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Por la memoria de los muertos... Por el mundo y la Paz

"Si los israelíes abandonasen el uso de la fuerza física, serían eliminados por grupos como Hamás […] porque así anuncian sus intenciones. Si, en cambio, los palestinos abandonasen el uso de la fuerza, nadie los atacaría y aumentarían radicalmente las posibilidades de alcanzar un acuerdo", Gabriel Ben Tasgal, analista argentino.
El escenario habla por sí mismo y rebasa la desolación. Los 5,000 misiles lanzados sobre la población de Israel desde Gaza y la incursión de Hamás con el saldo de más mil muertos y una centena de civiles secuestrados entre adultos mayores, mujeres, personas con discapacidad y niños, son la punta de un iceberg alimentado por el odio, la confusión y un resentimiento tan añejo como difícil de desentrañar.
¿Cómo se gesta tanta rabia? ¿Qué puede llevar a alguien a odiar tanto como para secuestrar un bebé o usar a su propio hijo como carne de cañon?
A pesar de que sus ejes fundacionales se remontan a Abraham como el patriarca de ambas culturas y tienen más en común por el sólo hecho de provenir de la misma región, la mala o nula relación entre algunas facciones extremistas árabes e Israel, se reforzó gracias a los acomodos geopolíticos y las decisiones colonialistas que dividieron el Medio Oriente después de la Segunda Guerra Mundial dejando de lado los orígenes, la diversidad ideológica y la cosmovisión de las personas que habitarían en ese rompecabezas territorial. Algo similar sucedió con la partición de la India, donde las matanzas en nombre de la fe segaron las vidas de cientos de miles y obligaron el desplazamiento de más de 14 millones de personas. En ambos casos, las fronteras de estos países han estado marcadas por décadas de tensión y violencia.
Hoy los desencuentros ideológicos y religiosos pesan más que nunca y hacen de la diferencia un espacio fatal para los civiles, sean mujeres israelís violadas, más de una centena de secuestrados y los que han paralizado su día a día y esperan las alarmas para correr a sus refugios en ciudades como Tel Aviv, Haifa y la misma Jerusalén o los palestinos y palestinas habitantes de la Gaza invadida por Hamás y obligados a odiar por que nos le queda de otra.
Creo que esa es la clave para comprender el porqué de la imposibilidad de avanzar. La masacre con la consigna de Alá u akbar (Dios es lo más grande) describe el cometido de un grupo fundamentalista que lejos de luchar por tierra, agua o petróleo, existe y trabaja para eliminar a quienes el pacto de Hamás considera infieles. Para ellos, los no creyentes y no practicantes del mensaje de Alá merecen morir.
¿Desde cuando pueden los hombres determinar el destino de otros?, ¿qué posibilidades quedan para el diálogo en un contexto tan intolerante?
Hoy Israel se enfrenta a una encrucijada que pondrá al límite sus valores al resistir a un enemigo que actúa bajo la premisa de eliminarlo y elegirá entre morir o matar, permitir que diezmen a los suyos o ejercer su legítimo derecho de defenderse.
Los ataques que despertaron a los israelís el sábado pasado coincidieron con la celebración judía de Simjat Torá, cuando se clausura y a la vez se inicia la lectura de los cinco libros de la historia y las leyes que sostienen la esencia judía.
Centrada en los diez mandamientos, la Torá eleva el precepto de “No matarás”, norma que enfatiza la importancia de la vida humana dentro de la tradición judía, justo en el momento que Israel lucha se defiende de un poder disparejo, partidario del secuestro masivo y la muerte, la producción de estrés y un estado de shock colectivo dirigidos a presionar tanto en la política como en los campos de lo social y lo anímico.
Es triste que una vez más Israel navegue contra corriente y que en esta ocasión su travesía por la vida implique que un Estado sujeto a las regulaciones internacionales como él, deba luchar contra un grupo que sale de toda norma y que, a pesar de ello, consiga poderosos aliados mediante la victimización.
No nos queda más que hacer votos por la paz y denunciar el terrorismo religioso, que aún en pleno siglo XXI, desenvaina la espada y se atreve a justificar la muerte en nombre de la fe.
La humanidad no debe permitírselo. Nunca más.

