Anoche tuve un sueño extraño - dijo Lydia Z. tan sólo haberse sentado en el mismo equipal de siempre, sintiéndose confortablemente arropada por aquellos cueros viejos, lustrosos y familiares, y lista para dar comienzo a su sesión de terapia.

"Sabía que era yo. Lo sabía muy bien y, sin embargo, me embargaba una indescifrable sensación de malestar, como si ese cuerpo, que evidentemente me pertenecía, estuviera habitado también por alguien más.

"Era una mujer que no hacía mucho acababa de haber sido joven, sumamente atractiva y en cierta forma parecida a mí. En ese momento, sin saber bien por qué, tuve la certeza de que ella era alguien con quien había convivido cercanamente, de manera íntima y durante la mayor parte de mi vida.

"De pronto, comencé a escuchar una voz absurda, metálica y remota que decía: no pierdas más el tiempo Lydia, si en verdad quieres saber quién es... búscala en internet. Desperté sobresaltada. Era de madrugada".

A diferencia de la enigmática Oruga, fabulada por Lewis Carrol, que apaciblemente inhala -desde la altura de un hongo gigantesco- los sinuosos e intoxicantes vapores de su narguile, e insiste mediante confusas e inquietantes preguntas que la pequeña Alicia descubra la verdadera esencia de sí misma (self), cada día son más las personas recurren a la Red con el afán de encontrar todo tipo de respuestas. Y no sólo a preguntas sobre problemas concretos y mensurables, sino también acerca del sentido de sus vidas, los riesgos de enfermar mentalmente y hasta la fragilidad de sus existencias.

Dicho afán desesperado, y fallido de antemano, no busca otra cosa que mitigar una suerte de urgencia reciente por conocer absolutamente todo y de forma instantánea. La vida diaria, en esta nueva versión de postmodernidad, pareciera que depende de una incesante lucha por ir siempre más allá del límite.

El desempeño (¿neurótico?) se mide entonces por la ansiedad e insatisfacción que derivan ante la incapacidad humana para asimilar tanta información y emociones en un tiempo tan corto, pero sobre todo ante la imposibilidad de responder a todas nuestras dudas, en particular aquellas relacionadas con el meollo de la existencia. ¿Y quién eres tú? -preguntó la Oruga.

Sin embargo, eficiencia, ubicuidad y sencillez en sistemas y nuevos aparatos han hecho de internet algo cotidiano e irresistible, incluso compulsivo. ¿Acaso nos sentimos más seguros de quiénes somos y de la vida que llevamos?

Siri Hustvedt en su libro The shaking woman or a history of my nerves (2011), relata su búsqueda intelectual y emocional para comprender y asimilar qué le sucedió a partir del día en que hablando ante una pequeña concurrencia, con motivo de su difunto padre, ella -su cuerpo- comenzó a sacudirse incontrolablemente mientras que su mente permanecía distante y lúcida.

Al final, la autora concluye que el self es mucho mayor que el narrador interno. Alrededor y detrás de esa isla narrativa-auto-consciente existe un mar de inconsciencia, del cual nada sabemos, jamás conoceremos o ya hemos olvidado.

Yo creo que sería inútil intentar buscarlo en Google.