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¿Por qué está cayendo la Bolsa?

Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
Esta semana fue mala para la Bolsa. Las empresas más emblemáticas de México perdieron valor rápidamente y este padecimiento parece crónico: una caída de casi 11% desde su máximo anual de 72,111 puntos, registrado el 12 de febrero de 2026.
Entendamos o no del mercado, los mexicanos sabemos que tenemos problemas cuando sube el dólar o cae la Bolsa. De inmediato salta una pregunta: ¿por qué? Y después, una segunda: ¿viene una crisis?
Quienes mueven verdaderas fortunas —como los administradores de bancos internacionales o de su Afore— son calificados por las ganancias que generan a sus clientes. México pierde el interés de estos personajes.
La razón de la caída es comprensible. Pónganse en el lugar de los ahorradores.
En bancos de México recibirán intereses anuales apenas superiores al 6.5 por ciento, en pesos. En los de Estados Unidos, tal vez una tasa por encima del 4 por ciento, pero en dólares.
¿Qué decisión tomarían ustedes si la diferencia es de 2.5 puntos?
Muchos inversionistas internacionales están pensando que hubo días mejores y que conviene nuevamente ahorrar del otro lado de la frontera, en una potencia económica, y no del lado mexicano, en esta nación anclada en la lista de “países emergentes”.
Sí hubo días mejores: al inicio del año esa diferencia fue más amplia. México daba más.
En lo que va de 2026, el mayor diferencial data de febrero, cuando allá la Reserva Federal ofrecía una tasa máxima de 3.75 por ciento, mientras que en México era de 7 por ciento.
El hecho de que la diferencia se redujera por decisiones recientes de ambos bancos motivó la compra de dólares y, al subir su demanda, aumentaron el valor de esa moneda. El peso se depreció.
¿Y qué pasa con los inversionistas que compran acciones de empresas mexicanas que cobran y cotizan en pesos? Evidentemente esperan ganancias y dividendos depreciados, por lo que prefieren vender esos papeles y comprar en otro lado. Ahí estamos ahora.
¿Eso anuncia una crisis? No necesariamente.
Nos hemos convertido en la economía más aburrida de América Latina, para bien y para mal.
No caemos y casi no crecemos. Por cabeza, tenemos todavía el mismo ingreso que al inicio del siglo, poco más de 10 mil dólares anuales. Es patético.
Nuestras mayores ambiciones son ajenas: que el socio crezca y que lleguen muchas inversiones cuando por fin se defina qué tipo de tratado nos aceptan los estadounidenses. Por nuestra cuenta no podemos generar industria. No tenemos siquiera una marca de celulares.
A lo que aspiramos es a que Estados Unidos nos deje seguir vendiendo piezas, cosas. Los inversionistas extranjeros lo saben y por el momento prefieren ser cautos al poner dinero en empresas mexicanas que dependen de promesas.
Así se debilita el precio de las empresas mexicanas. Así está amenazado de manera permanente el Índice de Precios y Cotizaciones, que puede tener momentos buenos, pero difícilmente aspirar a una mejora permanente.
Descarto un rompimiento comercial con los vecinos en esta relación de conveniencia, pero no anticipo una mejora sorprendente en un juego en el que ellos tienen las mejores barajas.
Podríamos culpar a este gobierno, pero más allá de nuestros problemas de corrupción, en realidad encaramos una anemia de ambición colectiva, tanto de los gobiernos de cada partido como de empresarias y empresarios poco proclives a los riesgos.
Acá por la Sierra Madre duele más perder que dejar de ganar.
En lo que acá fumamos la hierba de un boom por el ‘nearshoring’, Panamá y República Dominicana más que duplicaron su ingreso per cápita desde que inició el siglo y, en esos términos, ambas poblaciones caribeñas ya son más ricas que la mexicana.
Los dominicanos, con 12,610 dólares, y los panameños, con casi 20 mil dólares anuales, estos últimos a un paso de los costarricenses, que ya rebasaron esa frontera.
Lo que movió a esas naciones y puede mover a esta son las inversiones. Mejor si son en conocimiento.
Acá estas están puestas en trenes y en Pemex. En las empresas, las ponen en concesiones o en máquinas que generan cosas y dinero para foráneos.
El sistema funciona para que no pase gran cosa, ni para bien ni para mal. Nuestra dependencia está declarada y anclada en nuestra magra ambición colectiva.

