Uno de los casos más emblemáticos y multicitados de la “cultura de la cancelación”, que abordamos en el espacio anterior, fue la del editor de la sección de Opinión del New York Times, James Bennet, quien fue expulsado del periódico por publicar una columna del senador republicano Tom Cotton, llamada “Manden las tropas”, en el contexto de las histéricas amenazas de Donald Trump de lanzar al ejército a reprimir manifestantes.

El suceso ha sido comentado en todos los medios serios del mundo como uno de los más célebres linchamientos de la “cancel culture”, aunque en este caso el yerro de Bennet, hay que decirlo, fue ciertamente grave, ya que la columna no solo era reaccionaria e incendiaria, sino que contenía una colección de afirmaciones dudosas. Se reactivó el debate de si un diario como el NYT debe publicar solo opiniones progresistas: falsa discusión en este caso, porque nadie está obligado a subir a su plataforma, en aras de una diversidad malentendida, editoriales que inciten a la represión.

En la carta que publicaron más de 150 intelectuales en la revista Harper’s, que comentamos la vez pasada, los escritores, catedráticos, autores y lingüistas rechazan la falsa necesidad de tener que elegir entre justicia y libertad. Es un sofisma sostener que se debe elegir una o la otra. “Como escritores necesitamos preservar la posibilidad de un desacuerdo de buena fe sin terribles consecuencias profesionales”, dice en la carta. Por supuesto, algunos los “acusaron” de ser ricos. Otros los acusaron de ser blancos. Es el nivel de la discusión actual. Algunos más los acusaron de ser transfóbicos, por el hecho de que una de las firmantes en una ocasión tuiteó algo que para ellos representaba discriminación para las personas transgénero.

No importunar, no argumentar

Los casos de gente “cancelada”, de quien se quiere arruinar su reputación, se siguen multiplicando en todo el mundo. En México recordamos el periodo en que surgió el #Metoo, movimiento con el que nuestra sociedad logró dar un paso en cuanto a cambio de mentalidad, pero en el que también hubo excesos y denuncias amparadas por el anonimato. El “tribunal” de las redes declaraba la culpabilidad sin pasar por el aporte de pruebas. Está el caso de Armando Vega, el bajista del grupo Botellita de Jerez, quien por Twitter recibió las acusaciones y por Twitter mismo se despidió. De su acusadora, dijo que “la habría invitado a hablar del asunto, ella con pruebas y testigos, para que estuviera segura de que no habría represalias” de su parte” pero eso era imposible pues su identidad no estaba revelada. “Es correcto que las mujeres alcen la voz para hacer que nuestro mundo podrido cambie… los feminicidios, los secuestros, la pornografía son un mal que avanza y nada parece detenerlo, y aún así debe detenerse a como dé lugar. Es un hecho que perderé mis trabajos, pues todos ellos se construyen sobre mi credibilidad pública. Mi vida está detenida, no hay salida. Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí; cualquier cosa que diga será usada en mi contra”, escribió antes de quitarse la vida.

Vale la pena recordar también el pronunciamiento que por esas fechas hicieron las intelectuales francesas, encabezadas por Catherine Deneuve, quienes esclarecían que “la violación es un crimen, pero el coqueteo insistente o incluso torpe no lo es, ni la galantería es una agresión machista”. Argumentaban que el movimiento #Metoo, con todo su innegable aporte (¿quién más que un sexista y machista no reconoce su relevancia?) “ha provocado una campaña de denuncias públicas de personas que, sin tener la oportunidad de responder o defenderse, fueron puestas exactamente en el mismo nivel que los delincuentes sexuales: hombres sancionados en el ejercicio de su profesión, obligados a renunciar, que quizá solo se equivocaron al tocar una rodilla, tratar de robar un beso, hablar sobre cosas ‘íntimas’ en una cena de negocios, o enviar mensajes sexualmente explícitos a una mujer que no se sintió atraída por ellos”.

