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Opinión

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Fiebre Amarilla, viejo enemigo cercano

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Éctor Jaime Ramírez Barba | Columna Invitada

Éctor Jaime Ramírez Barba

"Los estragos de la fiebre amarilla son simplemente indescriptibles". Charles Leclerc

La reaparición de la fiebre amarilla en Venezuela y los brotes recientes en América Latina no son un accidente aislado: son una señal temprana de un mundo cada vez más interconectado en sus amenazas sanitarias, ambientales y políticas. Si no cambiamos la forma en que entendemos esa interconexión, seguiremos respondiendo tarde y mal ante enfermedades como la fiebre amarilla, que son prevenibles con una sola vacuna de por vida.

Entre 2025 y principios de 2026, Venezuela confirmó 36 casos de fiebre amarilla con 20 defunciones, la mayoría en adultos jóvenes de 10 a 49 años, y una letalidad superior al 55%, una de las más altas de la región. Barinas concentró un tercio de los casos y siete muertes, en un corredor selvático–agrícola que se extiende hacia Apure, Portuguesa, Guárico, Lara y Táchira, con claras implicaciones transfronterizas. Esos mismos meses, Colombia detectó casos importados de Apure y Amazonas, que sirvieron como “alerta temprana” de una transmisión activa que Venezuela aún no reportaba oficialmente.

En paralelo, el resto de Sudamérica vivía su propia ola: entre enero y abril de 2025 se notificaron 301 casos y 124 muertes de fiebre amarilla en la región, con una letalidad de 41,1%; Bolivia, Brasil, Colombia y Perú concentraron 289 casos y 115 defunciones. La tasa de muertes supera la del gran brote de São Paulo en 2018, que ya había encendido las alarmas por la rapidez de su expansión desde zonas selváticas hacia áreas densamente pobladas con baja tasa de vacunación. Estamos, en otras palabras, ante una enfermedad descrita hace más de un siglo, con una vacuna altamente eficaz, que regresa con patrones más letales y de mayor alcance geográfico.

Los autores del análisis regional muestran que la fiebre amarilla se desenvuelve hoy en un paisaje ecoepidemiológico profundamente distinto al de hace apenas dos décadas. Cuatro elementos se entrelazan: 1) Deforestación y expansión agrícola que rompen bosques continuos, acercan a trabajadores y comunidades a mosquitos silvestres Haemagogus y Sabethes, y empujan a los primates no humanos —nuestros centinelas— a morir más cerca de las personas. 2) Cambio climático que alarga las temporadas lluviosas, modifica las temperaturas y aumenta la abundancia de vectores en zonas antes poco afectadas, incluidas las áreas periurbanas. 3) Migración y fronteras porosas que permiten que un brote “silencioso” en un estado venezolano se manifieste primero como caso importado en un hospital colombiano. 4) Debilidad institucional y conflictos que dificultan el acceso con vacunas, vigilancia entomológica y equipos de salud a territorios controlados por el crimen organizado o por grupos armados.

El resultado es un ciclo casi perfecto para la reemergencia: retrasos en la notificación, baja cobertura de vacunación en la población adulta rural, laboratorios saturados y sistemas de información incapaces de captar los casos leves. No sorprende que la letalidad aparente supere el 40% en varios países; probablemente estamos viendo la punta de un iceberg de subregistro.

La fiebre amarilla es solo un caso concreto dentro de una tendencia más amplia que la ciencia ya documenta: el entrelazamiento entre el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el auge de las enfermedades infecciosas. La fragmentación de hábitats y la desaparición de especies no son únicamente tragedias ecológicas; alteran las redes tróficas, cambian los patrones de contacto entre humanos, animales y vectores, y abren la puerta a “nuevas” epidemias o al retorno de viejas.

El calentamiento global modifica los rangos de distribución de los mosquitos y sus reservorios, empujando los patógenos hacia altitudes y latitudes donde las poblaciones carecen de inmunidad y de infraestructura sanitaria. Las mismas carreteras que abren paso a la tala ilegal y a la minería informal sirven de corredor para que trabajadores no vacunados lleven virus desde el corazón de la selva hasta las periferias urbanas precarias. Conflictos, inestabilidad política y crisis humanitarias, como las vividas en Venezuela y otras regiones, debilitan los programas de vacunación sistemática y las redes de vigilancia, creando “zonas ciegas” donde los brotes pueden crecer sin ser detectados.

La evidencia es clara: tratar el cambio climático, la biodiversidad y las enfermedades como agendas separadas nos condena a políticas fragmentadas y poco efectivas. Los enfoques de One Health y de salud planetaria, que recomiendan articular la salud humana, animal y ambiental, dejan de ser un discurso académico para convertirse en un requisito mínimo de seguridad sanitaria.

