenden manejar la economía con dogmas e ideología, sin tomar en cuenta cómo reaccionan las empresas y las familias en la realidad.
Woodford demostró que el principal instrumento de política pública es la capacidad de comunicar con claridad y congruencia. Cuando las señales gubernamentales son transparentes, los agentes económicos anclan sus expectativas e invierten de manera eficiente. Por el contrario, cuando la narrativa política choca con la realidad financiera, las decisiones se tornan defensivas: la inversión se frena, la creación de empleos se posterga y el riesgo se traslada a los precios.
México parece ser la cara opuesta a esta certidumbre. La narrativa de la condición económica del país se lleva desde la tribuna presidencial y muestra una total desconexión con la microeconomía real. Mientras los documentos de la Secretaría de Hacienda intentan proyectar un esfuerzo de consolidación fiscal y son hiperoptimistas en materia de crecimiento, los mensajes políticos matutinos y las cortas reformas estructurales en marcha envían señales de incertidumbre regulatoria y deterioro institucional.
Y ese pilar de certeza que solía ser el Banco de México, al que le bastaba un mensaje contundente e intransigente de su gobernador para poner orden en los precios, ahora da tumbos con una comunicación errática y mensajes contradictorios sobre su papel único de mantener la estabilidad de precios.
Para las empresas y las familias, el discurso político que minimiza los desequilibrios fiscales o desestima el impacto de la deuda no genera confianza; genera una profunda cautela. Hay un público amplio que no reprueba ese divorcio de la retórica oficial con la realidad, pero instintivamente reacciona protegiendo sus finanzas. Y los que entienden y toman decisiones de inversión ajustan su comportamiento a la realidad macroeconómica, al tiempo que se anticipan a la negación gubernamental.
Hall y Woodford probaron que la macroeconomía se sostiene desde la escala micro a través de la credibilidad. Si las políticas fiscal y monetaria navegan con señales confusas, el costo social y económico lo pagan los ciudadanos.
La economía real no responde a la propaganda. Sin mensajes congruentes ni reglas claras que ofrezcan certeza a quienes arriesgan su capital todos los días, cualquier meta de estabilidad termina por ser una ilusión muy costosa. La gobernanza económica es, antes que nada, confianza.