Reivindicaban de los hombres el “derecho de importunar”. “Como mujeres, no nos reconocemos en ese feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, toma el rostro del odio hacia los hombres y la sexualidad. Creemos que la libertad de decir ‘no’ a una propuesta sexual no existe sin la libertad de importunar”.

La cineasta Cassie Jaye, una feminista que dejó de serlo por sentirse prácticamente obligada a odiar al Movimiento por los Derechos de los Hombres (Men’s Right Movement: MRM), un colectivo con reivindicaciones reales en temas como alienación parental, custodia de los hijos, el índice de suicidios, el derecho a una educación igualitaria y la violencia contra los hombres. Su honestidad es sobrecogedora, pues al realizar un documental sobre el tema, se dio cuenta de que en el MRM hay demandas razonables, de gente común y corriente. Cayó en la cuenta de que, como sucede con todos los prejuicios, no escuchaba a sus contrapartes en las entrevistas que hacía, pues sus dogmas se habían establecido de antemano en su pensamiento.

En una charla TED que se ha hecho célebre, Jaye pone ejemplos como el siguiente: “si me decían que había 2000 refugios para mujeres violentadas contra uno solo para hombres violentados, siendo que muchos estudios serios han concluido que los hombres tienen la misma probabilidad de sufrir abusos, yo los escuchaba decir ‘no necesitamos 2000 refugios para mujeres que generalmente mienten’; pero no era eso lo que estaban diciendo”. Es el mecanismo mental de la demonización del “enemigo”.

Estrenó su documental “The Red Pill” y se enfrentó a la furia de muchas feministas que ni siquiera habían visto la película ni habían escuchado sus argumentos, principalmente éste: en las 180 horas de entrevistas que tenía en sus grabaciones, ninguno de los hombres dijo estar en contra de la equidad de género. Pero ya nadie escuchaba. Tuvo entonces una revelación: “en el momento en que empiezas a humanizar a tu ‘enemigo’, tu comunidad te empieza a deshumanizar a ti”.

En una charla que ofreció para jóvenes en octubre de 2019, Barak Obama, hablando de esta cultura “de la pureza”, como la llamó, habló justamente de la deshumanización del otro: “entre los jóvenes veo esta idea de que para lograr cambios hay que ser lo más crítico posible con otras personas. Si tuiteo o hago un hashtag sobre cómo otros hacen mal las cosas, o usan algún verbo incorrecto, puedo sentarme a ver la televisión y sentirme bien conmigo mismo porque, hombre, ¿ves lo despierto que estoy? ¡Te cancelé! Eso no es activismo, eso no provoca cambios. Si lo único que haces es lanzar piedras, no vas a llegar muy lejos”.

Quienes firmaron la carta de Harper’s no son los únicos que han alzado la voz a favor de la libertad de expresión. Otro interesante movimiento es el de “Persuasion”, impulsado por el escritor Yascha Mounk, al que también se han unido importantes intelectuales. Se pronuncian por “la práctica social de la persuasión”, en lugar de cancelar a la gente. Para ello, “se que requiere libertad de expresión y una determinación para debatir” (persuadir), “en oposición a burlarse o ‘trolear’ a quienes no están de acuerdo con nosotros”, dice Mounk.

El problema con la cultura de la cancelación es que no hay espacio para argumentos ni contraargumentos, además de que se pretende “eliminar” o censurar a la gente, no a sus ideas. No está tan lejos de las redes de espionaje y delación entre vecinos y familiares en la RDA de la Stasi. ¿Se darán cuenta los nuevos censores de que sambenitar a la gente, y promover despidos y expulsiones en lugar de debatir, es algo cruel y humillante, contrario a los derechos humanos?

Twitter: @dineromx

jvalinasbouchot@gmail.com

José Manuel Valiñas

Analista de temas internacionales

Planetario

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

Lee más de este autor