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La alucinante colisión de carne, metal y barroco en un estacionamiento de Guanajuato
Asistentes espontáneos pasaron de la confusión y la tensión por el riesgo escénico a la fascinación total, concluyendo con aplausos, interacción directa del artista con los asistentes y un diálogo cercano con jóvenes espectadores.

Foto: David Magaña
Guanajuato, Gto. — En el marco del fin de semana de cierre del Festival Internacional Cervantino, las profundidades del estacionamiento San Pedro se transformaron en el epicentro de una de las piezas más arriesgadas, extrañas e hipnóticas de la programación: Radio Vinci Park, coproducida por La Ménagerie de verre, el Festival Actoral, La Bâtie y el CDN Nanterre-Amandiers.
La propuesta, firmada en colaboración por el artista visual Théo Mercier y el coreógrafo e intérprete François Chaignaud, trasladó a los asistentes fuera de los recintos tradicionales para sumergirnos en una atmósfera donde lo salvaje, lo sensual y lo grotesco colisionaron al ritmo de la música antigua.
Crónica de una alucinación subterránea
El ambiente ya presagiaba algo extraordinario antes de que iniciara el primer compás. Guanajuato regaló una atmósfera atípica: un viento helado que no se había presentado, soplaba por todos lados, acompañado de una suave llovizna.
En medio de ese espacio crudo y frío, un motociclista enmascarado y una criatura barroca erguida sobre altos tacones iniciaron un duelo ritual. Esta versión extendida de la obra desplegó a un grupo de intérpretes que habitaban el lugar entre mecánicos que cantaban y una motocicleta cuyo rugido simulaba el de una bestia mitológica.
Al centro de todo, el cuerpo de François Chaignaud bailaba, cantaba y combatía sin reserva alguna. La clavecinista Marie-Pierre Brébant orquestó esta partitura escénica desde el clavicordio, creando un contraste abismal y sublime entre la delicadeza del instrumento antiguo y la agresividad del metal y el motor.
La inclemencia del clima pareció no rozar a Chaignaud, quien volcó cada fibra de su ser en la presentación. Las gotas de llovizna cubrían su cuerpo tenso mientras la brisa helada acentuaba el carácter misterioso y salvaje de la pieza. En varios momentos, la tensión entre el vehículo en movimiento y el bailarín generó una atmósfera de riesgo palpable; la audiencia contuvo el aliento ante la posibilidad de un accidente, impactada por la entrega física absoluta del intérprete.

Foto: David Magaña
La tensión entre lo cotidiano y lo sublime
El carácter gratuito del evento atrajo a una multitud heterogénea. Muchos de los presentes llegaron por pura curiosidad, sin ningún antecedente sobre la obra ni sobre la trayectoria de los creadores franceses. Esa falta de expectativa previa fue, precisamente, el catalizador de la experiencia.
Al principio se percibía confusión y desorientación entre la gente, que no lograba descifrar el choque visual de tacones, cascos y música barroca en un aparcamiento subterráneo. Sin embargo, conforme avanzaba el performance, la extrañeza inicial cedió paso a una fascinación colectiva.
Al finalizar la función, el clímax se tradujo en estallidos de gritos y aplausos. Rompiendo la barrera entre el escenario improvisado y los asistentes, el actor recorrió el perímetro montado sobre la motocicleta para estrechar la mano de quienes rodeaban el espacio.

Foto: David Magaña
Entre el asombro clásico y la conexión joven
Al concluir el espectáculo, el espacio se llenó de murmuraciones e impresiones encontradas entre un público visiblemente conmovido. \"Fue toda una experiencia, fue demasiado, lo vivimos todo\", comentaba un espectador aún impresionado por la intensidad de la atmósfera. Otros debatían sobre qué elemento los había cautivado más: el viento, la llovizna, el movimiento de los cuerpos o la escenografía natural del estacionamiento, coincidiendo en que se había presenciado un hecho irrepetible. Para los asistentes de gusto más clásico, la ejecución magistral del clavicordio fue el pilar fundamental que elevó la pieza y le otorgó su fuerza dramática.
El fenómeno más revelador ocurrió con el público joven. Decenas de muchachos buscaron a François Chaignaud al terminar la función para preguntarle de dónde venía y cómo lograba ejecutar semejante despliegue físico y vocal. A pesar de la barrera del idioma —él hablando francés y ellos español—, la comunicación fluyó con calidez. El artista los atendió con solicitud, se tomó fotografías, intercambió nombres de usuarios de Instagram y les preguntó sobre sus vidas, sinceramente emocionado por la calurosa acogida.
En las profundidades del Estacionamiento San Pedro, Radio Vinci Park no solo ofreció una pieza de vanguardia escénica; logró romper paradigmas y probablemente cumplir con uno de los propósitos más complejos de las artes vivas: la formación y conquista de nuevos públicos. Esperamos más de esto en el Cervantino.

Foto: David Magaña




