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La “década digital” de Europa decepciona
Bajo el lema de la Década Digital de la Unión Europea, Europa está invirtiendo en digitalización para proteger sus industrias de crisis como la que actualmente se origina en Oriente Medio. Pero si los líderes de la UE creen que su programa actual es suficiente, les espera una gran sorpresa.

Digitalización.
BONN/MÚNICH—La guerra en Medio Oriente está generando dificultades económicas en todo el mundo; gobiernos, empresas y hogares enfrentan encarecimiento de la energía y la perspectiva de más inflación y subida de tipos de interés. En particular, muchos observadores han señalado el perjuicio para la industria europea. Pero Europa no está del todo mal preparada.
En el marco de la Década Digital de la Unión Europea, el continente invertirá 207,000 millones de euros (244,000 millones de dólares) en digitalización de aquí a 2027, para proteger a las industrias europeas contra perturbaciones como la que emana del Golfo. El objetivo es fortalecer las competencias digitales y la conectividad y dar apoyo a las empresas, para mejorar la competitividad, atraer nuevos socios comerciales y multiplicar las oportunidades de negocio.
El aparente superávit comercial europeo en bienes y servicios digitales puede dar motivos para pensar que el bloque ya es más competitivo que al comenzar la Década Digital hace seis años. El sólido desempeño alcanzado en exportaciones digitales implica alta productividad y competitividad global en un ámbito crucial. Nuevas alianzas comerciales, entre ellas los acuerdos recientes con la India, el Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y Australia, alentarán un aumento de la innovación y producción en el área tecnológica y extenderán los beneficios de la economía europea digitalizada por mucho tiempo. Según la Comisión Europea, la Década Digital aumentará la fortaleza económica y la flexibilidad estratégica de Europa.
Pero aunque la idea es atractiva, la triste realidad es que los objetivos de la Década Digital todavía están muy lejos. En la práctica, el superávit de Europa en comercio digital es una ilusión. Tal y como señala un nuevo informe del que somos coautores, si de las cifras de comercio digital de la UE se excluye la contribución de Irlanda, el superávit se convierte en déficit. Entre 2022 y 2024, la diferencia llegó a 350,100 millones de dólares (casi el 40% de lo que los gobiernos europeos prevén invertir en defensa de aquí a 2030).
Para colmo, en 2022 y 2023, el sector tecnológico irlandés generó más del séxtuple de valor económico que el conjunto de los sectores tecnológicos del resto de la UE. Es decir que el desempeño aparente de Europa en materia de comercio digital es en gran medida resultado de la estrecha relación de Irlanda con las megatecnológicas estadounidenses.
Y de nada servirá mejorar la producción tecnológica local. Los procesos productivos de las empresas líderes europeas del sector tecnológico todavía son muy dependientes de importaciones digitales que en muchos casos proceden de China. Entre 2020 y 2023, Europa gastó en productos digitales chinos unos 529,000 millones de dólares más de lo que le vendió a China. Alentar la producción digital llevará (al menos en lo inmediato) a un aumento de la importación de componentes chinos.
Tampoco ayudan las políticas totalmente reactivas de la Comisión Europea y su retórica de autosuficiencia. Europa necesita socios, pero los términos en los que la Comisión presenta la economía digital pueden dificultar todavía más la creación de alianzas. Por ejemplo, las cámaras de comercio alemanas advirtieron hace poco de que las exigencias de “comprar europeo” pueden “menoscabar la credibilidad de la UE como socio fiable comprometido con un comercio abierto y global en todo el mundo” y debilitar por tanto la competitividad de la industria europea.
No es este el modo de conseguir soberanía digital. Hoy más que nunca, Europa está acorralada entre las megatecnológicas estadounidenses y los fabricantes chinos. Pero es poco probable que sus políticas actuales (tal y como se manifiestan en la Década Digital) resulten útiles. La dirigencia europea debe hacer preparativos más ambiciosos e integrales de cara a una intensificación de conflictos globales y sus repercusiones económicas.
Vemos cuatro modos de recalibrar las dependencias de Europa. En primer lugar, la Comisión Europea debe elaborar una política industrial coherente y sistemática. Si el objetivo es reducir la dependencia respecto de China, la industria europea tiene que aumentar su participación en las diferentes etapas de la cadena de producción digital. La Comisión también debe contemplar nuevas estructuras o requisitos en materia de inversión para encarar el problema de la relación entre Estados Unidos e Irlanda. Una idea digna de estudio es una preferencia explícita por la creación de emprendimientos conjuntos (joint ventures), o incluso ir más allá e incorporar requisitos de “reciprocidad tecnológica” como criterio a la hora de seleccionar proyectos de inversión extranjera directa en Europa. No supondría ninguna contradicción con la visión planteada por la Década Digital, sino que volvería a encarrilarla.
En segundo lugar, Europa debe formular una política comercial más estratégica y proactiva. Esto implica dar prioridad en las negociaciones comerciales a socios que puedan aportar beneficios en poco tiempo; también implica buscar mecanismos de retroalimentación positiva en las futuras relaciones comerciales. Una idea puede ser acelerar, reiniciar o ampliar las negociaciones y acuerdos que ya existen con países como los Emiratos Árabes Unidos, Sudáfrica y Arabia Saudita. Aunque los acuerdos comerciales no bastan para crear autonomía digital, pueden reforzar la base material y técnica necesaria.
En tercer lugar, Europa (y sobre todo Alemania) debe aumentar la inversión en infraestructura y resolver la negatividad de la formación neta de capital (el hecho de que la depreciación supera las nuevas inversiones) para fomentar la innovación y reforzar su capacidad de acción. Obviamente, la impactante revelación de que el gobierno alemán desvió el 95% de los fondos asignados a proyectos de infraestructura en 2025 para cubrir agujeros presupuestarios no envía una buena señal. Europa tiene capacidad de innovación, pero como mostró el informe Draghi en 2024, esa capacidad no se está convirtiendo en ventajas comerciales. Este problema no admite solución sin apoyo financiero suficiente o sobre la base de infraestructuras físicas y digitales deterioradas u obsoletas.
Por último, Europa debe pasar de una narrativa de autosuficiencia a otra de colaboración y resiliencia mediante la asociación. A pesar de la presencia creciente de fantasías soberanistas en muchos gobiernos, las reacciones positivas al discurso que pronunció el primer ministro canadiense Mark Carney en la reunión del Foro Económico Mundial de este año en Davos confirmaron el hecho de que la multialineación conserva su atractivo. La dirigencia europea debe vincular estos objetivos y promover la cooperación tecnológica y en otros sectores con los socios comerciales y de inversión fiables que necesita Europa para convertirse en un actor económico y político más autónomo y menos vulnerable y comenzar la ardua tarea de proteger su futuro industrial.
La autora:
Laura Mahrenbach es profesora adjunta en la Facultad de Ciencias Sociales y Tecnología de la Universidad Técnica de Múnich y asesora sénior en Cascade Advisory.
El autor:
Maximilian Mayer es profesor junior de Relaciones Internacionales y Política Global de la Tecnología en la Universidad de Bonn.
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