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Cuando lo imposible sucede
La cinta cumple la indecible tarea de hacer un homenaje justo al teatro desde el cine y es muy divertida.

El teatro es así. Dos tipos en ropa cualquiera caminando sobre una tabla desnuda de madera pueden ser Virgilio y Dante cruzando el infierno. Decir que es mágico es quedarse corto. Es una de las grandes maravillas de la vida, ese acuerdo fortísimo entre los actores y el público. Está mal que una reseña de cine diga que el cine no le llega ni a las rodillas al teatro y su capacidad de engañarnos. Pero es la verdad.
El cine es más leve que la vida. En una película las actuaciones deben ser más sutiles que en la realidad porque si no, no las creemos, nos parecen exageradas. En el teatro, un actor debe llegar desde la fila uno hasta la última y de ahí a la galaxia. Suena exagerado, pero el teatro es exagerado.
Cuando, al principio de su historia, el cine quiso ser como el teatro, fracasó. Tuvo que hallar su propia identidad y lenguaje y alejarse de su hermano mayor. Desde entonces, la relación entre ambas artes es muy difícil. Sólo grandes genios, como Peter Brook o los hermanos Taviani, han logrado unirlos.
Por eso siquiera habría que ver Tercera llamada, de Francisco Franco (los padres del director se echaron el chiste del año.
Pongámosle nombre de dictador a nuestro hijo, sí). Es un homenaje al teatro desde el cine.
En México, los actores le hacen a todo para completar la quincena: telenovelas, teatro clásico y alguna película en la misma semana. No así los directores.
Franco tiene un lugar destacado en el teatro, especialmente en la comedia y el melodrama. La curiosidad es ver si logró la transición entre teatro y cine.
UN DESORDEN EN BUSCA DE PERFECCIÓN
Isa (Karina Gidi) es una directora en busca de la perfección. Tiene en sus manos el Calígula de Camus y un grupo de actores consagrados. Es decir: un montón de niños de kínder en cuerpo de adultos.
Presentes todos los clichés: el protagonista (Jorge Poza), subido en un ladrillo de fama porque ahora sale en revistas y hace telenovelas pero no deja de regresar a su casa, el teatro . La actriz madura, pero todavía guapa, (Rebecca Jones) que hace años que no trabaja no sólo porque su actitud de diva la ha enemistado con todo mundo, sino porque a sus 50 ya es una vieja. Están los dos primeros actores (Fernando Luján y Ricardo Blume), veteranos de la tabla, la televisión y el cine, uno Luján emparejado con la diva cincuentona y el otro, Blume, un alma tímida que teme estar perdiendo las facultades.
Uno cree que hacer teatro es cosa de un texto maravilloso y buenos intérpretes. Pues no: hace falta alguien que ponga orden, hasta a la directora, diva a su manera (pero es que todo mundo es una diva, hasta el diseñador de escenografía. Especialmente el diseñador de escenografía). Para eso está la productora (Anabel Ferreira), que siempre lleva el suficiente nivel alcohólico en la sangre para decirles sus verdades a todos. La actuación de Anabel es un placer. Hace décadas que no brillaba tanto. Es chistosísima.
No hay que olvidar a la asistente de dirección (Mariana Treviño), una actriz de teatro musical que sueña con encontrar su lugar en el teatro serio ni a la diseñadora de vestuario (Cecilia Suárez), amiga de los tramoyistas, la troupe cómica de la cinta (Eduardo España y Víctor García, entre otros), dando todos grandes momentos a la cinta.
Cuando las cosas se vuelven insostenibles con el protagonista, Isa tiene la brillante de idea de, pocas semanas antes del estreno, cambiar de dirección la obra: de protagonista, de escenografía, de vestuario y el género de Calígula: ya no será hombre, sino mujer.
Entra en escena la joven promesa (Irene Azuela), hija de una actriz caída en desgracia (Julieta Egurrola), una niña que creció con el teatro en la piel. La trama se complica: la joven promesa fue hijastra del primer actor (Luján) y hay mucho no dicho entre esos dos.
Además, la directora ya se cree Ludwik Margules y quiere sacar lo mejor de su reparto a punta de sangre. Los demás actores son unos cínicos, pero ¿la joven promesa soportará la presión?
Todo este desmadre tiene que convertirse en una obra de teatro. En medio habrá romances, emos golpeadores, la delegada de la ANDA (Silvia Pinal) y mucha mariguana en la cabina de iluminación.
Aunque Tercera llamada es muy ambiciosa (tramas y subtramas vuelan por doquier) llega a la otra orilla casi sin problemas. Como la obra dentro de la obra, justo cuando parece que nada puede ser peor, algo, una llama, se prende e incendia la escena. Lo imposible sucede.
Esa fábrica de imposibles es el buen teatro y Tercera llamada le hace bella justicia.
concepcion.moreno@eleconomista.mx