No habla con la boca, lo hace con los pies.

A Paolo Guerrero no le gustan las cámaras y tampoco las entrevistas. Siempre fue así. “Era difícil sacarle las palabras hasta cuando era niño, siempre fue tímido”, recuerda Roberto Palacios, el peruano que más veces vistió la playera del representativo sudamericano y amigo de la familia Guerrero. “La mejor forma que tiene de comunicarse es con un balón en los pies. Todos lo respetan”.

Guerrero es el sinónimo de gol para Perú. Es el máximo anotador de la historia del representativo con 35 anotaciones y el segundo mejor anotador durante las eliminatorias de la Conmebol para el Mundial de Rusia 2018 con cinco tantos. Las dianas fueron vitales para que el representativo regresara a la justa veraniega después de 36 años.

“Cuando lo suspenden por el doping, todo el país se solidarizó con él. No sólo por sus cualidades goleadoras, sino porque fue fundamental para guiar a los más jóvenes de la Selección en un momento crítico. Ricardo Gareca, el técnico, evitó convocar a algunos futbolistas que jugaban en Europa por indisciplina durante la eliminatoria y Guerrero tomó el papel de líder para los aconsejarlos dentro y fuera del campo. Es el emblema del equipo”, señala Palacios.

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El 8 de diciembre de 1987, José González y el resto de la plantilla del Alianza Lima —uno de los clubes más ganadores de Perú— se subieron a un avión modelo Fokker F-27 400M, propiedad de la Marina de Guerra de Perú, en la ciudad de Pucalipa, rumbo a la capital peruana. González era el portero del club y había mantenido su portería en cero en la victoria de su equipo ante el Deportivo Pucalipa ese mismo día.

La aeronave, rentada por el club, despegó y cuando se encontraba sobrevolando el mar de Ventanilla, en el océano Pacífico, reportó una avería. De repente se precipitó y se estrelló en el mar, a pocos kilómetros del aeropuerto de Lima. Salvo el piloto, el resto de los 43 tripulantes fallecieron. Aquel siniestro fue bautizado como la Tragedia Aérea del Alianza Lima. González era el tío de Guerrero.

La noticia recorrió rápidamente los noticieros radiofónicos del país. Petronila González oyó la noticia mientras planchaba la ropa de su familia. Luego siguió un grito y Guerrero, quien entonces tenía tres años, escuchó que su madre decía, entre lágrimas, que su hermano había muerto en el accidente, una de las tragedias aéreas más famosas de Perú.

El trauma para el capitán de la Selección peruana fue tan fuerte que desde ese día le tiene miedo a volar. “Cuando hay turbulencia en los aviones, recuerdo el dolor que tuvo mi mamá”, confesó al programa brasileño Papo Goleiro.

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Palacios no recuerda un apoyo tan grande para un deportista peruano como el que tuvo Guerrero.

Cuando fue suspendido 14 meses por el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS, por su sigla en inglés) por fallar un examen antidopaje tras dar positivo por cocaína en noviembre del año pasado, la Federación Internacional de Futbolistas Profesionales emitió una carta en la que pedía que se le otorgara “clemencia urgente” para que pudiera disputar el Mundial. El argumento del texto fue que no fue voluntario su doping y que consumió la sustancia por equivocación. Hugo Lloris, Mile Jedinak y Simon Kjaer —capitanes de Francia, Australia y Dinamarca, rivales de Perú en el grupo— firmaron la misiva.

Al tiempo, en la plataforma Change.org se hizo una petición para que el capitán pudiera asistir a la Copa del mundo, la cual alcanzó 1,134 firmas. En un fallo inédito para un deportista peruano, el tribunal Supremo Federal de Suiza dictaminó una medida cautelar para la suspensión impuesta por el TAS.

“En Perú nunca se había defendido a una persona de esa manera. Todo el pueblo peruano, jugadores, entrenadores y personas que no lo conocían le dieron su apoyo. Fue irrepetible”, agrega.

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El Chorrillano, como le apodan a Palacios, cuenta que conoció a Guerrero cuando tenía ocho años. Era el principio de la década de los 90 y aunque Paolo ya jugaba para las divisiones inferiores del Alianza Lima, él acompañaba a Julio Rivera, su medio hermano, al entrenamiento del Sporting Cristal. En ese club, Rivera y Palacios empezaban su carrera como futbolistas profesionales.

“Su mamá no lo dejaba salir a jugar, quería que estudiara. Pero siempre se las arreglaba para ir con Julio al entrenamiento”, cuenta Palacios.

Guerrero nunca debutó en la Primera División peruana. Cuando cumplió 22 años, Carlos Delgado —agente de Claudio Pizarro— le consiguió una prueba en el Bayern Múnich. Guerrero fue aceptado en el cuadro bávaro, con el que jugó cuatro temporadas. Posteriormente defendió los colores del Hamburgo, Corinthians y Flamengo. Con la Selección juega desde que tiene 20 años y ha disputado 80 encuentros. Su carrera con el representativo se extendió por 14 años.

“Ha jugado en ligas tan competitivas gracias a su capacidad de definir frente a la portería y también botarse afuera del área. No sólo es un pescador de rebotes, también puede ayudar a la creación del juego. Junto a Pizarro es el mejor centro delantero peruano en los últimos 20 años”, sostiene Palacios.

alain.arenas@eleconomista.mx