La democracia en Nicaragua ha pasado a ser una corriente filosófica de difícil comprensión y una palabra tan ambigua que su significado es polisémico. Es todo y es nada. Es celebración, pero también es desprecio; es civismo, pero también es golpe de Estado.

Para quien vive en Nicaragua y haya acudido a una casilla electoral el día de ayer para elegir a los integrantes de los poderes Ejecutivo y Legislativo, representó un suceso similar al de ingresar a un estadio de futbol para ver un partido con un solo equipo. Al no haber contrincante, el equipo de Daniel Ortega tuvo la necesidad de invitar a unos amigos para formar un equipo, y así, el espectáculo que hubiera existido con una clara y dura competencia, el partido se convirtió en una cascarita entre amigos.

Lamentablemente, lo ocurrido ayer en Nicaragua no tiene nada que ver a un partido de futbol.

Una democracia no inicia ni termina con unas elecciones, pero tal parece que existe una obsesión histriónica de Daniel Ortega por representar un acto compuesto por casillas, urnas, boletas y crayones bautizado como “elecciones democráticas”.

Daniel Ortega no se está perpetuando en el poder por decisiones que solo él y su esposa Rosario Murillo han tomado. Existen cómplices que han fallecido o quizá hoy esconden la cara por cierto pudor. Uno de ellos es Arnoldo Alemán. Presidente de Nicaragua entre 1997 y 2002, Alemán fue antagonista de Ortega, pero logró pactar con él a cambio de que pararan las presiones y manifestaciones que el Frente Sandinista organizó en contra suya.

El Frente se encontraba en su peor etapa: acumulaba su segunda y contundente derrota electoral y sus cuadros históricos comenzaban a desintegrarse.

Alemán aceptó modificar la Constitución y fijó en 35% de los votos como suficientes para declarar como ganador al candidato presidencial que lo obtuviera. La crisis del sandinismo tocó piso el día en que Ortega perdió las elecciones contra Enrique Bolaños en 2002. Obtuvo el 53.3% de los votos frente el 42.3%. Sin embargo, Ortega regresó en 2007 obteniendo 38% de los votos.

El cardenal y arzobispo emérito de Managua, Miguel Obando y Bravo, también fue antagonista de Daniel Ortega durante varios años, en particular, durante su primer gobierno, 1985-1990.

En 1996 durante una homilía previa a las elecciones, Obando y Bravo habló de un pasaje bíblico sobre una víbora. A modo de parábola, el cardenal explicó por quién no debían de votar, en clara referencia a Daniel Ortega. El FS perdió y las críticas de Ortega al prelado y a la iglesia católica fueron públicas.

Las ansias por regresar al poder llevaron a Ortega a pactar con Obando y Bravo, y también fueron públicas las ocasiones en que el presidente Ortega recibió la hostia en manos del cardenal.

Aminta Granera Sacasa fue directora de la Policía Nacional desde el 5 de septiembre de 2006, nombrada por el presidente Roberto Bolaños y ratificada por Ortega, hasta el 28 de abril de 2018, momento que abandonó su puesto luego de la dura represión policiaca ordenada por el presidente para mitigar las manifestaciones en su contra. Granera Sacasa, exrevolucionaria, es cómplice de los múltiples actos violentos ordenados por Daniel Ortega.

Los generales Omar Halleslevens y Julio César Avilés también le abrieron paso a Ortega en su objetivo de perpetuarse en el poder.

En el circuito internacional Fidel Castro y Hugo Chávez le arrimaron sus hombros en diversas ocasiones.

En elecciones como la de ayer, lo que menos importa son los resultados. Los principales opositores fueron llevados a la cárcel. Así es la democracia según Daniel Ortega y su esposa, la copresidenta Rosario Murillo.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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