Hace unos días, iba al trabajo cuando comencé a sentir zumbido en los oídos. El mareo me obligó a detenerme a un lado del periférico. Sentía la boca reseca, escalofríos y un sudor helado.

Me dije: no es nada, pronto va a pasar, ya verás, todo va a estar bien. Pero cada vez era más difícil respirar y sentía el pecho oprimido. El infarto cardiaco me pareció entonces un desenlace inevitable.

Me negaba a quedar tirado ahí en semejante circunstancia. Así que en un afán desesperado por evitar que mi agonía pasara inadvertida, comencé a gritar. ¿Estaba perdiendo la razón? ¿Nadie se apiadaría de mí? ¿Nadie se detendrá a auxiliarme? ¿A nadie le interesaré?

Entonces, me di cuenta de que muy cerca había un cajero automático. Por fortuna, acababa de renovar la anualidad de mi LISTA (legitimación inteligente de salud con tarjeta asistencial). Como pude, llegué e introduje con mano temblorosa el plástico dentro de la ranura correspondiente.

Después del ritual obligatorio de seguridad una voz metálica, me indicó colocar los cinco dedos de la mano izquierda y el ojo derecho en sitios precisos para iniciar el monitoreo de signos vitales.

Primero fue la toma de sangre para biomarcadores, luego el escaneo craneano para resonancia magnética funcional y ritmo electroencefalográfico. Poco después, apareció toda la información objetiva y confiable sobre mí: genoma, enfermedades hereditarias y adquiridas, tratamientos recibidos, perfil inmunológico y estado funcional de órganos y sistemas. Al final, un apartado con diagnóstico, receta de medicamentos y el inapelable pronóstico.

No quisiera pasar por desagradecido o, peor aún, por detractor del avance científico-tecnológico en pleno siglo XXI, pero la verdad es que desde ese día me he sentido muy extraño. Es cierto que ya no he vuelto a tener ataques de pánico, incluso me siento demasiado tranquilo y mucho mejor adaptado ante el aviso oficial de mi jubilación prematura. Sin embargo, no puedo quitarme de la cabeza una de las advertencias sobre mi equívoco estado de salud.

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