Seguro usted ya las escuchó miles de veces: “Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”, “un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo” o “fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre”. Quizá ya tenga hasta su frase favorita enalteciendo al libro o a lo mejor se pregunta qué tiene que ver con los libros este mes de abril. La respuesta es rápida y sencilla.

Hoy es el Día Mundial del Libro.

La idea de dedicar un día al libro y celebrarlo en el mundo entero fue una propuesta de la Unión Internacional de Editores de España. Por magníficas razones, la iniciativa de la celebración fue presentada por el gobierno español a la UNESCO y en 1995, en su 28º versión, la Conferencia General de este organismo aprobó, por unanimidad, proclamar el 23 de abril de cada año como el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. La fecha resulta perfecta porque juran calendarios y almanaques que el 23 de abril de 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega. Por si esto no fuera motivo suficiente, también en un 23 de abril nacieron o murieron otros escritores eminentes como Maurice Druon, K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo. Todos ellos, saltando la barrera de idiomas y naciones y reuniéndose en las páginas escritas. Por este motivo esta fecha legendaria ya simbólica. No sólo para la literatura universal sino también para bibliotecas, autores, editores y lectores. Y si es necesario decir que el 23 de abril también se celebra San Jorge, y contar de nuevo la historia de cómo mató al dragón, para salvar la rosa roja de Inglaterra, vaya y pase. Así quedará más claro por qué hoy también se llama Día del Libro y la Rosa. Pero baste decir que la UNESCO no profesa ninguna religión ni credo y está animada por las mejores intenciones. Regalar un libro y una rosa, a quien se pueda y si se puede, hacer un homenaje mundial al libro y así alentar a todos, en particular a los más jóvenes, a descubrir el placer de la lectura. Porque no cabe duda de que la lectura de un buen libro, como dijo André Maurois, es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta... pero ¿y si en vez de un libro a uno le da por leer historietas?

Poner a los cómics y a los libros en el mismo estante no está bien visto. Mucho menos cuando se celebran fechas como la de hoy y medimos la inteligencia y la cultura por la cantidad de libros que tenemos y hemos leído. Las historietas, por el contrario, han sido consideradas durante mucho tiempo un subproducto cultural y están adornadas por prejuicios variopintos: los cómics no son ni tan serios ni tan profundos como un libro. Son para niños. Adolescentes si acaso. Porque no cuentan historias, sino historietas y son distintivos de la idiocia, la mala facha y la pereza. Pero deténgase y piense, querido lector: no hay nada más estúpido que no atreverse a enfrentar que a veces nos falla la razón.

Libros y cómics comparten siglos de antigüedad y a veces es difícil saber cuál apareció primero. Diversas manifestaciones a lo largo de la historia, pasando por la Grecia Clásica, la Edad Media y la Revolución Industrial pueden ajustarse a la sentencia del cómic de estar viendo “monitos”. Pinturas rupestres, papiros egipcios, relieves grecorromanos y hasta los vitrales de las iglesias transmiten mensajes y nos dan señales. Se adaptan precisamente a cómo define el diccionario la Real Academia de la Lengua Española lo que es un cómic o historieta: serie de dibujos que constituye un relato, con texto o sin él.

¿Pero, es el cómic literatura? La naturaleza literaria del cómic es, desde hace unos años, motivo de discusión y debate. Es muy cierto que infinidad de los personajes de historieta han formado parte de nuestras vidas y que pasa lo mismo con los personajes de los libros. Tampoco podemos negar que ciertos elementos del lenguaje del cómic han sido recogidos de la literatura, pero debe usted saber que los cómics o historietas son para todo el público, no nada más para niños y adolescentes (no lo niegue: ya pensó en El libro vaquero, Lágrimas y Risas, Mafalda y el hombre araña invitando a Batman a tomarse unas chelas, o que le encantaría volver a leer y tener la colección completa de La familia Burrón, Kalimán, Chanoc y Los supersabios para volver a reconocerse en ellos). La naturaleza “infantil” del cómic es solamente otro de los grandes juicios que la sociedad ha impuesto sobre el cómic y de nada sobra saber que ante la aparición de su más forzudo pariente, la novela gráfica, las cosas han cambiado. Ya todos pueden estar en el mismo estante de su librero.

Repasemos. Bien lo vale porque hoy es Día del Libro y en dos semanas llega la Conque (gran convención del cómic en Querétaro): el arte secuencial, o la narrativa gráfica, es decir el cómic, las historietas, o como quieran llamarlo, existía desde el principio de los tiempos. Los relatos hechos con series de dibujos ya en Egipto servían para relatar las hazañas de sus faraones, los relieves romanos ensalzaban a sus héroes y en la Edad Media se pintaban frescos para explicar pasajes bíblicos. Todos estos ejemplos, a diversos niveles, se parecen a las tiras de “monitos”, como le decimos en México, a los “muñequitos” de Cuba,” los “fumetti” de Italia, las “mangas” japonesas o los “tebeos” españoles. Han existido siempre. En empaques, tintas, letras, líneas y lenguajes distintos. Pero con idéntica voluntad de comunicar, decir y transmitir.

Los moneros —resígnese, que es cierto— son artistas como todos. Milo Manara, historietista, artista y escritor italiano, considerado maestro del cómic erótico y autor de obras dibujadas como HP y Giuseppe Bergman, El perfume del invisible y Los Borgia, dijo en entrevista que no tiene una idea clara de un lector de cómics, que sólo hace las cosas que le gustan, esperando que su trabajo también le guste a otras personas. “La mayor potencia de la historieta está en su pobreza, remató. Para hacer una, hacen falta solamente ideas, papeles y un lápiz”.

Otro artista del cómic, Héctor Germán Oesterhel, escritor, poeta, guionista y geólogo argentino, destacado autor de ciencia ficción, creador de Sargento Kirk y El Eternauta, dijo hace más de 20 años sobre las historietas:

“Muchos las seguirán considerando género menor y la mirándolas peyorativamente. Sin embargo, habrá que leer con detenimiento las buenas historietas para darse cuenta de todo lo que representan. Es absolutamente improbable que a quien tiene el hábito de la lectura, la historieta se lo saque, así como contribuye a que, por ejemplo los niños tengan a través de ella su primer acercamiento a la literatura. Es responsabilidad de quienes la hacen que se trate de un acercamiento sano y positivo. El género ofrece esa posibilidad”.

Tampoco se dice mucho, pero yo estoy a punto. El mundo del cómic también es historia, periodismo, política, sociología, activismo, reacción, y tiene su poética y su literatura. Dice verdades que nadie dice y, como nadie, relata la verdad de las mentiras. Por ello, afirmemos sin rodeos que el cómic, la historieta, la novela gráfica y el mundo de los monitos también son arte, lectura y cultura. Y que muy bien pueden ser invitados de honor en todos los Días y todas las Ferias del Libro.