La principal preocupación de los bancos centrales en las últimas dos grandes crisis globales (la Gran Recesión del 2008-2009 y la llegada del Covid-19 en el 2020) fue evitar un escenario en el cual la economía se sumía en un largo periodo sin crecimiento y con un espiral de precios a la baja, similar a lo ocurrido en la Gran Depresión.

Con este objetivo, los bancos centrales decidieron implementar medidas extraordinarias de política monetaria y mantenerlas durante un periodo prolongado.

Aunque las recetas monetarias han sido similares, los resultados después de cada crisis han sido diferentes. Después de la crisis del 2008-2009, varios especialistas auguraban un fuerte repunte en la inflación.

Sin embargo, la inflación brilló por su ausencia durante la década que siguió a dicha crisis. Esto sucedió en buena medida porque, a pesar del descomunal aumento en la cantidad de dinero en la economía, gran parte de los recursos se quedaron estacionados en el sistema financiero. La realidad es que en la década de 2010-2020 sí hubo inflación, pero solamente en los precios de los activos financieros mientras que la inflación en bienes y servicios fue mínima.

Esta situación se suscitó porque la velocidad de circulación del dinero fue relativamente baja ante la devastación de los sistemas financieros y los balances patrimoniales de empresas y familias, generada por la explosión de la burbuja de endeudamiento de los años precrisis.

La reparación de los circuitos de crédito y los balances patrimoniales fue un proceso largo, dada la notable ausencia de estímulos fiscales importantes. Esto se tradujo en una recuperación muy lenta y dispareja en la demanda agregada.

Aunque las medidas de política monetaria implementadas para amortiguar el impacto de la pandemia fueron muy similares a las aplicadas durante la Gran Recesión, las consecuencias inflacionarias son claramente diferentes.

Esto se debe principalmente a dos factores: I) la diferente naturaleza de la crisis económica del 2020 vs la del 2008-2009; y II) una respuesta mucho más ágil y decisiva en términos de estímulos fiscales. La recesión del 2020 fue provocada por un choque exógeno brutal, pero de carácter temporal.

Dicho choque llegó en un momento en el cual la actividad económica a nivel global se encontraba en una situación saludable. La reapertura de actividades combinada con estímulos monetarios y fiscales de carácter masivo ha contribuido a que la velocidad de desplazamiento del dinero sea mucho mayor que en los años posteriores a la Gran Recesión.

Estos factores han contribuido a una recuperación de la demanda agregada mucho más robusta y rápida que la observada después de la Gran Recesión. Esta situación, aunada a una recuperación lenta y muy dispareja por el lado de la oferta (generado por las disrupciones en las cadenas de suministro) ha jugado un papel clave en un repunte inflacionario que ha superado todas las expectativas en términos de severidad y duración.

En el caso de Estados Unidos, el riesgo de estanflación parece menor. Aunque la inflación podría mantenerse por arriba de los objetivos de la Fed durante varios meses, la economía debe mantener un ritmo de crecimiento muy sano. A pesar de que los estímulos fiscales extraordinarios se terminaron y que la Fed planea acelerar el proceso de normalización de su política monetaria, tanto la política fiscal como la monetaria distan mucho de ser restrictivas.

En el caso de México, donde los estímulos fiscales brillaron por su ausencia y las herramientas de política monetaria son más limitadas, ya estamos viviendo un escenario de estanflación.

La economía mexicana debe crecer cerca de 5.5% este año con una inflación superior a 7 por ciento. Sin embargo, este rebote en la actividad económica no se ha convertido en una recuperación sostenida.

El crecimiento secuencial del PIB fue negativo en el tercer trimestre y esta tendencia podría mantenerse en este último trimestre del año. Un escenario de dos trimestres seguidos de crecimiento secuencial negativo con la inflación más alta en los últimos 20 años coloca a la economía mexicana en un escenario franco de estanflación.

joaquinld@eleconomista.mx

Joaquín López-Dóriga Ostolaza

Socio Director de EP Capital, S.C.

Sin Fronteras

Joaquín López-Dóriga Ostolaza es Socio Director de EP Capital, S.C., una consultoría especializada en fusiones y adquisiciones fundada en 2009.

Es egresado de la Licenciatura en Economía de la Universidad Iberoamericana, donde se graduó con mención honorífica y el promedio más alto de su generación. Cuenta con una Maestría en Economía de la London School of Economics, donde fue distinguido con la Beca British Council Chevening Scholarship Award.

Lee más de este autor