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Arte e Ideas

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La broma ?más pesada

De pronto distinguí a un hombre que nos observaba. Tan pronto lo saludé quiso saber de dónde venía yo y a qué me dedicaba. Después de un rato, inopinadamente, preguntó: ¿Crees tú que yo estoy loco? .

Hace 30 años asistí por casualidad a una boda en la cubana provincia de Pinar del Río en casa de un viejo sastre. Agobiado ante la precariedad de las condiciones en que los festejados vivían y, sobre todo, por lo aturdido que me tenía el destartalado tocadiscos, decidí salir al soportal en busca de aire fresco.

Acababa de ocupar una vieja silla de madera cuando mi amable anfitrión se acercó a contarme de la pobreza en que vivió durante su niñez y juventud, sobre lo difícil que había sido salir adelante en esas circunstancias y cómo gracias a la Revolución todo ahora era distinto.

¿Qué esperanzas que un humilde zurcidor -como yo- hubiera siquiera imaginado, antes de la Revolución , que alguno de sus hijos asistiría a la escuela? Y no digamos ya, que el gobierno de su país lo enviara a una importante universidad, al otro lado del mundo. ¿Quién hubiera creído que ese joven recién casado, acaba de regresar de la Unión Soviética con un título de ingeniero aeronáutico bajo la manga?.

Mientras la música guapachosa y el ron seguían incitando a los danzantes a hacer ondulantes cabriolas, yo no dejaba de enterarme de los increíbles cambios sociales gracias a la Revolución . De pronto, en la penumbra, distinguí a un hombre que nos observaba detrás de una pilastra.

Tan pronto lo saludé quiso saber, sin acercarse, de dónde venía yo y a qué me dedicaba. Después de un rato y sin haber dicho nada más, inopinadamente, preguntó: ¿Crees tú que yo estoy loco? .

Ante mi evidente sorpresa y desarticulada respuesta, aquel extraño intruso se apresuró a contar que él había sido estudiante de Medicina en Cuba y que su gran ilusión alguna vez fue ir a especializarse a Estados Unidos. Sin embargo, un día las autoridades le informaron que se le había dado de baja. Ninguna explicación adicional, sólo supo que su expediente se había esfumado. Fue advertido, además, de que tenía terminantemente prohibido acercarse a la universidad y a los demás estudiantes.

Desesperado, al principio, intentó denunciar semejante atropello al más alto nivel. En respuesta se decidió internarlo psiquiátricamente por esquizofrenia y someterlo a electrochoques. Después de algunos meses, fue dado de alta y pudo regresar a su pueblo.

No puedo estudiar ni trabajar. Aquí, soy el loco.

De pronto, mi anfitrión encolerizado comenzó a gritarle al intruso que se largara, que no quería volver a verlo por ahí, incluso, amenazó con llamar a la policía. Yo quedé mudo, paralizado, viendo al otro correr despavorido.

Un año después Verónica me regaló el libro La broma de Milan Kundera. La novela trata de un estudiante que escribe a su novia una postal con ánimo burlesco. La postal cae en manos del comité estudiantil que interpreta sus palabras como traición al socialismo. Sus mismos compañeros de partido deciden expulsarlo de la universidad y convertirlo en un paria.

Hoy escribimos en Internet muchos dislates, frases huecas y carentes de sentido. Algunas son sólo bromas privadas. El enigma es saber quién y cómo, algún día, las interpretará.

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