La inminente elección presidencial en Francia empieza a encender alarmas, dados los visos de excepcionalidad que está tomando.

Para empezar, es la primera vez desde 1958 que un mandatario saliente declina presentarse a reelección, forzado por el descontento popular.

En la búsqueda de otro candidato socialista, del propio gabinete surgieron posibles sucesores. Pero tan debilitado está François Hollande que el heredero aparente, su ex primer ministro, Manuel Valls, perdió estrepitosamente frente al ex secretario de Educación, Benoît Hamon, quien rompió con el presidente corriéndose a la izquierda radical.

El caso del candidato de derecha, el también ex primer ministro François Fillon, no es menos dramático. Luego de vencer en las primarias al antiguo presidente Nicolas Sarkozy, literalmente implosionó al hacerse público que contrató y pagó a su esposa e hijos, en calidad de ficticios asesores parlamentarios.

Lo inédito es que la división de los socialistas y la caída del candidato conservador podrían sacar de la jugada a los dos partidos que han alternado la presidencia durante seis décadas.

En los últimos sondeos la ultraderechista Marine Le Pen lidera las preferencias para la primera vuelta electoral (23 de abril), seguida del candidato liberal Emmanuel Macron, antiguo ministro de Finanzas de Hollande, postulado por el movimiento En Marcha, fundado por él mismo hace unos meses.

La posibilidad de triunfo de Le Pen y su Frente Nacional está activando las alertas. De sobra conocidas son sus posturas populistas y xenófobas, su rechazo al multiculturalismo dentro de un país , su campaña por el proteccionismo económico y el abandono del euro.

Pero después del Brexit y de Trump, su promesa de someter a referéndum la salida de Francia de la UE, su descalificación de la arcaica OTAN, de la globalización que amenaza los empleos franceses, o de los islamistas que incitan al terror , adquieren otra dimensión.

En palabras de la propia Le Pen, la elección ya no será entre izquierda y derecha, sino entre globalistas y patriotas .

Vargas Llosa describió como la decadencia de Occidente , si después de lo sucedido en el Reino Unido y Norteamérica, Francia se uniera a los países que fueron pioneros de la revolución industrial, los avances científicos, los derechos humanos, la libertad de prensa, las sociedades abiertas y las elecciones libres y que ahora pierden la fe en sí mismos, renuncian a la racionalidad y empiezan a creer en brujerías, como la más cruel y estúpida de todas, el nacionalismo (*).

¿Está el mundo listo para enfrentar el Frexit?

@veronicaortizo

(*) La decadencia de Occidente , El País, 19/nov/2016.