No se puede beneficiar a los débiles perjudicando a los fuertes. 

Abraham Lincoln

En anterior entrega planteamos la siguiente pregunta: ¿Es acaso un pecado el éxito de las empresas y de los empresarios en nuestro país? 

A lo largo de la historia reciente hemos dado tumbos para encausarnos al desarrollo que propicie el bienestar general, pero adoptamos medidas que generan lo contrario: mantener y aumentar la pobreza. Las acciones y ocurrencias del gobierno actual están incrementando la desigualdad económica y social.

Es inexplicable el desaliento a la inversión, la violación a tratados internacionales y el ambiente de falta de certeza y seguridad jurídica que propicia esta administración que incluye el impulso de iniciativas legislativas de muy dudosa constitucionalidad.

Parece no dimensionarse lo catastrófico que es el cierre de fuentes de empleo para convertir a los trabajadores en dependientes del gobierno con un ingreso miserable derivado de dádivas, ni la propuesta de violentar la protección de los datos personales de los ciudadanos, entre otras muchas medidas y ocurrencias. Todo ello, con el principal propósito de ganar votos en el proceso electoral de junio y de acrecentar la concentración del poder presidencial en perjuicio de todos.

Más que regalar recursos fiscales, debemos impulsar la capacitación para el trabajo y para la vida, pensar en el futuro y no sólo en las elecciones de este año. Adoptemos una estrategia económica en favor de los más vulnerables para que puedan disfrutar de la dignidad a través del trabajo, no de la limosna que envilece y degrada como un supuesto acto de bondad.

Más que vulnerar la privacidad y a la propiedad privada, urgen medidas para que demos pasos hacia adelante, no hacia atrás.

Es fundamental que el creciente intervencionismo del Estado se dirija a que se proteja a las personas, su salud, sus propiedades y sus datos personales. No a propiciar  incertidumbre legal ni una concentración irracional del poder.

Se trata de que todos seamos productivos y, preferentemente, autosuficientes para reducir la desigualdad. Ello requiere de un ambiente de seguridad, de certeza y de apoyo al desarrollo económico. Las penas con pan son menos.

Existe una crítica a la forma en que somos los mexicanos con una fábula. Imaginemos una cubeta llena de cangrejos mexicanos, cuando uno está por salir los demás lo jalan para que no lo logre, mientras que en el caso de una cubeta similar llena de cangrejos japoneses, todos colaboran para hacer una especie de escalera y de esa forma solidaria, todos puedan salir. 

Eso está haciendo el gobierno, cuando parecía que podríamos salir, propicia que no podamos salir, ni en lo individual ni colectivamente. 

Para ello regala dinero a quienes no producen en vez de capacitarlos en oficios serios y productivos. Propicia que no salgan de su estado de pobreza y limita su legítima ambición de generar riqueza. Es mejor para todos que nos enseñen a pescar en vez de que nos regalen un poco de pescado, por quién sabe cuánto tiempo. 

Obstaculiza y desalienta la inversión privada y la extranjera, propiciando el cierre de fuentes de empleo.

Adicionalmente parece ignorarse que durante la segunda mitad del siglo pasado, se impulsó la reforma política y una nueva economía para aprovechar la globalización. 

Todo ello para desarrollarnos y construir un futuro, a partir de ideas claras de lo que queríamos. A lo largo de la historia de la humanidad se puede apreciar que el desarrollo personal o individual es la vía para el bienestar general que suele ser un eficiente factor para consolidar la armonía y, por lo tanto, el tejido social.

Recordemos que el tejido social implica relaciones significativas que determinan y permiten a sus integrantes ser, estar, producir, crear, interactuar y proyectarse en todos los ámbitos de interacción social como lo son la familia, la escuela y la comunidad en todas sus variantes. 

Por todo lo que encierra el término tejido social es que resulta preocupante que avance su deterioro y que se relajen más sus distintos ámbitos.

No se olvide que la sociedad ni el tejido social dependen de una sola persona ni de sus gobernantes, dependen de todos, de todos unidos.

Hay mucho por hacer en esta crisis llena de peligros y también de posibilidades. Tenemos la oportunidad de emprender, con responsabilidad y solidaridad, las acciones para reparar y para restaurar nuestro tejido social y contribuir de manera responsable, solidaria y productiva a evitar la creciente desigualdad social y económica. 

Evitemos y superemos que las adversidades que socavan nuestro tejido social como la envidia, la ira, el resentimiento, el odio, el egoísmo, la ambición, el desorden, la violencia, el desempleo, la polarización, la creciente desesperanza y la epidemia de Covid 19 deterioren más a nuestro tejido social y al país todo. 

*El autor es abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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