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Las segundas partes nunca son buenas

Nunca las segundas partes han sido buenas, pero una segunda parte de Trump en la Casa Blanca no sería solo mala, sino catastrófica, y desgraciadamente esa posibilidad es verosímil. Los resultados de la encuesta publicada el lunes por el New York Times son abrumadores: Donald Trump cuenta con el 54 por ciento de apoyo de los electores republicanos para ser postulado por su partido, muy por delante del gobernador de Florida, Ron DeSantis, (17 por ciento de apoyo) y de candidatos prácticamente marginales como el exvicepresidente Mike Pence, el senador Tim Scott, la exembajadora ante la ONU Nikki Haley, el empresario Vivek Ramaswamy y el exgobernador de Nueva Jersey Chris Christie, quienes apenas alcanzan entre un dos y tres por ciento cada uno. Los varios frentes judiciales abiertos en su contra no han mermado la popularidad de Trump, por el contrario, tras las dos primeras imputaciones ha incrementado su ventaja frente a sus adversarios republicanos e incluso hay más de un sondeo donde el expresidente supera a Joe Biden en expectativa de voto.
¡Y cómo no va a tener ventaja abrumadora Trump sobre sus rivales, estos son casi todos unos pusilánimes! Hace unos días el expresidente compartió escenario con ellos en Iowa y no paró de insultarlos, en especial a DeSantis. Ninguno se atrevió a responderle al buleador con un mínimo de dignidad. Todos (salvo el exgobernador Christie) tienen pavor de ofender a la famosa “base republicana”, la cual adora a Trump a pesar (¿o a causa?) de su grotesca incoherencia, su notable de falta de escrúpulos, su personalidad cada vez más zafia y bufonesca y a pesar de sus graves líos con la justicia, los cuales se van multiplicando. La semana pasada el fiscal especial Jack Smith emitió una acusación con cargos adicionales contra el presidente en el caso de documentos de Mar-a-Lago por haber ordenado a un empleado borrar las imágenes de una cámara de vigilancia y así obstruir el trabajo de los investigadores. También es inminente la presentación de cargos sobre los esfuerzos trumpeanos para anular las elecciones de 2020 con la famosa insurrección del 6 de enero y pronto veremos la publicación por parte del fiscal de distrito en condado de Fulton, Georgia, de una acusación contra el intento de revertir el resultado de las urnas en ese estado.
Hace un par de semanas salieron a la luz y fueron comentadas extensivamente por medios como The Economist y el New York Times documentos elaborados por algunos expertos de círculos ultraconservadores aliados de Trump para un programa de gobierno con ideas como terminar el muro fronterizo, aumentar los aranceles por igual a aliados y competidores, hacer permanentes los recortes de impuestos a los ricos, eliminar la ciudadanía automática para cualquier persona nacida en Estados Unidos, volver a enfriar las relaciones con la OTAN y rechazar las políticas destinadas a mitigar el cambio climático. Y no solo eso, se pretende revolucionar la propia estructura del sector público “neutralizando el Estado profundo” con el despido de unos cincuenta mil funcionarios para sustituirlos por “fieles conservadores” cuya lealtad personal a Trump se encuentra fuera de toda duda. También se propone el control presidencial directo del Departamento de Justicia. Si los republicanos se hacen con las dos cámaras del Congreso además de ganar la Casa Blanca todos estos planes serán muy factibles y Estados Unidos seguiría a países como Hungría, Turquía y Polonia por la senda de las llamadas “democracias antiliberales”.