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¿Qué significa gestionar la cultura hoy? Iberoamérica busca respuestas
Gestión cultural ya no se trata de de conseguir recursos sino de articular ecosistemas culturales, dice Lucina Jiménez, al hablar del II Encuentro Iberoamericano de Buenas Prácticas en Gestión Artística y Cultural que reunirá en México –del 26 al 28 de octubre– 57 iniciativas de 12 países para intercambiar conocimientos, fortalecer redes y explorar nuevas formas de sostenibilidad y evaluación cultural.

Lucina Jiménez.
Diseñar un proyecto y buscar financiamiento ya no basta para definir la gestión cultural. En un campo donde intervienen comunidades, instituciones públicas, artistas, universidades y organizaciones civiles, el desafío es articular conocimientos, garantizar derechos culturales y construir formas de colaboración capaces de sostenerse en el tiempo.
“Eso ya no es la gestión cultural”, afirma Lucina Jiménez, actual directora general de Formación y Gestión Cultural de la Secretaría de Cultura federal, al referirse a la concepción de esta actividad como una técnica para obtener recursos para proyectos específicos.
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La gestión cultural, sostiene la funcionaria, requiere comprender los contextos donde se desarrolla, reconocer la diversidad de sus actores y generar herramientas para evaluar sus resultados. Esta transformación será uno de los ejes del II Encuentro Iberoamericano de Buenas Prácticas en Gestión Artística y Cultural +Artes +Culturas, que se realizará del 26 al 28 de octubre en la Ciudad de México.
El encuentro reunirá 57 iniciativas procedentes de 23 entidades federativas mexicanas, 16 ciudades internacionales y 12 países, de acuerdo con la convocatoria oficial. Organizado por la Secretaría de Cultura, con la participación de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), la UNESCO y la Red Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (CGLU), dará continuidad a la primera edición, celebrada en Bogotá en 2025.
De proyectos aislados a ecosistemas
Una de las claves de este cambio es reconocer que no existe una sola forma de gestionar la cultura. Las necesidades de una comunidad que protege sus recursos bioculturales son distintas de las de una compañía de artes escénicas que incorpora tecnologías digitales o de una organización que promueve el acceso artístico de personas con discapacidad.
“Una buena práctica es aquella que tiene un diagnóstico de su contexto, que ha logrado sostenerse más de tres años, que tiene un diseño metodológico a su interior”, explica Jiménez en entrevista. La metodología también contempla procesos formativos, un ámbito de acción definido, indicadores cada vez más focalizados, no sólo en lo cuantitativo, y estrategias de evaluación.
La formación, precisa, no tiene que ser exclusivamente académica: también comprende los saberes tradicionales y los conocimientos transmitidos entre generaciones. El criterio es que las experiencias puedan reconocer sus propios procesos, comprender su entorno y desarrollar herramientas para actuar en él.
De ahí la creación de Cultiva México, un banco de buenas prácticas que busca no sólo reconocer iniciativas, sino acompañarlas según sus necesidades. “Lo más valioso que se produce (en la gestión cultural) son los saberes, es el conocimiento. Porque ese conocimiento por primera vez está sistematizado, pero además se está compartiendo”, señala.
El intercambio puede abarcar desde derechos de autor y comunicación estratégica hasta contabilidad, herramientas digitales e inteligencia artificial. La intención es que las iniciativas encuentren en otras experiencias respuestas a problemas comunes, sin imponerles un modelo único.
La sostenibilidad no es sólo dinero
Para Jiménez, la permanencia de un proyecto cultural depende de más factores que sus ingresos. La funcionaria distingue cinco componentes de la sostenibilidad: arraigo social, continuidad, innovación, viabilidad presente y futura, y cuidado de los recursos para las siguientes generaciones.
“Estamos entendiendo la sostenibilidad no solamente como un tema de dinero”, afirma Jimenez y agrega que una iniciativa necesita ser reconocida y apropiada por los sectores con los que trabaja, conservar una relación significativa con su entorno y tener capacidad para adaptarse sin comprometer los recursos culturales y ambientales de los que depende.
Esta perspectiva también implica reconocer el valor de los intercambios no monetarios. De esta manera, una organización puede aportar conocimientos técnicos mientras otra comparte herramientas de comunicación o experiencia organizativa. Esos saberes, plantea Jiménez, constituyen un capital que puede fortalecer a ambas.
La gestión cultural adquiere así una dimensión colectiva: conectar capacidades, propiciar colaboraciones y evitar que las experiencias permanezcan aisladas. “No podemos estar solos en el mundo”, subraya.
Hay que medir para comprender
Otro de los desafíos de la gestión cultural en el presente yace en la evaluación. Contar asistentes, funciones o recursos invertidos permite dimensionar una actividad, pero no explica necesariamente sus efectos.
“Eso no te dice gran cosa. Porque no sabes cómo un proyecto cultural aplicado transformó el entorno al que apela”, plantea Jiménez.
Y precisamente , para avanzar en esa discusión, la dependencia que encabeza la funcionaria trabaja con el Observatorio de Políticas Culturales de Bogotá en una publicación conjunta sobre indicadores culturales, puesto que este organismo es pionero en la puesta en marcha de medición de parámetros sobre el impacto de determinados proyectos culturales.
“Tenemos que saber para qué lo queremos, a quién vamos a involucrar, con qué perspectiva y entonces por dónde empezamos”, señala sobre la construcción de herramientas de medición. La apuesta, adelanta, es desarrollar instrumentos accesibles y adaptables, que permitan combinar datos cuantitativos con información cualitativa sin exigir que todos los proyectos evalúen lo mismo.
El encuentro también presentará catálogos de buenas prácticas y el libro Tramas del ecosistema cultural: aportes sociales y comunitarios a la diversidad cultural, editado por la UNESCO. Su cierre estará dedicado a explorar la construcción de un Sistema Iberoamericano de Bancos de Buenas Prácticas.
En el marco del vigésimo aniversario de la Carta Cultural Iberoamericana, aprobada en 2006, la reunión buscará fortalecer la cooperación regional y poner en circulación experiencias que puedan generar nuevos aprendizajes. El desafío es que la gestión cultural deje de entenderse como una operación aislada para conseguir recursos y se consolide como una práctica capaz de articular conocimientos, sostener comunidades y ampliar el ejercicio de los derechos culturales.
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INSERT FOTO CARTEL. ESPECIAL

Cartel II Encuentro Iberoamericano de Buenas Prácticas en Gestión de las Artes y la Cultura.
II Encuentro Iberoamericano de Buenas Prácticas en Gestión Artística y Cultural +Artes +Culturas
- Del 26 al 28 de octubre de 2026
- Ciudad de México
Sedes
- Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos (MUT)
- Centro Cultural de España en México

