Tanta necedad y desparpajo era increíble. El hecho de que a los franceses, malditos invasores de lengua enrevesada, les gustara mayo para hacer las peores cosas en suelo nacional también era de no creerse. Ya habíamos pasado por la Guerra de los Pasteles, iniciada en 1838; triunfado contra ellos en la batalla de Puebla, en mayo de 1862 y participado gloriosamente en la toma de Querétaro en mayo de 1867. Ya ahora, corriendo el mes de mayo del año de 1864, parecía que una larga amenaza se había cumplido.

Aunque ya lo sabía el presidente Juárez, la noticia de que el día 29 llegaría un príncipe extranjero a gobernarnos cundió por la República entera. Durante la Intervención Francesa, y ante el avance del Ejército invasor, el presidente Benito Juárez había tenido que abandonar la Ciudad de México, convirtiéndose en la cabeza de un gobierno itinerante. Viajaba en su carreta austera y negra, perseguido por el ejército francés, acorralado por la milicia de los traidores, firmando sobre las rodillas decretos y leyes y cambiando la capital de la República a cada salto de mata. Siempre supo que los conservadores cabildeaban con la Corte francesa su plan de instaurar una monarquía que “salvara a México del caos”. Y habían fijado sus ojos en Maximiliano, el segundo hijo del archiduque Francisco Carlos de Austria y su esposa Sofía Guillermina de Wittelsbach, princesa de Baviera. Un hombre alto, barbado y de con ojos de un azul insultante que, por nacimiento, ostentaba la dignidad de archiduque de Austria, debido a su filiación con la poderosa Casa de Habsburgo, hermano más cercano del emperador Francisco José de Austria-Hungría, y consorte de la princesa Carlota Amalia de Bélgica. Un candidato perfecto. Un hombre que le otorgaría a este suelo de hombres belicosos y desarrapados la dignidad imperial que nunca habían tenido. Una delegación de notables mexicanos, que decían representar la voluntad del pueblo, había partido hacía algunos meses rumbo a Miramar para ofrecerle la corona de México. Maximiliano los recibió en octubre de 1863 y ratificó su postura de aceptar sólo si el pueblo mexicano así lo deseaba y si el imperio francés se comprometía a ayudarle mientras se lograba a pacificación del país. En México se había llevado a cabo un “remedo de plebiscito” donde los resultados, obviamente, se habían inclinado a favor de la coronación. Y fue así como, el 10 de abril de 1864, tras un detenido examen de las actas de adhesión que le presentaron al archiduque y con el consentimiento de su real familia para que tomase posesión del trono prometido, Maximiliano declaró solemnemente que aceptaba la corona de emperador. Cuatro días después, el 14 de abril de 1864, Maximiliano I, que sería su nombre como emperador, y su esposa Carlota, se subieron a elegante fragata e iniciaron su travesía rumbo a tierras mexicanas. Todo ello, por supuesto, tras haber jurado por Dios y por los Santos Evangelios defender la integridad territorial del país. Cuentan que Maximiliano contemplaba la posibilidad de llegar a un entendimiento con el presidente de la República mexicana, a un acuerdo que hiciera menos difícil y doloroso el hecho de que él llegaba a gobernar sin permiso y sin votaciones. Maximiliano le había enviado a Juárez varias cartas, algunas veces contestadas y otras no. Incluso estaba convencido de que las diferencias políticas con Juárez podrían ser eliminadas algún día. A bordo del barco austriaco Novara se dirigieron hacia Roma, donde recibieron la bendición del papa, después pasaron por Gibraltar y Martinica. Durante el trayecto, Maximiliano realizó la división de México en Departamentos, preparó decretos para el ceremonial de las funciones públicas e hizo un borrador de los diversos nombramientos que se le iban ocurriendo. La espera era larga y el mareo de Carlota constante, pero el 28 de mayo de 1864 llegaron a Veracruz.

