Quien alguna vez haya recorrido los angustiantes y oscuros meandros de la melancolía paralizante es probable que se reconozca en la música de Keeril Makan. Algunas de sus composiciones remueven en la mente -pero sobre todo en la corporalidad- toda la extrañeza, la desesperación y el desesperanzado vacío del episodio depresivo.

Ya se sabe que la música clásica del siglo XXI no pretende agradar, ni mucho menos atemperar nuestro disgusto ante la ubicuidad del ruido social. La atracción hacia los sonidos que Makan es capaz de producir deriva del desasosiego de quienes intentan encontrar el sentido de la vida, y de su intolerable continuidad, exponiéndose a una serie de experiencias sonoras -aparentemente inconexas– que a pesar de resultar devastadoras, poseen una estética irresistible.

Aun cuando la mayoría de los compositores suelen desconfiar de la comunicación verbal y, como es obvio, de las palabras, no deja de sorprender la talentosa soltura que algunos desarrollan al emplearlas con la precisión y profundidad necesarias como para que los demás podamos atisbar la complejidad conceptual y emocional de sus procesos creativos.

Keeril Makan en un reciente artículo ( My Dark Materials: The Music of Depression http://opinionator.blogs.nytimes.com/2013/01/15/the-music-of-depression/) hace una exposición conceptual sobre la relación que, durante una década, tuvieron la depresión y su quehacer musical.

De lo más destacable resulta la descripción del miedo, sobre todo cuando éste amenaza con imponer la parálisis absoluta del artista; sin embargo, el miedo al miedo es susceptible de superarse a través del efecto terapéutico de los sonidos, reconocibles a menudo sólo como ruidos, que los instrumentos al tocarse provocan en la vivencia corporal para terminar modificando la percepción emocional. La densa oscuridad interna se conmueve, los espacios cerrados de la mente van abriéndose y, a través de las grietas, se filtra la música. Hay entonces motivos sustanciales para seguir viviendo.

Si al estar componiendo me asusto de la música que estoy escribiendo –confiesa Makan- sé que he llegado al lugar extremo donde quiero estar.

Cuando el miedo crece, alcanzo el umbral entre lo conocido y lo desconocido. Si es que soy capaz de seguir componiendo tolerando el miedo, podré escribir una música que sea nueva para mí.

El haber crecido a orillas del Río Hudson con un padre de la India y una madre ruso-judía, supongo yo, son dos elementos definitorios en la vida y el arte de este compositor norteamericano. La mezcla azarosa del misticismo asiático y el azote judaico en el entorno cultural de New Jersey traslucen tanto en la música como en la concepción existencial, desesperada y creativa del artista.

Hace cinco años declaró: mi pasión es estar en contacto, de la forma más tangible y posible, con el sonido. Fracturar momentáneamente, mediante este compromiso, los límites entre mi sensación del yo y la de mi percepción. Me mueve el sonido, pero también lo impostergable, quedando dividida mi exploración del sonido en fragmentos específicos y concretos de diversa longitud y formación.

Vale la pena salir de las tinieblas acompañado de Keeril Makan.