El inesperado rechazo ciudadano a los acuerdos de paz firmados en Colombia entre el gobierno y las FARC hizo resurgir la polémica sobre los mecanismos de participación política directa como las consultas, referéndums y plebiscitos.

En un sugerente artículo para la revista Foreign Policy(1), el experto británico Matt Qvortrup revisa la histórica inclinación a recurrir a los referéndums en tiempos de inestabilidad política, cuando las élites se sienten inseguras y buscan el respaldo popular. Ejemplos hay desde la Revolución Francesa hasta el restablecimiento de las democracias en Grecia o España.

El problema, dice Qvortrup, es que en tiempos de incertidumbre, estos plebiscitos pueden efectivamente consolidar apoyos, o tener justo el efecto contrario. Véase si no, el tema del Brexit en Gran Bretaña y el mencionado caso de Colombia.

Desde el punto de vista ciudadano, las vías de la democracia directa resultan siempre atractivas. Se trata del empoderamiento de una sociedad que se considera capaz de decidir mejor que sus políticos. Desde la perspectiva de los políticos que los convocan, el riesgo es que no pueden garantizar los resultados.

De los casos revisados, Qvortrup deriva que los referéndums se convierten votos de confianza o desconfianza en la autoridad. Los políticos más experimentados suelen sobreestimar sus aptitudes para descifrar el sentir popular. Sin embargo, si se considera el desgaste natural del ejercicio del poder, resulta que los gobiernos que llevan más tiempo en funciones tienden a perder dichas consultas con más facilidad. En el caso colombiano, el hecho de que el presidente Santos se encuentre a la mitad de su segundo mandato pudo haberle generado una falsa certeza. Un grave exceso de autoconfianza llevo a David Cameron, por su parte, a suponer un respaldo que claramente no tenía.

Un segundo factor de peso es la existencia de un opositor político con suficiente credibilidad. Nuevamente en el caso de Colombia, la postura extrema pero suficientemente popular del ex presidente Alvaro Uribe rebasó todas las previsiones.

Y cabría agregar un tercer factor (no mencionado por el autor) relativo a las fallas estructurales en las encuestas y su papel en la generación de expectativas.

En todo caso, el tema de los mecanismos de democracia directa merece una seria reflexión, antes de trasladar a los ciudadanos la responsabilidad de las definiciones políticas, con resultados impredecibles y en ocasiones potencialmente devastadores.

(1) The dangers of Giving the Common Man a Say , www.foreignpolicy.com

@veronicaortizo