La población veracruzana despertó sorprendida por las detonaciones de una salva de artillería. La fragata francesa Themis, la noche anterior, se había acercado a la isla Sacrificios para avisar sobre la proximidad de la embarcación que traía al emperador, para que se preparara su recibimiento en tierras mexicanas. Siguiendo las indicaciones, aparecieron, literalmente cubiertos de espectadores, el muelle, las azoteas, los balcones y los miradores. Hacia las 2 de la tarde el Novara hizo su majestuosa entrada a la bahía y a las 5 de la tarde, una comitiva encabezada por el general Almonte, nuevo lugarteniente del reino, se dirigió al muelle para recibir a Maximiliano, a quien le dijo que una nueva era, de esperanzas fundadas en sabiduría y nobles designios, comenzaba para los mexicanos. Maximiliano respondió que consagraría todos sus esfuerzos a labrar la felicidad del pueblo mexicano y que en sus manos tremolaría siempre la bandera de la independencia, la justicia y la concordia para todos sus súbditos. Sin embargo, y aunque Maximiliano y Carlota habían planeado desembarcar ese mismo momento, no se atrevieron a hacerlo. El médico imperial dijo que lo avanzado de la estación, la intensidad de los calores y la ferocidad de los olores hacía inminente el peligro de las enfermedades regionales que atacaban siempre a los europeos, así que fueron aconsejados a permanecer en la fragata hasta el día siguiente. Por ello para la historia nacional y sus muchas efemérides es el 29 de mayo de 1864 el día en que se conmemora el desembarco de Maximiliano de Habsburgo en tierras mexicanas y el inicio de un periodo que comenzaría con doradas humillaciones y habría de terminar con sangre.

Las opiniones sobre la llegada de los nuevos monarcas se dividieron desde el principio. Según algunas crónicas, en la mañana del día 29 de mayo el puerto de Veracruz estaba engalanado con banderas, flores, poemas y un arco triunfal en medio de la plaza coronado con alegorías que representaban las Ciencias, la Justicia, la Agricultura y el Comercio.

Que se hizo una valla a lo largo del muelle y que en el momento de desembarcar los soberanos recibieron pleitesía de los generales Almonte, Salas, el prefecto del Distrito, el comandante superior y una numerosa comitiva. Que, entre gritos y vítores, el presidente del Ayuntamiento le entregó a Maximiliano, en una bandeja de plata, las llaves de la ciudad y todo eran gritos y algarabía. Otros cronistas dijeron lo contrario. Conte Corti, por ejemplo, escribió que Veracruz, a la llegada de los monarcas, permaneció frío. Que la población, en la que dominaban los liberales y los enemigos de la intervención, quiso testimoniar sus sentimientos de rechazo mostrando completa indiferencia hacia la llegada del emperador. Y que cuando la pareja imperial atravesó en coche recatadamente la ciudad, las calles estaban tristes y desiertas, no había preparada ninguna festividad en honor de los soberanos, el emperador quedó con ánimo deprimido y la emperatriz casi en lágrimas. Otros testigos nada más dijeron que la pareja imperial había sido recibida fríamente y algunos, más conciliadores, señalaron que fueron recibidos “si no cálidamente, sí favorablemente” Almonte se esforzó en paliar el ánimo de los emperadores y logró convencer a Maximiliano de que el pueblo mexicano lo deseaba como su gobernante. El emperador, entonces, hizo un llamado a “que todos los mexicanos se le unieran para defender la justicia e igualdad ante la ley”.

Prometió toda clase de bondades: libertad personal y de la propiedad, el fomento de la riqueza nacional, mejoras en la agricultura, la cultura, la educación, el desarrollo y todo lo que siempre dicen quienes anhelan el poder y el mando. Pero acabando el discurso se fueron de Veracruz. Sólo cruzaron la ciudad para tomar el tren rumbo a la Ciudad de México, a la que tomarían por domicilio los últimos días de mayo.

En el aire, por lo pronto, quedaba el último párrafo de una carta que Maximiliano había leído antes de llegar a Veracruz:

Es dado al hombre, Señor, atacar los derechos ajenos, apoderarse de sus bienes, atentar contra la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer de sus virtudes un crimen y de los vicios propios una virtud; pero hay una cosa que está fuera del alcance de la perversidad, y es el fallo tremendo de la historia. Ella nos juzgará.

Soy de usted atento y seguro servidor. —Benito Juárez