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Humanos con alma de animal y credencial de elector

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
En el siempre sorprendente catálogo de identidades contemporáneas ha irrumpido con fuerza; se trata de la tendencia de los therians, personas que aseguran identificarse, en un plano psicológico o espiritual, con un animal. No, no hablamos de colmillos creciendo en luna llena, ni de peces gordos, ni de ratas de dos patas. Se trata, según explican, de una vivencia interna de identidad: sentirse lobo, gato, cuervo o incluso mapache, pero pagando renta como cualquier humano responsable.
Los propios therians aclaran que no creen haberse transformado físicamente ni sostienen que tengan un cuerpo distinto. La experiencia es interior, espiritual o psicológica. Algunos hablan de una conexión profunda con la naturaleza, y no falta quien asegure que entiende mejor el lenguaje corporal de los perros que el de su jefe.
La conversación dio un giro digno de un documental cuando un joven de 28 años que se identificó como caballo —con todo y una cabeza equina sobrepuesta en su cuello— decidió plantarse en el Congreso del Estado de Nuevo León para exigir respeto hacia esta tendencia. No llevaba riendas pero sí argumentos: que la identidad es diversa, que el reconocimiento importa y que la sociedad debería abrir espacio a nuevas formas de comprender el yo. Su mensaje fue claro, no pidió que lo empadronen como especie distinta ni que le asignen hábitat natural en el Parque Fundidora; pidió reconocimiento, respeto y no discriminación.
Psicólogos consultados recuerdan que la identidad humana es compleja y que las metáforas animales han acompañado a la cultura desde siempre: “valiente como león”, “memoria de elefante”, “fiel como perro”, “fuerte como toro”. La novedad es que ahora la metáfora se vive en primera persona. Si antes uno decía “hoy me siento como gato”, ahora podría significar que necesita siesta, whiskas y un apapacho jurídico.
Lo interesante no es solo la aparición de los therians, sino el contexto: una sociedad donde las identidades se multiplican y las sensibilidades cambian. Mientras algunos reclaman reconocimiento para su identidad animal interior, otros celebran que los animales reales tengan mayor protección legal.
Los therians son personas que se identifican, en un plano psicológico o espiritual, con un animal. No se trata de una transformación física —nadie ha pedido cita con el veterinario— ni de creer que se posee otro cuerpo. Es, más bien, una vivencia interna, una identidad que se siente tan natural como decir “soy introvertido” o “soy aficionado al futbol”.
Hay quienes se identifican con lobos, felinos, aves rapaces o criaturas menos glamorosas pero igualmente dignas, como conejos o tejones. En foros y comunidades digitales comparten experiencias, hablan de despertares y describen sensaciones de conexión profunda con su animalidad interior. Algunos aseguran que ciertos comportamientos —preferir la noche, ser territoriales, buscar la manada— les hicieron comprender que su identidad iba más allá del Homo sapiens estándar.
En el día a día, la mayoría de los therians llevan una vida completamente convencional —son therians de closet. Trabajan, estudian, pagan impuestos y se enfrentan al tráfico como cualquier mortal. La diferencia radica en su autopercepción. Algunos incorporan discretos elementos simbólicos —accesorios, dibujos, avatares— mientras otros viven su identidad de manera más introspectiva. No buscan llamar la atención, sino comprenderse mejor. Para ellos, ponerle nombre a lo que sienten es una forma de orden interno.
En tiempos donde la identidad es conversación constante —género, cultura, pertenencia— el therianismo se suma a la lista de maneras en que las personas intentan responder a la vieja pregunta: “¿Quién soy?”. Y si en el proceso alguien descubre que su espíritu es mitad lobo, mitad contribuyente, pues que no falte el diálogo, ni el sentido del humor.
Porque en esta jungla moderna —de asfalto, redes sociales y sesiones legislativas— todos, absolutamente todos, rugimos por algo. Algunos por identidad, otros por tradición. Y la mayoría por llegar a fin de mes, aunque sea maullando.

