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Opinión

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La importancia de las fundaciones para la educación

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Columna invitada OpiniónEl Economista

Las fundaciones, en un concepto amplio, son organizaciones creadas para alcanzar un fin de interés social que puede ser de diversa índole: educativo, cultural, científico, ambiental, religioso o de beneficencia; por lo general son entidades sin fines de lucro.

Las fundaciones son importantes para fortalecer áreas en las cuales se requiere complementar los recursos del Estado con recursos financieros provenientes de fuentes privadas y de la sociedad civil. Un área en donde la labor de las fundaciones tiene un gran impacto y un efecto multiplicador es la educación, sobre todo la pública, ya que permite mejorar su calidad, responder con rapidez a los cambios que enfrenta la sociedad y garantizar la cobertura universal, especialmente en apoyo a la población más desfavorecida.

Con frecuencia, las instituciones públicas de educación superior no cuentan con los recursos de los presupuestos federales o estatales suficientes para invertir en temas que hoy son fundamentales, como la investigación científica, la innovación tecnológica, la actualización académica y la vinculación con el mercado laboral y con las demandas del sector privado. En todos esos casos, las fundaciones desempeñan una función estratégica al gestionar recursos privados provenientes de fuentes nacionales e internacionales.

Gracias a ello, muchas universidades públicas han podido crear infraestructura de punta, como laboratorios de ingeniería espacial, robótica, biotecnología o cibernética; también proyectos que tienen una función social de gran impacto, como lo son: llevar internet a las escuelas rurales, otorgar becas para estudiantes sobresalientes, financiamiento de estancias empresariales, seminarios y conferencias para la actualización docente, y subvención de bibliotecas y publicaciones, entre otras acciones. De esta manera, sin sustituir la función del Estado en la educación, las fundaciones han ayudado a disminuir brechas educativas que de otra manera sería muy difícil de franquear y han contribuido a fortalecer la formación profesional y una mejor preparación de los estudiantes de cara a los retos del mundo actual y futuro.

Pero el papel de una fundación no debe medirse únicamente por la cantidad de dinero que aporta; su legitimidad depende también de la transparencia con la que administra sus recursos, la rendición de cuentas, la medición de sus resultados y del impacto que genera en la sociedad.

Además, una fundación eficaz debe colaborar estrechamente con las instituciones públicas pero sin perder su autonomía. Su principal valor está en las capacidades que contribuye a desarrollar gracias a su respaldo. Así mismo, el papel que juegan las fundaciones no debe verse únicamente como acto de filantropía sino como una inversión complementaria a la actividad más relevante en nuestros tiempos que es la formación de capital humano con calidad y pertinencia con los objetivos del desarrollo nacional.

En México existen fundaciones que durante décadas han contribuido al desarrollo de la educación y la investigación científica nacional. Aquí quiero destacar algunas de las más sobresalientes:

La Fundación Politécnico A.C., creada en 1996 por ex alumnos del IPN con tres objetivos: procurar fondos, otorgar becas y apoyar la infraestructura y vinculación con empresas. Esta fundación ha canalizado más de 3 mil millones de pesos en beneficio de la comunidad politécnica desde su creación.

La Fundación UNAM, creada por iniciativa del entonces rector de la universidad nacional, el Dr. José Sarukhán, en 1993. Después de 33 años ha proporcionado más de un millón de becas financiadas por aportes de profesionistas egresados de esa casa de estudios.

Por su parte, la Fundación Carlos Slim, creada en 1986, es la más grande de América Latina y la que más becas otorga en México; tiene una plataforma con diplomados en línea con más de dos millones de usuarios.

Finalmente, la fundación BBVA, con 54 mil becarios activos tan solo en 2026, y cuenta con más de siete mil colaboradores voluntarios como mentores.

Los ejemplos anteriores muestran que las fundaciones son un puente entre las universidades, la sociedad y el sector productivo, mediante la movilización de recursos y generando oportunidades que complementan las capacidades institucionales.

La Universidad Autónoma Chapingo (UACH) también cuenta con una fundación que recién cumplió 10 años de existencia: La Fundación Chapingo.

Este organismo orienta sus esfuerzos en cuatro acciones: El proyecto ambiental RENACER, para recuperar territorios degradados; el Programa Educativo, que ofrece mentorías y diplomados para el emprendimiento; el programa Bienestar Profesional y Vinculación con agroempresas; y el programa de Comunicación y Divulgación, que visibiliza el valor y aporte de Chapingo al país y a la agricultura nacional.

La Fundación Chapingo está en un proceso de actualización de sus estatutos con el propósito de fortalecer los principios que la crearon y ser más eficaz para enfrentar los retos de la profesión agronómica actual y en el futuro.

En este proceso busca gestionar fondos y proyectar a la UACH en temas vinculados con las nuevas tecnologías, financiando proyectos innovadores para una agricultura sustentable y vincular a los egresados con la agroindustria y las unidades productivas. Es también una oportunidad de crear nuevos vínculos entre la Universidad y sus egresados, fomentar el acercamiento de los agrónomos con su alma mater y abonar al fortalecimiento de tan noble institución.

Los retos que se avecinan, como la Inteligencia Artificial, la robótica, la biotecnología, la transición energética, la seguridad alimentaria y la desigualdad social, no los resolverán por sí solos ni el Estado ni los mercados. Los resolverán las y los jóvenes si hoy los formamos mejor. Aquí es donde las fundaciones son necesarias y merecen ser apoyadas y fortalecidas; el presupuesto construye escuelas, las fundaciones ayudan a construir talentos.

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