Lectura 4:00 min
2 y 3 de octubre, emblemas de una misma verdad

Linda Atach Zaga | Columna Invitada
La verdad es lo que fue, no lo que nos gustaría que hubiera sido”. Luis González de Alba, escritor, intelectual, periodista mexicano y figura central del movimiento estudiantil de 1968.
Cuando llega el 2 de octubre no puedo dejar de pensar en la insatisfacción y el odio acumulados que provocaron la muerte de un grupo de estudiantes inocentes que, como muchos otros en el mundo, se creían merecedores de un cambio.
De la misma manera en que reflexiono en la raíz de mal y la causa de la masacre el día de su aniversario, la mañana siguiente profundizo en la indiferencia posterior al suceso y que hasta hoy mancha nuestra historia: la inercia que neutralizó a una sociedad insensible al dolor de otros, pero también a tragedias y realidades que como humanos, no podemos aceptar.
Según la Real Academia de la Lengua Española, la indiferencia es un estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, grupo, u objeto determinado. Entendida también como desinterés, apatía, desapego, indolencia, tibieza, impasibilidad, neutralidad, desprecio y desamor, la indiferencia es contraria al afecto, al entusiasmo y la pasión.
¿Tan confundido estaba el México de 1968, para no organizar alguna marcha capaz de manifestar enojo o indignación?
En tiempos de la matanza, mi madre era una adulta joven, con los intereses propios de una recién casada. Cuando hace años le pregunté sobre la masacre de Tlatelolco y cuáles habían sido sus impresiones, respondió, no sin cierta vergüenza, que se había enterado días después por una amiga que vivía cerca de la zona.
—¿Y qué te contaba? —insistí, lista para escuchar su visión.
Primero me dijo que la Plaza de las Tres Culturas estaba llena de sangre y que habían baleado a miles… o cientos, me confió, dudosa. Después no supe más.
—¿Nunca quisiste averiguar lo que había pasado?
—Claro —me respondió—. El problema es que esa carnicería no salió en las noticias. Por eso suponíamos que los pocos que se quejaban estaban exagerando. Incluso había quienes estaban seguros de que no había pasado nada y todo era un rumor.
—¿Entonces cuál es la verdad? —la cuestioné.
—Hoy se habla de miles de muertos. Tlatelolco sí fue una desgracia —acabó por decir.
Hace diez años organizamos la exposición “De Tlatelolco a Ayotzinapa. Porque no se olvida el 2 de octubre”, inspirada en el libro del mismo título de Sergio Aguayo Quezada, con datos del reconocido investigador Jacinto Rodríguez Munguía.
Reconocido en Harvard, además de abrir documentos olvidados o clasificados de la Dirección Federal de Seguridad y el AGN y explicar que la masacre era tan responsabilidad del ejército como de las altas esferas del poder político para criminalizar y desmovilizar a estudiantes e intelectuales, Rodríguez Mungía aportó a la narrativa del 68 un número de muertos más justificado, que variaba entre las cincuenta y sesenta personas, además de los desparecidos. Un dato relativamente resciente, que no hace más que subrayar que sean una o mil, cada vida vale y la indiferencia es su mayor amenza. También un peligro, por que condena a la desinformación, la intolerancia y la ignorancia que despiertan el odio irracional, arma letal, por que sale desde dentro.
Escribo este texto en un momento complicado. A doce años de la desaparición, no resuelta, de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, seguimos con hallazgos de restos en ranchos perdidos a lo largo y ancho de la geografía nacional y más y más víctimas de feminicio, cuya muerte cada vez importa menos.
Sobre el 2 de octubre se ha escrito mucho. Me impresionan los textos de Luis González de Alba, Oriana Fallaci, Elena Poniatowska y por supuesto, aunque no sea un libro, el cartel de Abel Quezada.
Publicado en Excélsior el 3 de octubre de 1968, el significativo rectángulo negro antecedido por la pregunta ¿Por qué?, sirvió para expresar la frustración y el coraje con los que el caricaturista describió la negación de la matanza.
La valentía confronta cualquier intento de negación.

