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Digger: maestría incomprendida.

Linda Atach Zaga | Columna Invitada
When all else fails, you hit'em with the truth. Hit 'em with the hard truth.
Just bang, bang, bang! Whoo! Whoo!"
"Cuando todo lo demás falla, les das con la verdad. Les das con la dura verdad.
Sólo ¡pum, pum, pum! ¡Whoo! ¡Whoo!"
Rockewell Digger
De la misma forma que cuando me fugo con un atardecer en la playa o el gozo puro de mi obra de arte favorita, el cine es uno de los pocos espacios donde todavía puedo abstraerme de verdad.
Cobijada en el anonimato, sin el teléfono en la mano y ninguna otra cosa que mirar, la sala oscura me invita a la pausa, a soltar la urgencia para acomodarme en el sillón y perderme. Quizá esto explique por qué el cine sigue en pie y vigente, a pesar de Netflix, Prime, Apple TV y todas las plataformas que no logran vencer su aura y poder.
El sábado pasado volví a probar su magia: la pantalla me abrió a un viaje inesperado, a pesar de su perturbador inicio y sorprendente final.
Marcada por las críticas negativas que se han propagado desde el estreno y el morbo del “que no me cuenten”, llegué a ver Digger sin expectativas; con la voluntad otorgarle el beneficio de la duda y, raro en mí, desprovista de una lectura del comentario experto que casi siempre dedico a cualquier otro proyecto.
Lo más fascinante es que fue mejor así: pocas veces nos damos el lujo de llegar a la vida con la mente en blanco para dejarnos impactar por lo que venga. Algo que, en la maravilla creativa de González Iñárritu, podría compararse al despertar de una anestesia general o a la caída de la venda con la que te cubres los ojos cuando decides no ver.
Fue tal mi pasmo que no sé por donde empezar. Ni los días transcurridos me han ayudado digerir esa masa de significado. Por eso escribo y ofrezco lo puedo, agradecida primero por la experiencia y después por lo mucho que me marca en este momento.
Debo decir que mi interés por el fenómeno del cambio climático no tiene mucha historia. De hecho soy relativamente nueva en la discusión.
Fui llamada por el tema en 2018, cuando, como museóloga y curadora, tuve que enfrentarme al reto de explicar a un público, muchas veces poco informado, las causas del calentamiento global, los efectos de las emisiones, la huella de carbono y las posibles soluciones -que hoy ya no lo son-, pero más que nada, generar conciencia y provocar la reflexión sobre la creciente vulnerabilidad de nuestra Tierra herida.
¿Cómo aclarar tantísimas cuestiones en una sala de 500 metros cuadrados? ¿De qué manera impactar y conmover a miles visitantes, para animarlos a contribuir a la salvación del mundo desde su día a día?
Inaugurada en marzo de 2020, al igual que nosotros, nuestra exposición vivió el confinamiento en soledad y desalentada en un museo y un mundo cerrados, víctimas del enojo y la inarmonía de una naturaleza agredida.
La gradual apertura, casi dos años después, le devolvió a la propuesta la capacidad de ser vista, y si bien impactó a más de 300,000 visitantes en poco menos de un año, los efectos de la pandemia cambiaron radicalmente nuestra comprensión de la vida y la verdad. Porque el COVID 19 nos dejó con muchas dudas, sobre todo, en lo tocante al lugar y las respuestas del poder y los poderosos durante las emergencias humanitarias y los desastres naturales.
Ahí entra Digger y el desafiante abordaje de González Inárritu, Sabina Berman y Jez Butterworth. Junto a su empeño por desglosar los valores y las incongruencias de su Digger Rockwell-Tom Cruise, pero también poner en evidencia los códigos de conducta de los políticos y empresarios perdidos en sí mismos, ridículos e incapaces, pero a su vez capaces de todo con tal de seguir controlando.
Repleta de guiños, signos y símbolos integrados al alma de los personajes, desde los entornos que habitan, la ropa que usan, el amor que demuestran a los animales en contraste con su desprecio por la humanidad, el filme nos pone tensos, un poco de mal humor.
Tanto, que nuestro asombro y paciencia se desbordan cuando Iñárritu nos transporta de una sucesión de eventos que creemos reales, a un ensayo teatral, para después presentarnos lo más cercano a un juicio ¿reivindicador? del acuerdo de París en el contexto del fin del mundo, en una sala de sesiones que me recuerda a la planta principal la Bourse de Commerce, sede la colección Pinault -un granero del Siglo XVIII intervenido por el arquitecto japonés Tadao Ando-.
Podría decir mucho más, pero fiel a la intención de los creadores y a la esencia del buen arte y su cualidad de conmover, perturbar, emocionar y abrazar, lo más lógico es que me quede sin palabras.
Sólo así se puede sentir.

