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Opinión

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¡Trato o truco!

La gran depresión Por: Enrique Campos Suárez

Es como una especie de deja vu económico. Es levantarse cada mañana con un cúmulo de malas noticias y sentir que esto ya lo vivimos en otros tiempos, en otras crisis.

Claro que el dato que hoy publica el INEGI sobre el comportamiento económico durante el segundo trimestre del año no tiene comparación, más que con los peores días de la Gran Depresión de los años 30.

La promesa de no más crisis dura hasta que, claro, llega la siguiente, sea importada o de manufactura nacional.

Porque si bien las caídas económicas forman parte de un ciclo, también es cierto que la forma de enfrentar en México esas etapas es altamente ineficiente y siempre se deja viva la semilla de la siguiente crisis.

No hay, hasta ahora, una gran crisis que no haya sido remediada con paliativos. Basta con preguntarnos desde cuándo se habla de la necesidad de una reforma fiscal integral, bueno, pues encuentro antecedentes del tema desde 1982.

Por eso, ahora que el discurso es aquél sobre que llegó el momento de hacer cambios profundos en el esquema tributario, en la estructura del aparato de gobierno, en la transparencia presupuestal, en la ley laboral, en el sector energético, etcétera; la verdad es que no somos pocos los que vivimos en el vecindario de los pesimistas informados.

No importa que la caída del Producto Interno Bruto durante los meses de abril, mayo y junio haya sido de dos dígitos, la sospecha fundada es que los acuerdos legislativos y las medidas gubernamentales serán insuficientes.

La clase política tiene miedo a negociar, les parece sucio hacer acuerdos, tratos, con otras fuerzas políticas.

Si dos partidos buscan soluciones, el tercero siempre dirá que lo hacen en lo oscurito.

Y ni siquiera es una incapacidad de los responsables técnicos de una negociación, como la presupuestal. La verdad es que tanto en Hacienda como entre los diputados que ahora llegarán a San Lázaro hay personajes con muy alta capacitación técnica.

El problema llega desde los liderazgos internos de los partidos, desde los grupos de poder que no están interesados en el resultado, sino en sus beneficios.

Por eso prefieren los trucos propagandísticos: como un foro sobre qué hacer para crecer, o un consejo de reactivación económica o, de plano, un acuerdo en favor de la economía familiar y el empleo. Pero de aciertos y acuerdos serios, nada.

El gobierno federal siempre ha tenido la coartada de que sus opositores no quieren dialogar sobre cambios profundos. Pero la realidad es que en muchos sexenios un presidente no nos ha sorprendido con un ejercicio de auto-corrección presupuestal.

Vamos, si Calderón quiere dar un paso hacia cambios profundos, su propuesta tendría que empezar por reordenar el gasto del sector público. Pero no los artificios de siempre de bajarse el sueldo, no usar celular.

No, lo que tiene que hacer es tapar las grandes coladeras presupuestales como los sindicatos del sector público, Luz y Fuerza, secretarías inútiles, y demás.

También, el gobierno federal debe comunicar mejor las cosas. La verdad es que ha sido incapaz de explicar, por ejemplo, que la mayor parte del gasto corriente en sueldos y salarios están destinados a maestros, enfermeras y doctores.

Y si del Congreso esperamos algo más allá de un parche, habría que empezar a asignarle el peso que tiene en la conducción del país. Porque, tantos años de un presidencialismo omnipotente le confirió a diputados y senadores una importancia mucho menor a la que hoy tienen en la toma de decisiones.

Las apuestas en favor de acuerdos profundos, estructurales, para el país son bajas. Más bien, lo que muchos esperamos son arreglos con alambritos de las finanzas, un truco que permita pegar un brinco sobre el 2010 y de ahí hasta la siguiente crisis.

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