Cada 10 de octubre se conmemora un día dedicado a la salud mental. Nuevamente, mañana se insistirá sobre la importancia que tiene la salud mental en el bienestar y el desarrollo de personas, familias y el conjunto de la sociedad. Se dirá, hasta el cansancio, que no puede haber un verdadero estado de salud integral sin que exista una buena salud mental y los expertos internacionales repetirán, por enésima vez, que la depresión es el principal flagelo mundial y que el número de personas deprimidas en todos los rincones del planeta no ha dejado de aumentar, al punto de que en unos cuantos años, la pandemia depresiva será la enfermedad que provoque mayor incapacidad y pérdida de años de vida saludables para toda la humanidad.

Sin embargo, en los hechos la salud mental cada día es un terreno más confuso, complejo y resbaladizo.

A pesar de las numerosas y renovadas definiciones utilizadas por organismos internacionales y agrupaciones de psiquiatras, psicólogos y neurocientíficos, lo cierto es que ahora -más que nunca- resulta difícil saber de qué exactamente estamos hablando cuando nos referimos a la salud mental.

Hay quienes, por ejemplo, aplican masajes, acupuntura, dietas nutritivas, ejercicios tántricos, meditaciones exóticas, esencias aromáticas, etcétera, en nombre y para beneficio de la salud mental. Mientras que, en el otro extremo, están los científicos explorando minuciosamente el cerebro para encontrar las causas por las que este órgano se descompone originando los trastornos que obstaculizan el que las personas tengan una aceptable salud mental.

Entre los polos anteriores también están aquellos que aseguran que ningún esfuerzo a favor de la salud mental producirá beneficios reales y palpables en las personas afectadas, mientras que las condiciones de inequidad económica persistan para la mayoría de la población. La pobreza, la falta de educación, el hambre, la marginación y la opresión política, entre otros factores sociales, son –dicen los activistas– los que en el fondo generan y mantienen las condiciones desfavorables que dañan la salud mental.

¿Quién tiene la razón a la hora de decir la última palabra sobre lo que significa salud o enfermedad mental? ¿Qué es lo que se necesita para poder prevenir, detectar y tratar los problemas psicosociales y las enfermedades mentales? ¿Quién sabe la mejor estrategia para promover una buena salud mental?

La investigación médico-científica ha logrado erradicar muchas enfermedades infecciosas, ha sido también capaz de curar la mayoría de las leucemias infantiles y reducir la mortalidad cardiovascular notablemente.

Sin embargo, con respecto a las enfermedades mentales solamente podemos presumir algunos tratamientos sintomáticos, pero sin que nadie conozca de curaciones, vacunas, ni de métodos biológicos para diagnósticos precisos. Y lo peor es que ni siquiera hemos logrado comprender la naturaleza de estos padecimientos, como ya se han comprendido enfermedades como el cáncer, la diabetes o las cardiopatías.

Así que entre tanta confusión e incertidumbre, lo mejor que podrá decirse este Día Mundial de la Salud Mental será que todavía hace falta muchísima investigación, desde el nivel molecular hasta el de las ciencias sociales.