Apenas acababa de colgar el teléfono cuando mi hijo adolescente soltó una de sus preguntas demoledoras.

- ¿Alguna vez en el consultorio has tratado con personas agradables?

Como era obvio de esperar, su cuestionamiento fue atajado en automático por una pregunta en espejo. Le apliqué la vieja y sobada maña con la que los psiquiatras buscamos salir de los atolladeros.

-¿A qué te refieres?- respondí sobresaltado, aunque encubierto por un registro de voz bajo y profundo.

-Es que me dio la impresión que estabas hablando con una persona bastante agradable.

-¿Te parece que generalmente trato con personas desagradables?- volví a preguntar como para centrar la conversación y esquivar alguna estocada imprevista. Ya para entonces me sentía sumido hasta el cuello en el fango culposo de la suspicacia.

-No...bueno -dijo calculando sus palabras y, después de una larga pausa, remató- lo que pasa es que como a veces has comentado lo difícil que es tratar con algunos pacientes y sus familiares, se me ocurrió preguntarte.

Nuestra conversación terminó al poco rato y yo me quedé con un extraño sabor de boca, mezcla de alarma e inmensa gratitud. Sin quererlo, recordé otra conversación que había tenido recientemente.

Hacía un par de semanas, la madre de un joven con una inteligencia y sensibilidad excepcionales, aunque permanentemente agobiado por un talante asaz depresivo, me llamó.

-Solo hablo para que sepa que Isaac se suicidó el fin de semana pasado.

Con sorprendente serenidad siguió contando que su hijo había ingerido un poderoso veneno, el cual había comprado en un negocio de productos químicos.

-Decidí llamarlo -concluyó la madre de aquel muchacho que había recibido todos los premios académicos posibles, con un remoto aire de cansancio- porque creí que...como usted lo estuvo tratando, debía saberlo.

En ningún momento escuché una voz ahogada por el lamento de una mujer devastada. No recuerdo haberla oído hipar, como tampoco escuché esa clase de inflexiones guturales de quien está al borde del colapso o de quien, después de tanto llorar, ya no tiene ni una lágrima más.

Pero tampoco escuché palabras de reproche, irritación o que exigieran alguna aclaración impostergable. Al final, quedé con la sensación de haber recibido una llamada protocolaria, una especie de notificación oficial enviada sin ningún propósito especial. Sin embargo, esa llamada había tocado fibras muy profundas.

Isaac era un muchacho bien parecido pero con un semblante siempre sobrecargado por la desesperación. En ocasiones podía sufrir intensamente por la forma de su cuello o por unos kilos de más. Un día llegó con el pelo largo y sucio cubriéndole la cara, vestido de negro y diciendo que no quería vivir si es que su prima hermana no iba a corresponder con su amor. Al mismo tiempo, podía referirse entusiasmado a sus logros académicos y planes hacia futuro.

La muerte voluntaria de un joven siempre deja una sensación extraña, desagradable y angustiosa a la vez. Esto es algo por lo que hoy me fue indispensable escribir.