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Cuando la crítica se convierte en consigna: El síntoma antisionista

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OpiniónEl Economista

La reciente eclosión del antisemitismo —con frecuencia articulada hoy bajo la forma del antisionismo— no puede entenderse únicamente como la reaparición de un prejuicio histórico. Más bien, constituye uno de los síntomas más reveladores del momento actual. No sólo por lo que dice de un conflicto específico, sino por lo que permite observar en relación con las formas contemporáneas de la crítica.

El trabajo de la periodista francesa Nora Bussigny, Les Nouveaux Antisémites (París, 2025), basado en una investigación de inmersión en distintos entornos militantes, resulta particularmente ilustrativo. En él no sólo se documenta la circulación de discursos hostiles hacia Israel y, en ocasiones, hacia los judíos. Se pone de relieve, sobre todo, la consolidación de un lenguaje compartido: una gramática que permite a actores muy distintos reconocerse en una misma forma de interpretar el mundo.

Ese lenguaje no opera como simple expresión de rechazo. Funciona como un dispositivo de inteligibilidad. Ofrece categorías, organiza relaciones causales, propone explicaciones globales. En ese sentido, no se trata de una ruptura con la racionalidad crítica, sino de una de sus posibles derivas.

Una parte significativa de lo que hoy circula como crítica —en sus versiones más difundidas— no se limita a cuestionar estructuras de dominación, sino que tiende a simplificarlas. Allí donde cabría esperar un análisis de mediaciones complejas, se produce con frecuencia una concentración de sentido en figuras singulares. El paso del sistema al sujeto, de la relación a la imputación directa, se vuelve casi imperceptible.

El resultado es una forma de crítica que, sin dejar de ser racional en su organización, pierde progresivamente su capacidad analítica. Clasifica con rapidez, explica con contundencia, pero reduce aquello que pretende comprender. La complejidad histórica y política queda subordinada a esquemas interpretativos previos que admiten escaso margen de matiz o de contradicción.

Este fenómeno no es completamente nuevo. Cuando Max Horkheimer y Theodor W. Adorno analizaron el antisemitismo en Dialéctica de la Ilustración, señalaron que no debía entenderse como mera irracionalidad, sino como una forma degradada de la razón. Una razón que, incapaz de sostener la mediación, tiende a personificar lo abstracto y a concentrar en una figura aquello que pertenece a una red más amplia de relaciones.

Desde esta perspectiva, el antisionismo contemporáneo, en algunas de sus formulaciones más extendidas, puede leerse como un espacio donde esa lógica reaparece. No necesariamente como ideología explícita, sino como efecto de una forma de inteligibilidad que privilegia la explicación total y la identificación de responsabilidades concentradas.

Conviene subrayar que este diagnóstico no implica deslegitimar la crítica a Israel ni desconocer la complejidad del conflicto israelí-palestino. Tampoco supone impugnar los desarrollos más rigurosos del pensamiento crítico contemporáneo. El problema no reside en los objetos de la crítica, sino en ciertas formas de su ejercicio, cuando éstas tienden a reducir la complejidad de los fenómenos a esquemas unívocos.

Algo similar puede observarse en la manera en que se piensa hoy “Occidente” en determinados discursos. La crítica —necesaria— de sus tradiciones coloniales y patriarcales puede derivar, en sus versiones más simplificadas, en una caracterización esencializada. Paralelamente, otras formaciones culturales son a veces investidas de una positividad abstracta que no resiste el examen histórico. En ambos casos, la operación es comparable: una reducción de la complejidad a figuras coherentes, pero empobrecidas.

El problema de fondo no es la falta de categorías, sino su uso. No la ausencia de crítica, sino su automatización. Cuando el análisis se sustituye por la aplicación inmediata de esquemas interpretativos, la crítica pierde aquello que le daba su fuerza: la capacidad de sostener la mediación, de trabajar con la ambigüedad, de resistir la tentación de las explicaciones totales.

En ese sentido, el auge de ciertos discursos antisionistas no debería leerse únicamente como un fenómeno ideológico localizado, sino como una señal de advertencia más amplia. Indica hasta qué punto la crítica puede transformarse, en determinadas condiciones, en una forma de pensamiento que ya no interroga, sino que confirma.

Recuperar su potencia exige, quizá, un gesto más modesto y a la vez más exigente: volver a pensar la mediación. Aceptar que la complejidad no es un obstáculo, sino una condición del análisis. Y asumir que toda crítica que aspira a explicarlo todo corre el riesgo de dejar de comprender aquello que tiene enfrente.

*El autor es ensayista y analista cultural.

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