Autoridades de Cultura, así como familiares y colegas, presentaron los restos del notable escritor en el máximo recinto para las artes del país

El homenaje fue puntual. El sol acariciaba el rostro que Fernando del Paso mostró para la lentes del fotógrafo Rogelio Cuéllar en 2011. Una de la tarde. El Cuarteto Ramos, apostado en el primer piso del Palacio de Bellas Artes, se hizo presente con el Divertimento en re mayor, de Mozart.

Carmen López Portillo Romano vio llegar a Socorro Gordillo, compañera de vida del escritor, y se acercó de inmediato a darle sus condolencias, lo mismo que hicieron quienes iban llegando, como Cristina Pacheco, quien abrazaba a la viuda mientras la urna plateada con las cenizas del homenajeado entraban al mezzanine del recinto escoltadas por sus tres hijos: Adriana, Paulina y Alejandro del Paso, así como por María Cristina García Cepeda, secretaria de Cultura federal, y Lidia Camacho, directora del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). El aplauso duró minutos.

Nadie quería acallarlo, ni siquiera en la primera guardia de honor, que se dio en completo silencio de bocas, pero en estruendo de palmas.

Estaban, además, Mario Lavista, Marina Núñez Bespalova, Silvia Lemus. García Cepeda fue la primera convocada a dedicar sus palabras al homenajeado. Expresó sus respetos a la viuda y a sus hijos y dijo:

"Su obra es como el río que refresca y alimenta la imaginación en el mar universal de la literatura. Sus libros son ventanas abiertas a esas pasiones universales a las que la pluma de Del Paso recreó en cada página para que sus libros fueran eternos. En su eterna búsqueda encontró las palabras con las que definió esa luz y la sombra que proyecta en el corazón del ser humano, un novelista que trabajaba con música y se embriagaba con poesía", dijo para el público.

"Querido Fernando -se refirió al hombre trascendido-, siempre supiste que trabajar para la cultura es hacerlo para la patria compartida, el territorio que recibimos como legado y edificamos para las generaciones venideras; afirmaste que la cultura construye, fortalece y dignifica (...) Fuiste un conversador brillante y divertido que sabía que el humor es una virtud de la cultura. En toda tu dimensión cabe el mundo, en tus manos está nuestro corazón latiendo como la pequeña rosa a la que dedicaste poemas encendidos".

Los tres hijos del finado también tomaron la palabra. Adriana del Paso fue breve. Se limitó a agradecer a la Secretaría de Cultura por el homenaje, lo mismo que a los familiares y amigos por su consuelo. Paulina recordó que justo hace 50 años Del Paso se hizo presente en el Palacio de Bellas Artes para dar una plática sobre su obra y su vida, muy a pesar de que, dijo con ironía, era un joven que solamente había escrito "José Trigo". 

"En ese momento también había superado un cáncer mortal y sin embargo vivió 50 años más, plenos, llenos de amor, creación y generosidad", refirió. Por último, Alejandro del Paso leyó el poema de su padre "Ahí está todo el año" para honrarle con nada más preciso que sus propias palabras sobre un papel.

El último conferido para usar el micrófono fue el escritor, poeta y académico Vicente Quitarte, quien dijo sobre el también autor de "Linda 67" que "es nuestro ejemplo más claro de quién, al construirse nos construye, al forjarse un lenguaje hace más prestigioso y fuerte el colectivo (...) Se empeñó en armar laberintos donde tuvieran cabida, en palabras suyas, todas las rosas, todos los animales, todos los planetas, todos los personajes del mundo".

Después del protocolo, el Palacio de Bellas Artes abrió sus puertas al público que deseaba ver al tan selectivo novelista pero tan prolífico hombre de palabras. Mientras tanto el Cuarteto Ramos retomó sus cuerdas.

Otros que iban llegando montaron se acercaban a Socorro y le decían palabras imperceptibles pero qué iban acompañadas de tactos al hombro, a las manos de la viuda, como actos de consuelo; entre ellos José Carreño Carlón, último director del Fondo de Cultura Económica, y Alejandra Frausto, elegida como próxima secretaria de Cultura federal.

La luz sobre el rostro de la imagen de Del Paso se seguía moviendo casi perceptiblemente, de izquierda a derecha, a través de los ventanales; entonces la viuda, los hijos y las autoridades de la Secretaría de Cultura y del INBA se volvieron a reunir en torno a la urna plateada para plantarse en una última guardia de honor que fue la más emotiva. Socorro y los hijos, y los nietos, y el resto de los consanguíneos de Fernando del Paso tocaron la urna como acariciando el rostro siempre apacible del escritor.

Así se marcharon las cenizas por la puerta principal sobre las escalinatas del máximo recinto cultural para las artes en México, dejando una estela con lo mejor de Del Paso, más vivo y tan lírico como siempre o quizás más que nunca. No hay parte que Fernando del Paso que no haya podido transferir de sí a sus páginas publicadas.