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Gasto defensivo: la frágil realidad del consumidor

Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Presumen que, como muestra del éxito del “Humanismo Mexicano”, el consumo privado muestra la solidez de la economía mexicana como resultado del aumento a los salarios reales y el fortalecimiento del ingreso familiar. Pero si en algo los mexicanos tienen “otros datos” es, precisamente, en lo que tiene que ver con sus bolsillos.
Cada hogar tiene su propia historia de ajustes presupuestales, pero una parte del bosque lo podemos ver en la Encuesta Nacional de Gasto recién publicada por el Inegi, la cual deja ver que estamos lejos del momento de prosperidad y bienestar que se presume, para confirmar que la mayoría vive en un periodo de gasto defensivo y con severa vulnerabilidad financiera.
Desde el régimen son capaces de vender espejitos y decir que el gasto corriente monetario de los hogares en México alcanzó, como nunca, los 19,310 pesos mensuales, una cifra nominal incomparable por efectos inflacionarios.
Pero lo que hay que observar es que lo que gastan las familias está lejos de destinarse a la acumulación patrimonial o a un consumo discrecional que estimule la inversión productiva; no, el gasto de los hogares está atrapado en la subsistencia básica y en paliar las deficiencias estructurales de los servicios públicos.
Un total de 54.9 centavos de cada peso del gasto corriente monetario de los hogares se van exclusivamente en comer y trasladarse. Tan solo alimentos, bebidas y tabaco engullen 34.9% del gasto (sube a 40.3% en zonas rurales), mientras que transporte y comunicaciones consumen 20 por ciento.
Y como hay que pagar lo que el Estado ha descuidado, durante el periodo de medición de la encuesta los hogares destinaron mayores recursos a la salud: 15.2% más de su gasto en servicios médicos, 4.8% más para comprar medicinas y 10.8% más en atención hospitalaria.
Esto se convierte en un “impuesto invisible”, un sustituto privado ante la saturación o ineficacia del sector de salud estatal, como en muchos casos también ocurre con los servicios educativos. Así, las familias no gastan por holgura; gastan porque no tienen alternativa.
A esta apretada estructura del gasto monetario familiar hay que agregar las erogaciones financieras, la amortización de créditos y las decisiones de ahorro, que llevan el gasto total promedio del hogar a los 24,801 pesos mensuales. Dentro de este total, las erogaciones destinadas al ahorro, capital y liquidación de deudas alcanzan un promedio de apenas 4,107 pesos mensuales.
Entonces, lo que hay es un gasto defensivo -con un muy estrecho margen para darse un “gustito” reactivador de la economía- y un gasto financiero que cubre un crédito al consumo no destinado a la adquisición de bienes duraderos o a formar un patrimonio, sino usado como un paliativo para completar el gasto diario.
Y es en esta estructura de gasto familiar en la que la política monetaria restrictiva del Banco de México debe dar resultados: con un impacto reducido en la inflación subyacente, por la estrechez del gasto discrecional de los hogares y al encarecimiento del financiamiento de ese crédito al consumo que ayuda a completar la quincena.
La radiografía, sostenida con datos del Inegi, desmorona la narrativa oficial de una bonanza del mercado interno y de un consumidor pleno que disfruta de mayor bienestar.