Para México, y para países que se perciben “lejos” del Amazonas, la lección de la fiebre amarilla venezolana debe alertarnos ya. Compartimos vectores competentes, ecosistemas fragmentados, cinturones de pobreza urbana y flujos migratorios intensos; la distancia geográfica no es una barrera sólida frente a virus transmitidos por mosquitos y movilizados por personas. El riesgo no se limita a la fiebre amarilla: dengue, zika, chikunguña y otras arbovirosis responden a los mismos motores ambientales y sociales.

Esto obliga a replantear al menos tres dimensiones de la política pública: 1) La vacunación contra la fiebre amarilla y otras enfermedades emergentes ya no puede planificarse únicamente con mapas estáticos de “zonas endémicas”, sino con modelos dinámicos que integren el clima, los cambios en el uso del suelo, la movilidad humana y los datos de fauna silvestre. 2) La política ambiental —bosques, agua, territorio indígena, minería— es, simultáneamente, política de salud pública y de seguridad nacional. Destruir manglares, selvas o humedales es debilitar las barreras naturales que frenan la emergencia de patógenos. 3) La transparencia en la notificación de brotes y la cooperación regional deben prevalecer sobre las tentaciones de ocultar cifras por cálculo político; cada semana de retraso aumentó la letalidad y la dispersión del brote venezolano.

Estimados lectores, no se trata de sembrar pánico, sino de reconocer que vivimos en un ecosistema compartido donde el incendio sanitario en un país vecino terminará, tarde o temprano, tocando nuestras puertas.

Al lector le puede parecer que estos escenarios pertenecen a un futuro abstracto o a geografías lejanas. Sin embargo, hay historias concretas dignas de visibilizar: agricultores que no recibieron una vacuna disponible desde hace décadas, comunidades que ven morir a sus monos aulladores sin comprender que son el aviso de un virus que se aproxima, madres que llegan tarde a un hospital saturado. A ellos les debemos algo más que discursos técnicos; les debemos políticas que se anticipen en lugar de reaccionar.

Eso implica invertir en ciencia que integre datos de salud, clima y biodiversidad, fortalecer los sistemas de vigilancia con participación comunitaria y reconocer el conocimiento local e indígena como aliado en la detección temprana. Supone, también, una conversación honesta sobre los costos reales de seguir degradando ecosistemas a cambio de ganancias económicas de corto plazo.

La fiebre amarilla nos recuerda que el siglo XXI no será solo el de la inteligencia artificial o la exploración espacial, sino también el de la disputa silenciosa entre sociedades que aprendan a leer las señales del planeta y actuar en consecuencia, y aquellas que sigan viendo cada brote como un “hecho aislado”. La pregunta que esta columna puede ayudar a plantear en la discusión pública es sencilla, pero urgente: ¿de qué lado queremos estar?

Referencias:

[1] Pfenning-Butterworth, A., Buckley, L. B., Drake, J. M., Farner, J. E., Farrell, M. J., Gehman, A. M., . . . Davies, T. J. (2024). Interconnecting global threats: climate change, biodiversity loss, and infectious diseases. Lancet Planet Health, 8(4), e270–e283. doi:10.1016/S2542-5196(24)00021-4

[2] Rodriguez-Morales, A. J., Navarro, J.-C., Forero-Peña, D. A., & Romero-Alvarez, D. (2026). Reemergence of yellow fever in Venezuela, 2025/2026. New Microbes and New Infections, 70, 101737. doi:https://doi.org/10.1016/j.nmni.2026.101737

[3] Ortiz-Prado, E., Prieto-Marin, J. G., Izquierdo-Condoy, J. S., Vasconez-Gonzalez, J., Villamil-Parra, W. A., Viscor, G., . . . Villalobos-Madriz, J. A. (2026). Yellow fever in Latin America and the escalating risks in a changing eco-epidemiological landscape: a review. The Lancet Regional Health – Americas, 56. doi:10.1016/j.lana.2026.101431

*El autor (www.ectorjaime.mx) es médico especialista en cirugía general, certificado en salud pública, con doctorado en ciencias de la salud y en administración pública. Es legislador y defensor de la salud pública de México, diputado reelecto del grupo parlamentario del PAN en la LXVI Legislatura y presidente del Capítulo de América Latina y el Caribe de UNITE Parliamentarians Network for Global Health.

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Éctor Jaime Ramírez Barba

Éctor Jaime Ramírez Barba es médico cirujano, especializado en salud pública, doctorado en ciencias de la salud y en administración pública, y es diputado reelecto del grupo parlamentario del PAN en la LXV Legislatura.

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