Muy hermoso pensar que cuando Dante Alighieri murió hace 700 años, el 14 de septiembre de 1321, acababa de escribir las palabras finales de la Divina Comedia. Más preciso hablar de la primera frase de tal obra monumental, por si sirve de invitación o como espejo: “A mitad del camino de la vida, me hallé perdido en una selva oscura porque me extravié del buen camino”. Todavía mejor seguir con el relato de la vida y obra del poeta –para que ya nadie confiese nunca haberlo leído– e invitar a más pasajeros de este viaje.

Nacido en Florencia, Italia, en 1265; Dante tuvo como verdadero nombre Durante di Alighiero degli Alighieri y fue hijo del primer matrimonio del comerciante y prestamista Bellincione d'Alighiero con Gabriella Abat. Sus años de infancia y juventud coincidieron con los más pacíficos que conoció Florencia hasta la ascensión al papado de Bonifacio VIII en 1295. La posición desahogada de su familia le permitió una buena educación, espacio para la lectura y tiempo para componer una ideología política y lingüística. (Es verdad, lector querido, que Dante es responsable de la incorporación de la lengua materna ante las estrecheces del latín y cambió, para el mundo, la manera de hablar y escribir). Más pronto que tarde se involucró activamente en la vida política que enfrentó a los güelfos contra los gibelinos. Fue miembro del Consejo del Capitán del Pueblo, después parte del Consejo de los Ciento –el parlamento de los ciudadanos– hasta que fue aprehendido, condenado a un exilio de dos años y obligado a no intervenir de por vida en los asuntos públicos florentinos.

Sin embargo, ya tocado irremediablemente por la poesía, atrapado por las palabras, iluminado por el amor y vencido por el hambre de conocimiento, Dante aprendería tanto los secretos de la retórica latina como los placeres de la escritura en lengua romance y escribiría obras de poética temprana como “Il fiore”; maravillas como la “Vita Nuova” -donde combinando verso y prosa, relata la historia de Beatriz, el amor de su vida-; después vino “Monarquía”, una suerte de rudo ensayo político; “El convite” y “De vulgari eloquentia” sobre la llamada “lengua vulgar” y sus enredos retóricos. Todas ellas, por supuesto, sin llegar a las alturas de la “Divina Comedia”.

Dividida en tres partes (Infierno, escrita hacia 1312; Purgatorio, hacia 1315 y Paraíso, entre 1316 y 1321), la Comedia está compuesta por 14,233 versos endecasílabos, en donde cada una contiene 33 cantos, que sumados a un primer canto inicial forman un total de 100. Escrito en primera persona, narra el viaje del poeta a los reinos de ultratumba, acompañado de Virgilio, el poeta latino favorito de Dante. Ambos descienden al Infierno y recorren sus nueve círculos; luego suben hasta la montaña del Purgatorio y, finalmente, llegan a la entrada del Paraíso. Allí, Virgilio dará paso a la bienaventurada Beatriz y a la contemplación de la verdadera luz de la divinidad.

A la vez poesía, narrativa, análisis, enseñanza moral y chismorreo, la Divina Comedia se ocupa, mejor que cualquier otra obra, del viaje de ascensión, caída y vuelo y convierte en certeza todo simbolismo. Efectivamente la sombra de los condenados oscurece cada vez más los círculos del infierno ( y mucho más negra es la traición que el  fraude, la violencia, la herejía, la ira, la avaricia, la gula, la  lujuria y la pereza); una grieta comunica al Purgatorio con la fatalidad y quien pretenda seguir ascendiendo durante la misma noche no avanzará, incluso retrocederá o perderá el camino. Y sí, en el paraíso –prometido, anhelado–  la dicha se eterniza. Todo se transfigura y los fulgores de la alegría son el destino final.

Siete siglos han pasado desde la muerte de Dante. El llamado “Poeta Supremo”, padre del idioma italiano y primer usuario de las lenguas romances, será el mejor invitado de la memoria.  Valdría la pena recordar los muchos otros peregrinajes de los que hemos tenido noticia y también admitir que ninguno nos invitó a un viaje como este por escrito.

Tal vez leer, ya no una página completa de su obra, sino invitarlo a pronunciar un discurso con un par de sus frases:

“Allá abajo, en el mundo eternamente amargo, y en el monte desde cuya hermosa cumbre me elevaron los ojos de mi Dama, y después en el cielo, de luz en luz, he oído cosas, que si las repitiera, serían para muchos de un sabor desagradable; y si soy cobarde amigo de la verdad, temo perder la fama entre los que llamarán a este tiempo el tiempo antiguo…”

“¡Oh insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las razones que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la tierra con vuestras alas!

Quizá después, al final de la fiesta, antes de que acabe el día, aceptar la invitación para viajar al paraíso.