Cualesquiera que sean la visión de largo plazo y el proyecto económico que sigamos en México, necesariamente hay que considerar, como factor fundamental de planeación estratégica, al sector que es la punta de lanza en los profundos cambios que hoy tienen lugar en todos los ámbitos a nivel mundial.

Simplemente no podemos soslayar a la llamada cuarta revolución económica, centrada en la innovación y el desarrollo científico y tecnológico, y más específicamente, en las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), con sus profundos efectos que lo mismo trastocan la industria y el comercio que la cultura y la vida cotidiana.

El riesgo de rezagarse, de manera quizá irreversible, es muy alto y, además, latente e imperioso. Hay que dar seguimiento, prepararse y adaptarse; mejor aún, ver la forma de anticipar, donde sea factible, a la evolución de esta ola de transformaciones y derivaciones. Hay que aceptar el reto y abordar las oportunidades, como lo están haciendo, con un marcado enfoque competitivo, muchos países.

México también necesita consolidar su propio modelo de innovación y desarrollo tecnológico, en correspondencia con nuestras circunstancias y necesidades específicas, vocaciones productivas y ventajas comparativas, pero que esté a la altura de la velocidad y la proyección de la vanguardia global en la materia.

En ese sentido, es fundamental revisar nuestra situación, tendencias y potencial en un aspecto clave de la revolución de las TIC, probablemente su motor originario, aún el más potente: las aglomeraciones o clústeres de creatividad, investigación y desarrollo, donde se conjugan talento, inversión y una disposición clara para “salir de la caja”; corredores económicos en los cuales se han generado las condiciones idóneas, las sinergias y una masa crítica propicia para emprendimiento, la apuesta intensiva al capital humano y la capacidad productiva para transformar industrias y sectores completos.

Ésta es la fuerza de cambio que tiene su punto neurálgico en el Valle del Silicio de California. El llamado Silicon Valley sigue marcando el paso, pero con un conjunto creciente de centros de desarrollo tecnológico alrededor del mundo que compiten con el precursor y entre sí, acelerando la espiral de la disrupción.

Países grandes y pequeños están desarrollando sus respectivas estrategias y clústeres, sus versiones de lo que ha ocurrido al sur de la Bahía de San Francisco, con diferentes modelos, especialidades y capacidades de financiamiento. Para estar a la altura de los tiempos que vive el mundo en la materia, es indispensable correr esta carrera y México requiere un proyecto ganador para ella.

Una buena señal es que estamos en la carrera, con la evolución de clústeres como el que toma forma en Querétaro, especializado en sectores como el aeronáutico, y el de Guadalajara, en materia de TIC y con gran potencial para el surgimiento de empresas emergentes o startups con enfoque de rápido crecimiento y alto valor agregado.

Más recientemente, con el impulso de la declaratoria de la Zona Económica Especial (ZEE) de Progreso el pasado 19 de diciembre del 2017, Yucatán se perfila como centro de innovación y desarrollo, así como de actividades relacionadas con tecnologías y servicios de información y comunicación. A partir de las capacidades que han desarrollado los yucatecos con el Parque Científico y Tecnológico, así como el capital humano existente en los centros de investigación y de formación académica.

Los incentivos fiscales y todo el paquete de estímulos y condiciones de negocios de la ZEE, sólo secunda la estrategia y las inversiones que han llevado a cabo el gobierno y la sociedad de ese estado desde hace años. Yucatán está listo gracias al ecosistema que existe en calidad de vida, conectividad, seguridad, Estado de Derecho y, sobre todo, capital humano cualificado y competitivo a nivel internacional.

En todo momento debemos tener bien presentes que no vamos solos en esta carrera, de alta competencia, y en la que la revisión de mejores prácticas es crucial, comenzando por el ejemplo paradigmático del Valley. Hay grandes retos por superar y un trecho largo por recorrer.

Los parámetros del clúster puntero son muy altos, pero los principios de su impulso son los mismos que los que sirven de base a otros centros tecnológicos en ascenso, incluyendo los de México. En particular, la fuerza motriz de la llamada triple hélice de la innovación: inversión, capital humano y un Estado que propicia condiciones idóneas para la sinergia.

