En el aparentemente interminable y escabroso registro de hechos de sangre en el país, algunos sujetos identificados como el pozolero, el mochaorejas o el kilo, han sido presentados a la opinión pública a través de una visión incompleta, estéril e incluso cínica.

Parece como si bastara en los medios con citar los sosias de estos crueles asesinos, reproducir morbosamente su actitud desafiante junto a los ubicuos robocops y ofrecer reportes detallados sobre muertes, armamento, joyas, dinero, drogas, propiedades y los delitos y desmanes con que se les vincula.

Las rutinarias alusiones al autor intelectual y material generalmente no van más allá de un mero acopio de lo que, además de resultar evidente y obvio hasta la saciedad, termina sin aportar los elementos que necesita la ciudadanía para comprender lo que pasa en el país, pero sobre todo el contexto psico-social en el que se presentan y los posibles escenarios hacia el futuro.

Permítaseme tan sólo un ejemplo recientemente aparecido en la prensa: Narcisista, frío, calculador, con alto nivel de psicosis y violento, es el diagnóstico del perfil que se le atribuye a Martín Omar Estrada Luna El Comandante Kilo, que ostenta su agresividad…esto de acuerdo con las evidencias encontradas sobre su forma de ser, vestir y actuar…según lo definió la Secretaría de Marina.

Aquí lo más destacable pareciera ser una verdad de perogrullo donde aparece sólo la punta del iceberg de una visión de la realidad ingenua, fragmentada y miope. ¿Acaso esperábamos una persona sensible, considerada, empática, respetuosa, emocionalmente equilibrada y comprometida con los valores de una sociedad civilizada?

Un aspecto importante del problema de la criminalidad radica en el grado de deterioro en que se encuentra hoy día la salud mental colectiva, entrampada en un proverbial valemadrismo, una burocracia ineficiente y la falta de información y gestión de la población.

Lo más inquietante es que así seguiremos mientras que en el proyecto de nación, a mediano y largo plazo, no asimilemos que no hay salud sin salud mental .

La indiferencia o la minimización de la salud mental colectiva muestra, lamentablemente, la incapacidad, la apatía e incluso el conformismo que los profesionales – coptados en buena parte por la industria farmacéutica - hemos demostrado al no influir de manera más decisiva y convincente a favor de la prevención y la protección de la salud mental de la población en foros públicos y en la toma de decisiones de quienes nos gobiernan.

El conocimiento científico, sustentado en evidencias, sobre el peso de la salud mental en el desarrollo, la productividad y la creatividad individuales existe y está bien documentado. No es necesario inventar el hilo negro.

En la Unión Europea, debido a problemas de salud mental se pierde anualmente –tan sólo por concepto de productividad-, un promedio entre el 3% y el 4% del P.I.B.. Países como Inglaterra cuentan con programas eficietes de prevención, tratamiento y rehabilitación en salud mental respaldados financieramente para desarollar el más importante capital de cualquier nación, que es el capital mental. ¿Y México cuando?