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Los gringos

La definición de la mexicanidad como identidad nacional se construyó, entre otras cosas, en el anti-norteamericanismo que formó parte de una cultura de la negación del extranjero que invadió y nos robó la mitad del territorio nacional. Ese trauma histórico, como el de la colonia española, parecía haberse superado con el acercamiento provocado por la democratización de México y la instrumentación del TLC, lo que favoreció sin duda el diálogo y el movimiento entre ambos países.
Pero la adversidad se hizo presente. La elección de Trump y el resurgimiento de un discurso anti-mexicano se combinó con el ascenso del populismo mexicano en manos de López Obrador y la 4T. Los problemas de migración, narcotráfico e inseguridad e incluso los comerciales, que habían tenido soluciones parciales a través del diálogo entre las partes, se profundizaron. La llegada de Biden al poder sólo agudizó el conflicto al desaparecer además la afinidad existente hasta entonces entre AMLO y Trump.
La detención y posterior liberación del General Cienfuegos y el juicio a García Luna, fueron el preámbulo de una confrontación esperada. El aumento de la actividad criminal de los cárteles en la zona fronteriza entre México y los Estados Unidos llevó a los sucesos de Matamoros donde el asesinato de dos ciudadanos norteamericanos sirvió como detonador de una guerra mediática entre el gobierno mexicano, congresistas republicanos y una buena parte de la prensa de alto nivel que en la Unión Americana tiene influencia política real en el juego de poder.
La presencia en Palacio Nacional de la asesora de Seguridad Nacional de la Casa, Blanca Elizabeth Sherwood, y el nombramiento de Rosa Icela Rodríguez como ‘Zar’ anti-fentanilo se enmarcan en los esfuerzos de Washington por darle una salida diplomática a un diferendo que puede escalar a proporciones no deseadas para ninguno de los dos países.
El discurso de AMLO de denominar a los republicanos como “mequetrefes” y hacer un llamado para que los connacionales con derecho a voto en las elecciones en los Estado Unidos no sufraguen en favor de candidatos del partido del elefante, nos regresa a la etapa, ya no de la desconfianza mutua, sino a algo todavía peor: al pasado donde el “extraño enemigo” se vuelca de nuevo contra nuestra nación en un intento de subyugarla.
Es este nacionalismo ramplón y sumamente peligroso el que es capaz de servir como explosivo que dañe seriamente los puentes que a lo largo de décadas han tendido ambas naciones para superar su historia de abusos y reclamos. Nos estamos metiendo en el fango del proceso electoral gringo y en la posibilidad real de que las innegables coincidencias comerciales y económicas se vean saboteadas por la demagogia y la irresponsabilidad.

