Soy la típica baby boomer, nací después de la Segunda Guerra Mundial y crecí oyendo a mis papás y al mundo hablar de la Tercera Guerra Mundial y de la amenazante bomba atómica. Debo decir que a pesar de ver la devastación que conocí en mi infancia en Hiroshima o Nagasaki y de preocuparme también con decenas de pelis sobre el horror nazi, la guerra en el Pacífico o los campos de concentración mi niñez fue casi apacible. Tenía muy claro, eso sí, que los humanos éramos desde entonces capaces de acabar con la vida humana en este planeta. 

Chiquita, pero ya capaz de entender bien, me tocó vivir el escándalo por los misiles en Cuba. Saber de la presencia soviética en esa isla caribeña y comprender a cabalidad que las cosas podían ponerse muy feas para la humanidad en cualquier momento. Sin embargo, el tiempo pasó y con todo y la amenaza nuclear, entre Vietnam, la caída del Muro de Berlín y Chernóbil, pues más o menos nos fuimos tranquilizando. Sí, los humanos, pensaba, estamos muy locos y somos violentos y autodestuctivos, pero algo de cordura todavía campeaba en este planeta. ¡Ay, caray! Pero llegó este siglo XXI y otra vez todo volvió a cambiar… para mal.

La pandemia del Covid-19 llegó y se dio en medio de otra enfermedad peligrosa que ya había cundido en muchos países del orbe: el amenazante populismo.

La guerra entre Rusia y Ucrania viene a complicarlo todo aún más. Y presiento que las cosas terminarán tan mal (con todo y la activa participación de Estados Unidos y la Unión Europea) como terminaron en Vietnam, Irak, Afganistán, Irán o Libia. Otra vez ahí vamos los sapiens a hacer lo que más nos gusta: jugar con fuego. Cuando comienza una guerra todos pierden la razón, el modo loco de actuación aparece en los gobernantes especialmente cuando ellos son lideres que se sienten carismáticos, autoritarios y tiránicos. La cosa no pinta nada bien.

No soy historiadora, pero lo que leído me atrevo a decir que la mayoría de las guerras generalmente comienzan por incidentes menores que van complicando las relaciones entre naciones. Y eso sí, estos conflictos pocas veces están acotados o autolimitados. Los conflictos nacen, crecen y frecuentemente se salen del control hasta de sus meros protagonistas. Me parece que en una de esas estamos.

La ambición, el hambre de poder y desde luego la ineptitud juegan un papel muy importante en todo esto. No se nos olvide que ganar una guerra implica la aniquilación del otro y los narcisistas autócratas que quieren esto se aprovechan de esa agresión latente (que a los humanos nos cuesta tanto trabajo controlar). Ucrania, Rusia, Estados Unidos, la Unión Europea y el resto mundo saldrán (si es que salen) de este conflicto más empobrecidos y lastimados que antes de ellas.

Por el bien de la humanidad espero que esta Tercera Guerra Mundial nunca se produzca, que esta no sea “la vencida” y que volvamos a ese delicado equilibrio que implicaría una segunda guerra fría. Ojalá.

Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.

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