Un hombre busca registrarse en el infierno. Una vez que está ahí, llama a la puerta, pero le dicen que tiene que esperar. El hombre espera… y espera. Y cada vez que se acerca a preguntar, le responden que tiene que esperar. Finalmente pasa un viajero y el hombre que espera le pregunta: “¿Sabe usted cómo puedo entrar al infierno?”. El viajero le responde: “Pero, señor, éste de aquí es el infierno”.

Es la analogía que Georg se saca de la manga para responderle a un cónsul en una distópica ciudad de Marsella, en un distópico presente europeo ocupado por el fascismo alemán, cuando éste le pregunta qué es lo último que ha escrito, porque desconoce que Georg, eléctrico de profesión, ha tenido que usurpar la identidad de un escritor, muerto para ese entonces, al que de principio tenía que ayudar a huir del exterminio, o “limpia”, como le llaman esos fascistas del siglo XX, para embarcarse en busca de refugio en México.

Esa historia del infierno que Georg se inventó para ganarse la confianza del funcionario, al que ha engañado para conseguir los pasajes y las visas, es más bien vivencial. Últimamente el infierno es palpable en su día a día, toda vez que los personajes que lo rodean, en los cafés, en las calles, en los consulados… en el puerto, en una viaje clandestino en tren de París a Marsella, en habitaciones secretamente hacinadas de inmigrantes africanos y árabes, viven el infierno de una espera que parece nunca terminar.

Y de fondo, la constante tensión por el hostigamiento de la policía, la persecución a veces con perros coléricos o a bordo de patrullas y a veces con helicópteros. Otras, más bien, paranoias de persecución, como si la aniquilación fuera una pesadez que no se ve pero que se siente y que, todos temen, podría empezar en cualquier momento con lujo de violencia; casi que se siente ya un paso detrás. Lo dicen las miradas ojerosas de los inmigrantes que esperan, y vuelven a esperar en las filas de los consulados de Marsella, para poder conseguir una visa, un permiso de tránsito, un boleto de barco, con anhelos, aunque ya un poco agrios, de un día de ésos, al fin, después de tantos intentos, poder largarse de una vez.

Pero Georg tuvo suerte, o quizás la desdicha, de haberse cruzado en el camino de este escritor finado de apellido Weidel. No se nota seguro de ninguna de sus decisiones. Aunque ha luchado por cnseguir los permisos de tránsito y tiene día y horario para zarpar, está tan estancado como los demás desplazados. La causa tal vez es Marie, la esposa del usurpado, y quizás la persona más extraviada de la ciudad, que se niega a reconocer que su esposo está muerto, y lo busca, y lo busca, y mucho menos quiere marcharse porque está convencida de que se reencontrará con él en esa Marsella al borde del colapso.

Tan vigente

El vínculo que Georg y Marie desarrollan en En tránsito (Transit, 2018) es intrincado, tanto como lo es el contexto temporal de la historia. Es un experimento de superposición de tiempos para el que el director alemán Christian Petzold usó el argumento de la novela homónima publicada en 1942 por la escritora judía alemana Anna Seghers y lo ubicó en la actualidad. El resultado, una legítima invitación a la reflexión sobre las tantas diferencias que el espectador pueda hallar en el éxodo judío de la Segunda Guerra Mundial y la crisis de refugiados en la Europa contemporánea.

Contendiente por el Oso de Oro en la Berlinale 2018, En tránsito, con una trama casi intacta a propósito y a pesar de esta reseña, es una de las cintas destacadas de la selección de la 17ª  Semana de Cine Alemán (actualmente en curso) y también forma parte del programa del Black Canvas Festival de Cine Contemporáneo.

Se proyectará el domingo 19 de agosto en la Sala 3 de la Cineteca Nacional a las 18:15 horas, y el domingo 26 en Cinemex Reforma - Casa de Arte a las 14:15 horas.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx