Para algunos neurocientíficos, la forma de medir el rendimiento intelectual de las personas es ponerlas a hacer pruebas de planeación y de solución de problemas. Resulta que de la manera en que anticipamos -con el pensamiento- aquello que estamos por llevar a cabo y del modo en cómo abordamos las mejores estrategias para salvar los obstáculos que se nos presentan en la vida, los investigadores obtienen la información necesaria para poder etiquetar qué persona es más o menos inteligente que otra.

Quien sobresale en el puntaje tiene asegurado un rango de superioridad intelectual científicamente demostrable frente a quienes han quedado rezagados en la calificación.

Sin embargo, los recovecos de la mente nunca son tan simples o estables como parecen a primera vista, pues el desempeño cognitivo de cada ser humano depende de múltiples factores de tipo emocional, circunstancial, socio-económico, cultural y químico también.

Desde hace una década, comenzó a reportarse, tanto en la literatura científica como en medios masivos de comunicación, que el uso y abuso de sustancias psicotrópicas, es decir, de aquellos medicamentos que estimulan y modifican las funciones cerebrales (smart drugs), se había vuelto cada día más común entre personas aparentemente sanas y sin diagnóstico de enfermedad alguna.

Si se toma en cuenta que en Estados Unidos, de acuerdo con una encuesta nacional, se encontró que 14.2% de jóvenes con diagnóstico de enfermedad mental había sido tratado con medicamentos psicotrópicos y que a casi la tercera parte se le prescribían sustancias estimulantes, entonces resulta que varios millones de jóvenes con problemas mentales consumen rutinariamente el mismo tipo de medicamentos que quienes únicamente buscan volverse más inteligentes al estimular químicamente sus cerebros para lograr un mejor rendimiento en la escuela o el trabajo.

Barbara Sahakian, neurocientífica de la Universidad de Cambridge, ha lanzado la advertencia de que de acuerdo con sus investigaciones, el número de prescripciones de estimulantes se ha duplicado en el Reino Unido durante la década pasada.

En términos de mercado mundial, tan sólo el modafinil –un medicamento estimulante para tratar la narcolepsia- superó en el 2008 los 700 millones de dólares en ventas. Pero lo más notable es que casi 90% de usuarios no padecía enfermedad alguna.

La misma Sahakian afirma que uno puede acudir a cualquier biblioteca de las universidades más prestigiadas de Estados Unidos y notar cómo hay gente ahí repartiendo medicamentos para mejorar la concentración y elevar los resultados en los exámenes. Lo que antes era un asunto sólo de los estudiantes, actualmente ya se ha hecho una práctica común entre los profesores.

Aun cuando no existen todavía estudios sobre los efectos a largo plazo de sustancias estimulantes, la carrera desaforada por ganar los cada vez más escasos espacios académicos y laborales hace a los competidores cada vez más temerarios, dispuestos a meterse en el cerebro lo que sea con tal de ganar.

Al igual que ya conocemos algunos de los excesos de la cirugía cosmética, pronto tendremos noticias sobre el lado grotesco de la actual farmacopea de ¿la inteligencia?

moises.rozanes@eleconomista.mx