Los Óscar que ganaron Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki deberían verse (y aquilatarse) como un parteaguas cultural. Quizá, como se empeñan en destacar algunos, no son galardones para el país, pero sí representan el éxito de dos mexicanos compitiendo en grandes ligas, contra lo mejor de su especialidad.

Resulta significativo que los premios no hayan sido para una película que retrate la sordidez de la violencia, ni el folclor patrio, ni el humor nacional. El reconocimiento es para una historia de contenido universal, pero realizada a través del ingenio y la sensibilidad de un par de mexicanos que dieron la batalla sin miedo en la arena global.

Reflexionando sobre la mala imagen que se tiene de México en el extranjero, particularmente al norte de la frontera, Luis de la Calle ha mencionado que la mejor forma de modificar la percepción negativa no será con campañas publicitarias de alto costo, ni cabildeo del aparato gubernamental.

La estrategia más efectiva vendrá a través de las pantallas del cine y la televisión, cuando personajes mexicanos dejen de ser los narcos, flojos o corruptos en las películas o series estadounidenses. Cuando los mexicanos sean los médicos, los científicos, los héroes de las historias, o mejor aun, los que las realicen.

En ese sentido, el triunfo de Cuarón y de Lubezki significa un enorme salto en esa conquista cultural y por ello debe ser reconocido y difundido.

Pero el cambio de mentalidad también se requiere dentro de nuestras fronteras. No han faltado los aguafiestas, empeñados en sabotear cualquier logro de un compatriota, en la clásica expresión de nuestra pobre autoestima.

La reacción debería ser la contraria, para que el ejemplo de estos mexicanos inspire y aliente a los jóvenes nacionales. Difundir masivamente el trabajo y los logros de mexicanos en el exterior: artistas, científicos, deportistas, que se miden sin temor con lo mejor del mundo.

Para que los niños y jóvenes no vean a los delincuentes como modelos a seguir hay que proporcionarles otras historias de éxito. Suplantar perfiles negativos por modelos positivos. El discurso tiene resonancia muy limitada, pero el ejemplo tiene efectos multiplicadores.

Hay que revertir la carga cultural de pueblo conquistado, pasar de víctimas a dueños de nuestro destino. Dejar de mirar con recelo a quienes se atreven a salir, como si fuesen traidores a sus raíces, para presumirlos como lo que son: mexicanos del mundo.

[email protected]