Decimos que es la condición humana. Que hemos de amarnos unos a los otros como si amar fuera un acto tan normal, tan simple, como la digestión. Proclamamos el perdón como política social: las heridas colectivas deben sanar para que sigamos existiendo juntos.

La verdad que hemos decidido guardar en un pañuelo y sacar como truco de magia es que el abuso, el odio, el rencor y la venganza son tan humanos como el afecto y la concordia. Y quizá más.

Desde cierto punto de vista, la historia de la humanidad es la del perro que come perro. Hobbes, elegante él, habló de la guerra de todos contra todos como el estado natural nuestro. Somos nuestros propios depredadores.

12 Años Esclavo da cuenta de una crueldad mayor. La explotación de los esclavos negros durante la era anterior a la Guerra de Secesión estadounidense. Por supuesto que el racismo es un componente importante de la historia de la humanidad, pero lo que el director Steve McQueen ilustra es no sólo el odio a la piel oscura, sino la normalidad con la que aceptamos que algunos de nuestros congéneres (sea cual sea su identidad étnica, sexual, política, en fin, que razones para agraviar sobran) merezcan ser vejados.

Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor) es un hombre que nació libre. Tan fácil suena eso. Su condición como hombre negro libre del norte de Estados Unidos es una excepción, una rareza. Es un violinista de talento. Como suele ser, Solomon está acostumbrado a su vida en libertad. Es decir, nadie va por ahí preguntándose si su vida normal va a desaparecer en cualquier momento. Hasta que la tragedia sucede.

A Solomon lo secuestran y lo venden como esclavo en el sur. Su primera señal de que su vida ha cambiado son las cadenas con las que lo amarran. La segunda son los azotes que le destrozan la espalda.

Para su buena fortuna cae en manos de un amo decente (interpretado por Benedict Cumberbatch) que no azota a sus esclavos, salvo que se lo ganen, y quien les lee las Escrituras. Eso no significa que las cosas sean buenas en esa plantación. Un capataz pusilánime y violento (Paul Dano) basta para tener un enemigo mortal. Solomon está a punto de ser ahorcado por humillar al capataz.

En un montaje extraordinario, Solomon tiene que esperar por horas a que lo descuelguen, pues la ejecución no alcanzó a completarse. Mientras lucha por no estrangularse, a su alrededor la vida sigue su curso: las mujeres lavan ropa, los hombres siguen trabajando. Un negro colgado de un árbol no es ningún fruto extraño.

En realidad la odisea de Solomon está comenzando. Pronto cae en la plantación algodonera de Edwin Epps (Michael Fassbender), un reventador de esclavos. En ese momento la película se vuelve la historia del esclavo tanto como del amo. Epps es un desgraciado. Sus esclavos son juguetes de sus altibajos emocionales. Los hace bailar en la madrugada y por la mañana los hace recoger un mínimo de 200 libras de algodón. Si no, 50 o 100 azotes.

Epps tiene una fijación con una esclava jovencita. Patsey (Lupita Nyong’o, nominada al Óscar como actriz de reparto. Se lo merece) es dura, la mejor recolectora de algodón, pero frente a Epps y su mujer no es más que un avecilla frágil, la víctima más inocente. En la escena más desgarradora de la cinta, Patsey está dispuesta a morir por un pedacito de jabón. Un pedacito de dignidad.

McQueen, director de las magníficas Hambre y Vergüenza, no es tímido con los detalles. Cada vez que hay un azote, vemos saltar la piel y la sangre. La crueldad es corporal, casi pornográfica. Pero McQueen sabe perfectamente dosificar la violencia para que no nos encuentre entumecidos.

El único hombre blanco que trata con justicia a Salomon es una carpintero canadiense (Brad Pitt) que se atreve a enfrentar a Epps. ¿Todo es correcto porque la ley lo permite? ¿Y si la ley cambia? Las sociedades colapsan pero lo que es universalmente bueno lo es para todos, negros o blancos . No estoy tan segura de que la verdades universales existan, pero atengámonos a la vieja reflexión: si quieres saber si la esclavitud es mala, no le preguntes al amo. Pregúntale al esclavo.

La historia de Solomon Northup es real. Publicó sus memorias y se convirtió en un activista por la abolición de la esclavitud. Murió y su libro estuvo en la oscuridad, con ejemplares esparcidos por el mundo. McQueen, que es inglés, se lo encontró en Holanda y supo que tenía en sus manos un documento poderoso.

Como se dice en El mayordomo de la Casa Blanca, una cinta sobre el mismo tema pero mucho menos lograda y elegante, los Estados Unidos se indignaron cuando en Europa se encontraron con los campos de concentración, ignorando que durante más de un siglo tuvieron muchos Auschwitz en casa.