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El hambriento y el famélico
La interdependencia económica que las economías estadounidenses y mexicana han generado a lo largo del tiempo es un hecho irrenunciable. Por ello, la preocupación por la buena o mala marcha de lo que ocurra al norte de nuestra frontera, es una cuestión que debe considerarse para la toma de decisiones hacia un futuro inevitablemente vinculado. Es así que no debemos tomar a la ligera el hecho que la economía estadounidense presentó su segunda medición trimestral consecutiva, con caídas que rondaron en contracciones de 1.9 % para el caso del primero y de 0.9% en el segundo. Hasta ahí, bien podríamos considerar que se ha seguido la ruta de un proceso normal por el fortalecimiento de la demanda y su consecuente incremento de importaciones. La aceleración que produjo la apertura económica mostró sus efectos hacia el incremento del consumo interno y redujo la cantidad de exportaciones. Ese desbalance causado en los primeros meses del año ahora tiende a reforzarse con una disminución de la inversión fija y, contrariamente a lo ocurrido en el primer trimestre, el ritmo de consumo se ralentizó notoriamente.
Lo cierto es que estamos en una suerte de dinámica oscilatoria que, no permite hacer previsiones con grados de certeza. Ejemplo es lo observado con el Fondo Monetario Internacional que, ya en repetidas ocasiones ha tenido que variar su previsión para los porcentajes de crecimiento adelantados. En este gran escenario de incertidumbre, la apuesta por el crecimiento tanto en los Estados Unidos como en México es casi seguro que serán inexactos. Lo que sin duda se da con exactitud es que, el pobre avance, o incluso la temida recesión norteamericana, ayudará muy poco a un fortalecimiento de la economía mexicana. Además de esa interdependencia entre países, es previsible que en la próxima semana el Banco de México aumente a niveles históricos su tasa objetivo en aras de un control inflacionario que ya parece desbordado. Pero, por otra parte, ese estar pendiendo de endebles alfileres, se agrava con un escenario que, a pesar de lo mínimo a lo que nuestro gobierno lo pretende llevar, bien puede ser un factor de empuje para que nuestra economía se quede muy lejano de ese pronostico para que México crezca en un 2.4 por ciento.
Hoy como nunca, el arrastre negativo que puede tener una parálisis económica o recesión norteamericana se agravaría de forma exponencial si la resolución del conflicto comercial por la política energética entre los países no llegara a términos de cordialidad. El asunto es que, los sistemas que amortiguan los efectos de una economía recesiva no son los mismos en ambos países. Mientras en Estados Unidos aún existe un margen más amplio para mitigar los efectos perniciosos entre su población, en nuestro país ese margen parece ya inexistente. Mientras en el norte sienten hambre, en nuestra tierra francamente podríamos llegar a desfallecer si no estamos preparados para el tiempo de secas.
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