El abuelo Marcial Fernández en 1939 era director general de Carabineros de lo que quedaba de la Segunda República, ello en la Guerra Civil Española. La abuela, Josefa, así como el padre, Antonio, las tías Amelia, Maricha y el tío Alfonso, los cuatro unos críos, se quedaron en Galicia que, por ese entonces, había caído en poder de los fascistas. El abuelo secuestró entonces a unos parientes de Francisco Franco que canjeó por su propia familia, que pudo viajar a Barcelona, Francia y, por último, a México.

Una vez perdida la guerra, Marcial escapó hacia Nueva York junto con el tío Heladio, el mayor de sus hijos, que era un racimo de historias tatuadas en la piel a manera de balazos, para reunirse con la familia en Veracruz y, de ahí, viajar a la ciudad de México.

Antonio, en esos ayeres, tenía entre 10 u 11 años no se sabe cuál de sus cuatro actas de nacimiento es la verdadera y, su primera impresión de México fue que llegaba a un país de enanos, pero se equivocó: lo que veía desde el barco Ipanema era a un grupo de niños con pantalón largo y, como en España esa prenda sólo la usaban los adultos, de ahí la confusión.

Ya en la capital, estudió en casi todas las escuelas que fundara el exilio español para, en la adolescencia, ponerse a trabajar en diferentes empresas. En una fábrica de calcetines conoció a María López, de quien se enamoró, casó y criaron a tres hijas y dos hijos, y ya tienen seis nietos y un bisnieto.

Tono y Mary como los conocen los amigos decidieron que ella se ocuparía de la educación de las niñas mientras que él, de los niños. Ellas estudiaron en colegios de monjas y, una vez en la universidad, las tres tienen doctorados en sus diferentes especialidades. Ellos estudiaron en el Colegio Madrid, una escuela de refugiados que, con el tiempo, no sólo fue de españoles, hijos o nietos de, sino también de exiliados de las diferentes dictaduras de América. El mayor también posee todas las licencias universitarias en tanto que el menor se dedica a lo mismo que el abuelo Marcial y el tío Heladio: a vivir como si cada día fuera el último perdón por el lugar común y a escribir.

Tono, que yo sepa, sólo ha tenido un odio en la vida, y su nombre era Francisco Franco y, con la obsesión de que el dictador muriera lo antes posible, hizo, de manera natural, que sus dos hijos vivieran en una burbuja española dentro de México: en casa se escuchaba canciones de la guerra, música gallega y flamenco; en el colegio cantaban el Himno de Riego; a veces, por las noches, lo acompañaban a una peña taurina, y pasaban los fines de semana y vacaciones en el Centro Asturiano.

Recuerdo que, cuando el menor de la familia tenía 10 años los mismos que su padre cuando debió abandonar España , en noviembre de 1975, Tono, durante días, llegaba del trabajo a la casa para comer y vaticinar:

Hoy muere Franco.

Pero Franco, o ya llevaba tiempo de muerto y no daban la noticia, o era hierba demasiada mala para morirse de una vez y para siempre. El día 20, sin embargo, Tono, ebrio de felicidad, llegó por la noche a casa con una botella de champaña abierta y brindó con Mary, con sus tres hijas, con sus dos hijos y parecía que, a partir de entonces, todo iba a cambiar.

Al poco tiempo, Tono y Mary prepararon su primer viaje a España. Ella cuenta dos momentos memorables: cuando en El Escorial, él escupió y pisó la tumba de Franco, y la vez que fueron a Lobaces, el pueblito gallego donde Tono había nacido y en donde Mary lo vio llorar por primera vez. Y sí, algo cambió: papá se supo más mexicano que español.

Por eso, en unos días, seré yo quien lleve la champaña a casa de mis padres para brindar por los 40 años de la muerte del dictador. Están todos invitados.

[email protected]