El más reciente libro de Jorge Volpi, uno de los mejores escritores mexicanos en la actualidad, lleva un título imposible de pasar inadvertido Leer la mente: el cerebro y el arte de la ficción, irresistible para cualquier lector curioso dispuesto a sumergirse en un texto erudito, accesible, divertido e impecablemente escrito.

Comienza Volpi este ambicioso ensayo citando de memoria una declaración hecha por un célebre escritor estadounidense, cuyo nombre omite intencionalmente (o tal vez no le interese recordar), quien en el momento de agradecer un importante premio literario (tampoco revela de cuál se trata), confesó su adoración por las novelas debido a que "a diferencia de casi cualquier otra cosa, no sirven para nada".

Así puestas las cosas, pareciera que para el galardonado escritor entre más inútil resulte el producto de su trabajo, y de paso también el del resto de sus colegas, mayor será la cuota de adoración a la que puede aspirar.

Dicha aseveración sirve a Volpi para desarrollar una amplia e ingeniosa argumentación en sentido opuesto (sus referencias en neurociencias, filosofía y literatura son impresionantes): la ficción en general, y particularmente la ficción en las letras, no solo es un arte con enormes y evidentes aplicaciones prácticas en la vida cotidiana, sino también es un fenómeno indispensable para la evolución de la humanidad. Sin las infinitas posibilidades de nuestro cerebro/mente para narrar inventando, imaginando, recreando, deformando y simulando eso que llamamos "la realidad", la distancia que separa al Homo sapiens del resto de mamíferos superiores sería aún más insignificante de lo que han demostrado los investigadores del genoma.

El problema surgió cuando al estar leyendo el primer párrafo del libro recordé, sin habérmelo propuesto, como en sueños, una tarde del mes de octubre de 2006.

Ese día la televisión española transmitía en directo la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias y al escritor neoyorquino Paul Auster correspondió la presea en letras. Menciono que este recuerdo significó un problema, porque de no haber sido por lo maravillado que quedé al escuchar el discurso de Auster, tal vez me hubiera pasado inadvertido el señalamiento que hace Volpi en el primer párrafo de su libro.

Es por este motivo que me permito reproducir aquí un breve fragmento del discurso de Paul Auster: "¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra".

Es justo en este contexto de inutilidad de la novela, en el que se crea y recrea la ficción, donde el escritor reconoce -tal vez con humildad y plena lucidez- lo inútil de su oficio, aunque sepa también lo imprescindible que resulta su arte para la supervivencia de la humanidad.