Hace mucho que el informe presidencial dejó de ser un acto de rendición de cuentas, si es que alguna vez lo fue, y lo dudo. ¿Habrá sido eso con Adolfo López Mateos, con Carlos Salinas, con Felipe Calderón? Qué va. Era un acto político, sigue siéndolo y por alguna necedad, nosotros seguimos tercos pidiendo que sea para informar.

No, no es para informar el estado que guarda la administración pública. Ni siquiera en el mamotreto de más de mil hojas que ya mandaron al Congreso, pero tampoco, ni de lejos, en el mensaje que se dirige a la nación. 

Así que dejemos de pelearnos por eso. Es un acto político y con eso hay que lidiar. Un acto de propaganda, un momento importante para el partido político en el gobierno y una  posibilidad para los demás de hacer un corte y evaluar el camino elegido por la gente. El partido elegido para gobernar hablará del rumbo, su titular pondrá énfasis en sus postulados ideológicos y los demás podrán evaluar si esos postulados se sostienen o no. Es decir, si sostienen su gobierno y si sostienen el rumbo. 

Y no. El mensaje del segundo informe de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador pudo haberse escrito hace 18 años sin tomar en cuenta la realidad, ignorando el Covid-19, la tecnología y hasta el cambio de partido en el gobierno. Lo que esta semana nos dijo el Presidente en un acto -por cierto, ya devaluado por las apariciones diarias-, es casi una copia de lo que decía en 2002 ante Manuel Camacho Solís en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. La corrupción es un flagelo, decía entonces. Repartir recursos no es populismo, decía. La austeridad permite al gobierno ahorrar, aseguraba.

Les copio un párrafo de esa época

“Desde la oposición sostuve que nada ha dañado más al país que la deshonestidad de los gobernantes. Ello ha dado al traste con todo y ha sido la causa principal de la desigualdad social y económica. Por eso ahora, desde el gobierno y con mayor responsabilidad, estamos comprometidos a erradicar la corrupción donde quiera que se exprese”.

La consistencia de su discurso es admirable, y si fuera un orador religioso o un líder de opinión, un youtuber o un tuitero, habría que aplaudirle y seguirlo. Pero en 2002 era ya un gobernante. Y en 2020 es el Presidente. Lo menos que se espera del Jefe del Ejecutivo, 18 años después de escuchar los mismos postulados, es que demuestre que esos planteamientos funcionan. ¿Y sí? Hasta ahora no. Repartir 0.7% del PIB entre población que aumenta en número y en pobreza no ha servido ni para erradicar la pobreza ni para limitar su intensidad, ni en la Ciudad de México ni en el país. Agarrar a un pez gordo y guardarlo en su casa mientras no dice nada nuevo no inhibe la corrupción, como no lo hizo en su momento permitir contratos oscuros en la capital de la república, hacerse de la vista gorda con los recursos para su campaña y evadir responsabilidad cuando su equipo era agarrado con las manos en la masa, igual que ahora. 

Ahorrar más de 50,000 millones de pesos y tener un subejercicio en salud durante una crisis sanitaria no sirve para demostrar la utilidad de esa austeridad, como no sirve pagar por un avión guardado, eliminar subsecretarías destinadas a nuestro trato con América del Norte o usar un Tsuru mientras se desvían recursos para el conductor de éste.

Eso es lo que tenemos que evaluar. Los planteamientos de Andrés Manuel López Obrador, el de 2002, y el de 2020, han mostrado su eficacia para llegar al poder, pero aún no demuestran que funcionan en el gobierno.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.