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De leyes santos y héroes

Foto: Cortesía
A estas alturas, ya sabemos si este es el año que esperábamos. Basta con recordar lo que desayunamos hoy en la mañana. Ver la humareda que se desprende del cenicero. Sentir la felicidad de nuestros músculos. Los que nunca se levantan de la silla más que para ir por un cafecito. Basta, pues, de astrología, dietas, manuales de autoayuda, listas de buenos propósitos y carteles con ángeles y chamanes. ¿En la búsqueda de un nuevo sustento espiritual o académico? No se pregunte más. Ninguno como la Ley de Murphy.
Esta especie de normatividad para la vida, que recordamos hasta en la cola del supermercado (uno siempre está formado en la fila que avanza más lento) tiene un origen insólito. La historia, resumida, (porque mientras más corta es una explicación, más interesa su desarrollo) reza así:
El anatema “si alguna cosa puede salir mal, lo hará”, la premisa básica de la ley que nos ocupa, nació en 1949 en las instalaciones de la Fuerza Aérea de Edwards, de E.U. Su nombre fue tomado del apellido del muy inteligente, pero señalado, capitán Edward Murphy, un ingeniero que trabajaba en el Proyecto MX981, designado para investigar y averiguar qué tanta desaceleración súbita podía soportar un ser humano en caso de colisión aérea. Un día, después de hallar que uno de los simuladores estaba mal cableado y ensamblado, escuchó que el técnico responsable decía furioso: “Si hay alguna manera de hacerlo todo mal, él dará con ella”. Murphy le contestó: “¿No te das cuenta de que si algo puede salir mal, va a salir peor?” Después de tan peculiar rencilla el Dr. John Paul Stapp, ingeniero en jefe de la Fuerza le puso el nombre que ahora tiene y la agregó a una lista personal que incluía tanto leyes científicas como humanas. De la ley de desaceleración, nada, pero hoy existen otras, derivadas de la de Murphy para cualquier actividad, profesión, consuelo, evidencia y circunstancia. Algunas, no hay duda, le quedarán como guante, querido lector. La Ley de la dinámica del dinero, que dice que un ingreso económico que llegue por sorpresa siempre vendrá acompañado por un gasto inesperado del mismo importe; la Norma de Caín: “Para toda actividad empresarial siempre hay una normativa gubernamental equivalente y opuesta”; el Principio de Midas: “Cuando lo mejor es posible, lo bueno no es suficiente” ; la Ley del precepto político: “Toda recesión económica será culpa del gobierno anterior”; Ley del programador: “Si funciona bien no lo toque, porque luego no funcionará y no sabrá explicar por qué”; la Regla de Jerry: “Que todo sea diferente no significa que algo haya cambiado” y, para cerrar el maravilloso Precepto de Duchamm: “La oportunidad llamará a su puerta en el momento menos oportuno”.
Nadie se salva, ni siquiera nuestras progenitoras. Más ejemplos: Si no recuerdas si llamaste a tu mamá o no, lo más probable es que no lo hayas hecho. Lo infantil que te sientes junto a tu madre es proporcionalmente inverso a la edad que tienes. Si ya se te olvidó aquel error no te preocupes: tu madre estará ahí para recordártelo siempre; no sea que lo repitas. Y, rematando: las mamás siempre saben lo que hay que hacer, en caso de duda pregúntele a la suya.
Pero no se sienta desalentado: se puede aplazar o suspender la ley de Murphy, siempre que tal aplazamiento o suspensión provoque una catástrofe mayor.
Sin embargo ante la real conseja del muy sabio refrán que dice: “La buena suerte se pasa y el saber se queda en casa”, culpemos a la a la fatalidad de nuestra desventura, seamos convenientemente ortodoxos (ya se sabe que trae mala suerte ser supersticioso) y acojámonos a la protección de los cielos.
Si cada profesión, petición, gremio y actividad tienen su santo patrono, prendamos una vela cuando convenga. Para el trabajo, San José; para encontrar novio, San Antonio; si uno es músico le reza a Santa Cecilia; si es actor a San Juan Bosco, si es escritor a San Francisco de Sales; los panaderos a San Honorato; los políticos a Santo Tomás Moro; los oculistas, a Santa Lucía y los abogados a San Raimundo. Sepa que la protección celeste ha avanzado con los tiempos y ofrece santos para actividades insólitas: los Boy Scouts, tienen a San Jorge; los aseguradores (y los funcionarios de Hacienda) a la Virgen del Perpetuo Socorro; los banqueros a San Carlos Borromeo; los contralores (y demás censores) a Santa Anastasia y los payasos a San Ginés. Y harta los cibernautas tienen a los suyos (no uno, sino varios): San Pedro Regalado porque tiene la facultad de la bilocación, es decir, el estar en dos sitios a la vez (como cuando uno utiliza Windows). San Gabriel, considerado en la terna por ser mensajero y portador de noticias, sucesos y conversaciones (como los e-mails, chats, foros y redes sociales; Santa Tecla, por obvias y muy gráficas razones; Santa Rita por ser la patrona de las causas imposibles (como no recibir páginas porno y basura cibernética) y San Andrés, porque navegaba como nadie, jamás se enredó en su red y nunca perdió el rumbo. Usted ¿por cuál vota?
Pero podríamos también inspirarnos verdaderos héroes y recordar otras leyes antes de que se acabe enero. Esos que se han forjado con admiración y respeto: saben cosas que nosotros no sabemos, hacen lo que dicen, compensan nuestros vacíos, dicen lo que no dijimos, no tienen nuestro miedo y fueron capaces de perder la vida defendiendo causas más importantes. Algunos, como Juárez, tan perfectamente heroicos que no realizaron acción alguna que pudiera empañar su mérito. Héroes que existen en nuestra Historia y han inscrito sus acciones en la imaginación colectiva con fulgores cercanos a la leyenda y promulgaron leyes como la que podemos celebrar hoy… Cuando un 29 de enero de 1862, el Benemérito harto de tanta guerra y pastelazo, de las invasiones de franceses, norteamericanos e ingleses y de los mexicanos que creían tener la última palabra en política y los foráneos con derecho de venir a imponerla, expidió la Ley Contra los Traidores a la Patria y los Invasores Extranjeros; y aplicó al emperador Maximiliano con todo rigor. Lo anterior, sólo para confirmar que hay héroes que forjaron su destino a base de carácter: no les tembló la mano así sostuvieran una espada o una pluma, dictaron leyes que acataban y, seguramente, siempre cumplían sus propósitos de año nuevo.