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Opinión

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Escribir a la Muerte de frente y con valor

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Retrato victoriano de Edgar Allan Poe.

Cecilia Kühne

Hace 177 años, el 7 de octubre de 1849, Edgar Allan Poe, una de las figuras más relevantes de la literatura mundial, cerró los ojos por última vez. Tenía apenas cuarenta años y dejaba detrás de sí una obra que parecía haber nacido mucho antes de su tiempo.

La Muerte lo alcanzó saliendo de una reunión con sus amigos y parece que la divisó dando grandes pasos hacia él. En un principio tuvo miedo. No pudo recordar si había existido un sólo momento donde la tranquilidad le hubiera dado tregua. Acaso sólo cuando los vapores del alcohol, la paz del láudano, la cegadora oscuridad de la noche le impedían ver la faz siniestra de todos los espíritus. Pero esta vez la fatalidad le tocaba el hombro y le empañaba todo con su helado aliento. “A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”, había dicho alguna vez, bromeando a sus amigos de Richmond. Pero ahora no sólo había aceptado la invitación a un trago: había caminado con él, tropezándose, por la torcida perspectiva de aquel sombrío callejón de Baltimore, carcajeándose de todas sus dialécticas fantásticas, del cielo al infierno, de la piedad al desprecio, del amor a la vida al horror por la muerte, en una larga jornada que nada más duró un instante. Por un segundo sólo existió la luna histérica. Y entonces ocurrió. El sombrío caballero sureño, el poeta, decidió resolver para siempre  — dejándose morir —  el problema más grande de su vida.

Nacido en Boston, Massachusetts, a principios del siglo XX, hijo de actores ambulantes que no conoció, fue acogido. al cumplir 2 años, por la familia del comerciante John Allan y su mujer Frances. El niño Edgar, de hermosos rizos negros y enormes y curiosos ojos, desde los cinco años recitaba versos aprendidos de memoria a las damas sureñas que acudían a tomar el té por la tarde con su madre adoptiva. Y por las noches, en los brazos de su nodriza. entonaba los cánticos característicos de los afroamericanos en contra de la esclavitud. Tal circunstancia, juran sus fanáticos, influyó en la magia rítmica de sus composiciones literarias posteriores tales como El cuervo, Ulalume y Annabel Lee.

Con el paso del tiempo, lector querido, sé hizo evidente que el encierro y el desarraigo, marcarían su obra, La familia Allan abandonó los Estados Unidos y se mudó a Inglaterra por un tiempo, donde el joven Edgar, encerrado en dos internados, recibió una esmerada educación. De vuelta en Boston se enamoró por primera vez, le rompieron el corazón y tuvo una gran pelea con su padrastro. Ambos cometieron faltas tan torpes como imperdonables y la casa familiar le cerró las puertas. Un velo oscuro, que nunca se retiraría, cayó sobre su vida irremediablemente.

Sin embargo, viviendo por su cuenta, Edgar Allan Poe, descubrió habilidades y factores definitivos de sí mismo: un interés apasionado por lo oculto y demoníaco, un dominio extraordinario del sarcasmo y la ironía y la aceptación de que tenía pretensiones literarias y lucharía por ellas. Mientras tanto, ocupó su tiempo en otros encierros voluntarios, bares, salas de juego, bibliotecas públicas y tribunales de justicia, donde, aseguraba, hallaba inspiración. Colaboró efímeras y se enemistó con todos sus colegas, hasta que una afortunada vuelta de tuerca le cambió la vida: ganar el primer lugar de un concurso literario convocado por el periódico The saturdays visitor.

El relato premiado, “Manuscrito hallado en una botella”, en su mejor parte dice así:

“Hace ya mucho tiempo que subí por primera vez al puente de este terrible navío y pienso que los rayos de mi destino se están concentrando en un foco. Hombres incomprensibles, envueltos en meditaciones cuya especie no alcanzo a adivinar pasan a mi lado sin reparar en mí. Ocultarme es una completa locura pues esa gente no quiere ver. Hace no mucho me aventuré en el camarote privado del capitán y tomé de allí los materiales con que escribo esto. De tiempo en tiempo seguiré redactando este diario. Cierto que puedo no encontrar oportunidad de darlo a conocer al mundo, pero no dejar de intentarlo. En el último momento encerraré el manuscrito en la botella y lo arrojaré al mar.”

Increíble el relato termina en un naufragio infernal, lo arrojara a las paradisíacas playas del reconocimiento. El éxito y la fortuna llegarían a vivir con Edgar Allan Poe. Su cuento “Los crímenes de la calle Mogue” se ganó la fama de fundador del género de la novela de misterio y policíaca, su única novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym, fascinó a los lectores por su crudo realismo y sus ensayos sobre composición y teoría literaria despertaron la admiración de críticos y maestros.

A punto de declararse increíblemente feliz, su joven esposa, que además era su prima, murió prematuramente. Los demonios regresaron. Esta vez acompañados de alcohol, opio y desenfreno. El hombre que había escrito en El gato negro estas palabras fatídicas: “¿Qué enfermedad es comparable al alcohol? colapsó en plena calle y murió solo.

Sírvale la lectura de esta historia y los relatos que recomienda, lector querido, para empezar a recorrer el camino de las fiestas dedicadas a la Muerte que ya no tardan en llegar.

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Estudió Letras Hispánicas en la UNAM, es especialista en historia y literatura mexicana del siglo XIX. Comenzó escribiendo sobre temas culturales en El Economista y no ha abandonado el periodismo ni las letras desde entonces. Actual­men­te trabaja en el IMER haciendo guiones e inventando y transmitiendo contenidos.

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