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El cinismo de llamar “generación de cristal” a quienes limpian nuestro desastre

Opinión
El diagnóstico que muchos adultos hacen sobre los millennials y centennials es de un cinismo insoportable. Las generaciones que ostentan el monopolio de la propiedad y de los medios de producción han acuñado un término ruin: la "generación de cristal". Se les acusa de fragilidad y de carecer de la mítica resiliencia que, supuestamente, templó el carácter de sus padres y abuelos. Sin embargo, la realidad es otra: lo que enfrentan son herencias rotas. Los jóvenes no se están rompiendo; están recogiendo, con las manos desnudas, los cristales rotos de un mundo inhabitable que les heredamos.
Las impactantes manifestaciones juveniles en Europa demuestran que las nuevas generaciones no se quedan calladas ante la precariedad y exigen reformas estructurales inmediatas. El acceso a una vivienda digna se ha transformado en una quimera; la oferta laboral se reduce a contratos basura, falsas jornadas parciales y la exigencia de una experiencia inalcanzable a cambio de sueldos de explotación. Por el lado de la educación, esta se ha degradado debido a recortes presupuestales crónicos, provocando que los títulos académicos pierdan su valor. Exigir docilidad y buena cara a quien sabe que vivirá peor que sus progenitores no es pedir resiliencia; es exigir sumisión.
Francia vive una de las crisis estudiantiles más agudas de las últimas décadas. Lo que comenzó a mediados de septiembre de 2026 en los institutos de la periferia parisina se ha desbordado en una huelga nacional que mantiene bajo asedio al gobierno. Las escenas de contenedores ardiendo en la Plaza de la Bastilla y los choques frontales con las fuerzas antidisturbios no son simples arrebatos irracionales; son el síntoma del colapso material de la educación pública francesa.
La réplica estatal ha seguido el manual clásico: criminalizar la protesta y tildar a los jóvenes de violentos o manipulados por elementos externos. Con más de seis mil detenciones —muchas de ellas de menores de edad— y denuncias graves por abusos policiales, el Ejecutivo francés intenta contener con gases lacrimógenos y garrotes una verdad estructural: el presupuesto público se desvía hacia otras prioridades globales mientras las aulas donde se construye el futuro se caen a pedazos. En respuesta, los estudiantes han protagonizado el denominado "Acto V" de las movilizaciones. En un ambiente de alta tensión, los manifestantes hicieron resonar a través de los altavoces, y de manera simultánea, La Marsellesa y La Internacional —el himno nacional francés y la histórica melodía del movimiento obrero mundial—. Despojados de todos los países, uníos.
Cruzando los Pirineos, el detonante no son solo las aulas, sino también la vivienda. España registra movilizaciones masivas en más de cincuenta ciudades, entre ellas Madrid y Barcelona. La chispa que encendió la pradera fue el sistemático encarecimiento de la vivienda y el rechazo en el Congreso de los decretos que buscaban aliviar los precios de los alquileres. Ante la inoperancia institucional, millares de jóvenes decidieron recuperar el espacio público levantando campamentos en plazas emblemáticas como la Puerta del Sol.
La protesta se ha extendido de manera contundente a la educación. En la Comunidad de Madrid, los sindicatos docentes (CCOO, UGT y CGT, entre otros), secundados por organizaciones estudiantiles como el Frente de Estudiantes, iniciaron una histórica huelga educativa indefinida. Las exigencias del profesorado abarcan desde la reducción del número de alumnos por aula hasta mejoras salariales urgentes, un mayor financiamiento para la educación especial y un alto al hostigamiento presupuestal que mantiene a las seis universidades públicas madrileñas en condiciones de asfixia económica.
Mientras en Europa los contenedores arden, en México la tragedia juvenil se cuece a fuego lento. Al joven mexicano no solo se le acusa de frágil; se le reduce sistemáticamente a un objeto de programas asistenciales, convirtiéndolo en una pieza intercambiable en el tablero electoral que el aparato gubernamental administra a cuentagotas para asegurar la sumisión y el aplauso en los mítines.
La realidad educativa del país es un páramo. Al egresar, las opciones no son mejores: el mercado laboral ofrece empleos precarios, salarios de miseria, nulas prestaciones y la informalidad como refugio para sobrevivir o el crimen organizado que los amenaza.
Lo verdaderamente ofensivo de la retórica de la «generación de cristal» es el olvido deliberado del origen del desastre. Quienes hoy acusan a los jóvenes de blandos son, precisamente, los miembros de aquellas generaciones que disfrutaron de las últimas mieles del Estado de bienestar: empleo estable, vivienda pagable en menos de una década y movilidad social ascendente. Esas mismas generaciones fueron las que firmaron las privatizaciones de los años noventa, las que rescataron con dinero público a la banca a costa de recortar la salud y la educación, y las que permitieron que el mercado inmobiliario se convirtiera en un juego especulativo transnacional.
