La profecía: un artículo científico de cinco investigadores publicado en Clinical Microbiology Reviews ¡en octubre de 2007! anticipaba desde hace 13 años la pandemia por la enfermedad Covid-19: “La presencia de una gran reserva de virus similares al SARS-CoV en murciélagos, junto con la cultura de comer mamíferos exóticos en el sur de China, es una bomba de tiempo. La posibilidad de la reaparición del SARS y otros virus nuevos de animales o laboratorios y, por lo tanto, la necesidad de preparación, no deben ignorarse.”

El estreno de la docuserie Pandemia de Netflix también nos advirtió unas pocas semanas antes la propagación del germen, haciendo un llamado a prevenir el brote, detener el contagio y desarrollar una vacuna para todos.

La promesa. Desde que se aprobó la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones en 2013 se nos dijo que el acceso a las TIC, la banda ancha e Internet son un derecho fundamental. También se dijo que el Ejecutivo Federal tiene a su cargo una política de inclusión digital universal con objetivos y metas en materia de infraestructura, accesibilidad y conectividad, TIC y habilidades digitales, programas de gobierno digital, fomento a la inversión pública y privada en aplicaciones de telesalud, telemedicina y Expediente Clínico Electrónico y desarrollo de aplicaciones, sistemas y contenidos digitales.

La enseñanza. La pandemia y sus consecuencias nos han enseñado a no dejar para mañana lo que debemos hacer hoy. Hoy son claras las deficiencias y la falta de insumos en el sistema de salud; y también es evidente la ausencia de políticas públicas en materia de telecomunicaciones, la importancia de las comunicaciones de emergencia y las omisiones de la Estrategia Digital Nacional, que tiene muy claras las acciones que debió, y todavía debe, emprender.

La alarma. Hoy todos están preocupados por la capacidad de Internet para soportar la presión a la cual está expuesta la red para dar respuesta al confinamiento de la población. La robustez de la red sólo se logra con inversión en infraestructura. El ancho de banda y la velocidad no son resultado de inspiración regulatoria sino de planes de inversión a largo plazo. Hoy todos queremos una Internet veloz y robusta. Nos preocupa porque no es igual la conectividad en los hogares que en los negocios. En las empresas se tiene capacidad para atender a muchos empleados que hacen un uso intensivo de la red. Los hogares no están equipados ni habituados para utilizar plataformas para el teletrabajo o la educación a distancia. Cuando vemos la mala calidad de la transmisión no podemos sino lamentarnos por lo que hemos dejado de hacer.

La prudencia. Tanto el regulador como los operadores de telecomunicaciones nos hacen un llamado a hacer un uso responsable de Internet, a no saturar la red con servicios que consumen un elevado ancho de banda como videojuegos, streaming de video o la descarga de contenidos. Empresas socialmente aceptadas como Facebook y Netflix han tenido que reducir la calidad del video en sus plataformas para no interferir con servicios esenciales de comunicación, telesalud o educación a distancia. Como si hiciera falta la aclaración, tanto el regulador como los operadores nos aseguran que el servicio de Internet no será interrumpido.

No era el diablo. En materia de neutralidad de la red, hoy nadie se queja de que los proveedores de banda ancha prioricen el tráfico para servicios de emergencia, salud o educativos. A nadie le molesta que los operadores se pongan de acuerdo y nos ofrezcan zero rating, sin cargo a nuestros datos, para el acceso a sitios oficiales que contienen información sobre el Coronavirus. Al gestionar sus contenidos de video, las empresas de Internet reconocen que sí demandan un considerable ancho de banda en la red, y exhiben lo importante que es la inversión para recibir servicios de calidad, de la cual se benefician.

El reconocimiento. Hoy se reconoce que los servicios de telecomunicaciones son esenciales, como el agua, la educación y la salud. La capacidad de supercómputo ha permitido conocer en cuestión de horas el ADN del Coronavirus, lo cual permitirá desarrollar, también en tiempo récord, una vacuna. Es innegable que las tecnologías digitales y la economía de datos han contribuido a identificar casos y detener una mayor propagación del virus. Redes 4 y 5G, Inteligencia Artificial, algoritmos, cámaras térmicas, GPS, nube, Internet de las cosas, drones, robots y muchas otras tecnologías y aplicaciones están siendo utilizadas de forma creativa para enfrentar al patógeno.

Las herramientas. Imaginemos un mundo sin las TIC, las telecomunicaciones y la conectividad. Si ya sabemos que el Coronavirus impactará en la economía, imaginemos esa misma economía sin la capacidad de trabajar o hacer transacciones desde casa. Hoy más que nunca las TIC son herramientas fundamentales sin las cuales el colapso realmente sería profundo. Podemos trabajar a distancia y ser más productivos, hacer el pago de los servicios públicos en línea, conservar las cadenas de suministro y sostener el comercio mediante compras con un clic.

Los desconectados. A pesar de todos los beneficios de las TIC e Internet en tiempos de COVID-19, muchos mexicanos no podrán disfrutarlos. En las metrópolis padecemos la pandemia pero en las zonas suburbanas y rurales la exclusión y la discriminación social y digital son permanentes. Yo me puedo conectar a la red porque tengo habilidades digitales, dar clases en línea, indagar los síntomas del virus vía SMS, informarme en redes sociales y distraerme viendo series sobre demanda. Los desconectados no pueden hacerlo porque sus economías son de subsistencia pero tienen el mismo derecho que yo.

Los necios. ¿Trump quería evitar el liderazgo de China y por eso desató una irracional guerra comercial y tecnológica contra la nación asiática? Hoy Estados Unidos y el mundo requieren recuperar el equilibrio, que la pandemia se supere y China se recupere pronto. Desde el papel higiénico hasta los microprocesadores, todos requerimos la capacidad china de proveer suministros, insumos, materias primas y desarrollar tecnología.

El enfoque. Las telecomunicaciones han tenido un enfoque de negocio y eso las ha sostenido. Ahora el énfasis debe ser social. Las redes de banda ancha, la conectividad y los datos salvan vidas y nos permiten ejercer derechos como el acceso a la salud y la educación. Ya no hay dudas. Desde su casa, los funcionarios responsables de conectar y digitalizar México ya deben estar imaginando las políticas públicas digitales que hacen falta para cuando se levanten las restricciones. No es un misterio: ya sabemos qué hay que hacer el día después de mañana.

Jorge Bravo

Analista de medios y telecomunicaciones y académico de la UNAM

En comunicación

Estudio los medios de comunicación, nuevas tecnologías, telecomunicaciones, comunicación política y periodismo. Autor del libro El presidencialismo mediático. Medios y poder durante el gobierno de Vicente