Ésa fue la base de un catálogo de empresas cuya sola mención da una idea de la trascendencia de la aglomeración tecnológica del norte de California y de ese detonador: Tesla, Twitter, Google, Apple, Synopsys, Facebook, Cisco, Yahoo!, PayPal, Sun Microsystems, Adobe, Uber, Symantec, Nvidia, AMD, Oracle, Silicon Graphics, Flex, Juniper, Linkedin y muchas más, incluyendo pioneras como Hewlett-Packard e Intel.

Esas empresas y su desarrollo no se explican sin los otros elementos constitutivos del ecosistema de crecimiento, como la industria de capital de riesgo o semilla más competitiva y universidades como las de Berkeley y Santa Clara, la Estatal de San José y en especial la de Stanford. Alrededor de esta institución se dieron iniciativas y programas en torno a Menlo Park; nuestros vecinos impulsaron una serie de incentivos institucionales; académicos y financieros, orientados siempre a la innovación, lo cual contribuyó de manera decisiva para detonar industrias que hoy impactan cada segundo la calidad de vida de buena parte del mundo.

La fórmula de crear entornos propicios para el desarrollo tecnológico había demostrado su eficacia con el florecimiento paralelo de aglomeraciones como la de la Ruta 128, apoyada en las universidades cercanas a Boston, entre las que destaca el MIT, otro actor fundamental en la revolución tecnológica que hoy vivimos.

Es la apuesta al capital humano de empresas, instituciones educativas, gobiernos y la sociedad, que está detrás de lo que hoy se vislumbra en líneas de disrupción como la realidad virtual, los automóviles autónomos, los universos del blockchain y el big data, Internet de las Cosas, impresión 3D y todo lo que abarca el concepto de Industria 4.0.

Es la misma fórmula que hizo de la Universidad Carnegie Mellon, de Pittsburgh, y ahora con campus en California y Qatar, un líder global y semillero de emprendimientos e innovaciones en computación y robótica. Un modelo que, en el esquema de educación dual, ha sido uno de los ejes del crecimiento industrial de Alemania, y el que ha hecho de Israel una potencia de la innovación tecnológica, con sus matices particulares, como la participación del Ejército.

Empujando fuerte vienen clústeres emergentes, con sus propias fórmulas. Con la iniciativa y control del gobierno en China, que se ha enfocado en una serie de sectores estratégicos en los que ya tiene jugadores tan fuertes como Alibaba o Tencent, o bien con un esquema más flexible y surgido desde la iniciativa privada y la academia, como son los de Estados Unidos.

Ahí está el caso del hub tecnológico de Hyderabad, en India, que ha superado a su precursor Bangalore. O Beijing, considerado el Silicon Valley chino, luego del fenómeno de Shenzen que inició en gran medida con su ZEE a principio de la década de 1980.

La Bahía y El Valle, como se les conoce a San Francisco y a San José, mantienen un liderazgo indisputable en inversión de capital de riesgo, con 24,400 de millones, muy lejos del segundo lugar, Beijing, con 7,700 de millones, de acuerdo con el reporte de Innovaciones Disruptivas de Citi del 2016. Sin embargo, ese año fue superada por Tokio y Shenzen-Guangdong en solicitud de patentes. En cifras redondas, 13,000 y 10,000, respectivamente, contra 8,000 del Valle del Silicio.

En perspectiva, en el último reporte anual publicado este año, México procesó sólo 284 licencias ante la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. Es imperativo consolidar nuestro modelo de triple hélice y la masa crítica que somos capaces de generar. Necesitamos verdadero Venture Capital fundado en fuentes de financiamiento público-privado. México necesita una APP que permita a los emprendedores en TIC e innovación y desarrollo llevar a producción prototipos y hacer caso de éxito de Productos Mínimos Viables.

* Secretario ejecutivo de la Autoridad Federal para el Desarrollo de las Zonas Económicas Especiales.