He de confesar públicamente una infidelidad. Esta semana terminé de leer -por primera vez en mi vida- un libro que jamás tuve en mis manos.

En ningún momento durante su lectura disfruté del acre aroma del papel recién impreso, como tampoco admiré el atractivo diseño de sus cubiertas, ni acaricié dilatadamente sus contrastantes texturas.

Mucho menos me atreví a escribir en los márgenes de las hojas alguna duda o anotación; y en cuanto a la vieja costumbre de ir resaltando las frases más interesantes y bien construídas con un marcador fluorescente, ya ni qué decir.

Nunca antes imaginé ser capaz de semejante deslealtad. Siempre -hasta el día de hoy- había pensado que se necesitaría ser un auténtico filisteo para sustituir un libro verdadero; es decir, un libro-libro con todas las de la ley, por esa patética opción que ofrecen los lectores electrónicos.

Mi pecado no ha sido otro que el de ceder a la tentación, seguro no de la carne, pero sí de la tecnología e incurrir en el "bibliocidio".

De acuerdo, estoy exagerando y, lejos de sentir remordimientos por el inmoral rapidito, reconozco que lo gocé y estoy listo para el siguiente.

Sin embargo, mucho tendremos que repensar todos los bibliófilos a partir del Segundo Foro Mundial de la UNESCO, celebrado la semana pasada en Italia, donde se discutió, enfática y apasionadamente acerca "del libro del mañana y el futuro de la palabra escrita".

El asunto de ninguna manera resulta baladí, pues se refiere a nuestra identidad como especie y al medio reproductor de los símbolos escritos del pensamiento, las emociones y la conducta humanos.

Hace un par de semanas estaba interesado... no, en realidad me urgía conocer el relato de una mujer brillante con una enfermedad maniaco-depresiva decidida a compartir su experiencia y difícil aprendizaje.

Terri Cheney publicó en 2008 su autobiografía bajo el título de Manic y casi instánteamente se convirtió en un fenómeno editorial.

Le tomó siete años poder describir, utilizando una prosa magnífica, accesible y muchas veces divertida, su historia personal de oscilaciones emocionales entre la euforia fulminante, la sexualidad errática y una incontrolable energía por un lado, y por el otro, aquellos períodos depresivos recurrentes, impregnados de desesperanza, remordimientos, soledad y, en más de una ocasión, de actos suicidas: "Contar mi vida es lo que me ha mantenido, incluso en momentos en que la muerte era lo más seductor".

Aun cuando el título de la edición disponible en México es nefasto "Bipolar: memorias de una maniaco-depresiva", al igual que la imagen de portada que exhibe la estrechez de nuestros editores para superar la vulgaridad amarillista acerca de las enfermedades mentales, este libro vale mucho la pena e incluso invita a cometer nuevas infidelidades en la internet.